lunes, 22 de abril de 2013

La violencia, esa antigüedad


Todos dicen, como una sentencia infalible que “todo tiempo pasado fue mejor”. También se asegura que la violencia es de esta época y que antes para resolver los conflictos sólo había dos posibilidades: o se solucionaban dialogando o se resolvían “a lo macho”, es decir con un duelo o en una pelea a golpes de puño.
Pero todos dicen que las épocas pasadas fueron mejores. Más humanas. Más pacíficas. Más justas. Más honrosas. Quien escribe sospecha que esto no es tan cierto. Lo mejor que tiene el pasado es que ya está superado y que en su rescoldo sólo queda lo pintoresco, lo anecdótico y lo agradable. La memoria humana es muy generosa. Deja escurrir lo malo y guarda lo bueno.
No hay nada mejor para sostener esta teoría que revisar algunos párrafos de las historias mundanas de los pueblos mendocinos. Las peleas, por lo general, tenían dos orígenes: problemas de polleras o diferencias económicas. En esto quizás no haya muchas diferencias con el presente.

Era 1928, en un pueblo que crecía vertiginosamente gracias a la llegada del ferrocarril y que allí se habían instalado, como también había sucedido en la bonaerense ciudad de Junín, los talleres en donde se reparaban las locomotoras: Palmira.
Un canal, ahora cubierto y hecho avenida, dividía al poblado en dos. Al norte, pegado a las vías, crecía la villa de Palmira; al sur prosperaba más lentamente Villa Dumit.
Cada uno de estos poblados tenía su propia usina eléctrica, generada con motores a gasoil.
Del lado sur, quien explotaba la energía eléctrica era la sociedad Rédital- Echegaray, que estaba conformada por los señores Conrado Echegaray y Ángel Rédital.
Algún diario de la época recuerda lo que ocurrió cierta tarde jarillera de ese año. Allí se dice que Conrado Echegaray había estado sacando números durante varios días y que éstos no le cerraban. Que las ganancias de la usina tendrían que haber sido más suculentas de lo que decían esas cobranzas. Además, también le había llegado algún chisme de que a su socio las cosas le habían ido mucho mejor en los últimos tiempos y que estaba prosperando mucho más que él.
Entonces, después de acumular enojo y de llegar a algunas conclusiones unilaterales, decidió cortar por lo sano. Atardecía, como corresponde a toda gran tragedia. El sol se acostaba sobre la cordillera. Don Conrado encaró a su mujer y a sus hijos y les dijo: “No salgan a la calle por más que escuchen lo que escuchen”. El hombre abrió la puerta y salió de la casa.
No tuvo que caminar mucho. A pocos metros estaba a quien buscaba: su socio, Ángel Rédital.
Echegaray desenfundó el revólver apenas lo vio y Rédital dio media vuelta e improvisó una fuga apenas detectó el matagatos en manos de quien había sido su amigo. No fue lejos. Echegaray lo corrió y cuando lo tenía a poca distancia apretó el gatillo. La primera bala hizo que Rédital cayera. Después el agresor se acercó y vació el tambor del revólver, en medio de los gritos de una de las hijas de la víctima, que lo había acompañado y que rogaba que no siguiera disparando. Echegaray le hizo caso sólo cuando se le terminaron las balas.
Este no fue el primer homicidio ocurrido en Palmira. El 26 de julio de 1911 uno de los fundadores de Palmira, Guillermo Fuseo, recibió una bala que se le introdujo por el ojo izquierdo y lo mató en el acto. Su homicida  fue un ex empleado suyo, Juan Nicolás Balobano, alias Nicolo, quien había llegado a la oficina de Fuseo reclamándole una deuda. Pero esta historia ya ha sido contada en estas páginas.
Además de violencia en los actos había violencia en las palabras. Si no, basta con revisar una vieja carta de la época enviada por un padre a su hijo que estudiaba en Italia. Estos eran integrantes de una familia que era dueña de una gran cantidad de tierras en Palmira y que habían recibido el pedido de la pujante comunidad para que le donaran al pueblo un terreno para instalar el cementerio allí.
En la carta el padre le decía a su hijo: “Lea los diarios que le mando. En la última página los canallas de Palmira quieren que les regale un terreno para cementerio y yo les he dicho que los muertos de dicha localidad ni yo puedo ni de mí dependen. Que los tiren a los cuervos o al río”.
Ejemplos sobran. No siempre ni para todos, todo tiempo pasado fue mejor. Lo es cierto es que ya son sólo anécdotas históricas y por lo tanto nadie se espanta por ellas.

domingo, 21 de abril de 2013

El proyectista





Tiene los ojos húmedos, la mirada llena de imágenes. En cualquier momento las lágrimas se desbordarán y, una por una, cuadro por cuadro, reaparecerán los cientos de películas que proyectó durante su vida. Las que vio desde los 6 años, las que miró de reojo a los 13 mientras vendía golosinas entre las butacas, las que distribuyó años después, la que ahora lo tiene como empresario y hace revivir al Cine Cervantes, de San Martín.
La sala está llena. Es noche de jueves, noche estreno. Se reinaugura el Cine Teatro Cervantes. En la primera fila está el intendente Jorge Giménez, el presidente de casa España Raúl Billach, la ministra de Cultura Marizul Ibáñez,… Una compaginación de fragmentos de algunas películas entrañables y dos parejas de bailarines en vivo, que completan lo que se ve en la pantalla, terminan por derrumbar el olvido. Luego vendrán algunos discursos improvisados. Incluso hablará el hombre de los ojos húmedos, Horacio Campos, que después de que inicie la película, saldrá a la antesala a remover recuerdos con el cronista.
Horacio tiene 60 años. Hoy es uno de los socios de la empresa que invirtió para rescatar al Cervantes. Pero antes fue un niño de 6 años que, llevado de la mano por su madre Lucía, ingresó a la sala del Cine Sportman de Villa Hipódromo, en la calle Paso de los Andes. Ese día de 1965 se proyectaba “La historia más grande jamás contada”, en donde el actor sueco Max von Sydow encarnaba a Jesucristo. “Lo primero que hice fue buscar de dónde venía la luz que reflejaba las imágenes en la pantalla. Entonces vi allá arriba, el foquito aquel.”
La vida del Hombre no está trazada en línea recta. Es circular. “El dueño del Sportman está hoy sentado en la platea. Es don Oscar Humberto Paoletti. Yo lo invité. Pensé que no iba a venir…”, dice Horacio con emoción, creyendo que el ya anciano empresario iba a preferir quedarse sentado en el sillón de su casa.  Don Oscar, junto a 300 espectadores más, está viendo la obra prima como director de Dustin Hoffman, “Rigoletto en apuros”, protagonizada por Maggie Smith y  Tom Courtenay.
Horacio Campos es un hombre simple, de trabajo. “A los 13, después que terminé la primaria, tenía que ayudar a mi madre y alguien me ofreció trabajar decaramelero en los cines”, recuerda. “El primer día me costó, como me costó hablar hoy, pero lo hice”. Nunca más dejó ese ambiente mágico.
A los 17 proyectó su primera película en el cine Roxy. Fue una cinta en donde Sandro era el protagonista y “Rosa, rosa” era el leitmotiv. Era la época en donde “en Mendoza había más de veinte salas. Estaba el City, (en otra época Cinerama); el Avenida; Mendoza; Palace; Cinema (después Radar); el Luxor (primero Centenario); el Opera; el Lavalle; Cóndor; América; Gran Rex; Premier; el Roxy;…”, dice Campos. En el Este estaban el Ducal, de Rivadavia, el Cervantes, de Junín; el Colón, de Palmira. Y en San Martín el Mayo, el Monumental,… y el Cervantes.
“Cuando comencé como proyectista eran dos máquinas y el sistema de proyección era a carbón. Era un arte manual”, rememora Horacio. “Ahora todo es digital, colocan el rack, aprietan un botón y listo. Nosotros teníamos que estar cada 20 minutos cambiando rollos. Había que unir las cintas. Estar mirando constantemente los carbones para que no se separaran o se acercaran y se acababa la proyección. Había que mantenerlos a un centímetro de distancia. Los carbones estaban recubiertos en la punta con cobre y emitían un gas que era insalubre. Por convenio los proyectistas podíamos trabajar solo seis horas por turno y teníamos que beber un litro de leche para contrarrestar los efectos del gas carbónico”.
Ser proyectista era un oficio trascendental en esos años, especialmente en los pueblos. Casi como si fuera un título honorífico. En Junín, por ejemplo, todavía se recuerda a los hermanos Escudero. Eran más conocidos como “los Bruja”, que llevaban el apodo de Fortuna, Riquín y Coleto y que supieron trabajar en el cine local. También, antes, ese trabajo lo hizo don Ángel Fuentes.
Un joven espectador de esos años, Avelino José, recuerda cuando se estrenó “El último payador”, en el verano de 1950. La película estaba inspirada en la vida del payador José Bettinotti y fue escrita y dirigida por Homero Manzi, en colaboración con francés Ralph Pappier. Hugo del Carril encarnaba a Bettinoti y Aída Luz era su enamorada esposa. La canción central era “Pobre mi madre querida”. La cinta fue proyectada en Junín por Ángel Fuentes, hombre de pocas pulgas. En un momento de la película los personajes encarnados por Hugo del carril y Aída Luz se asoman a una fuente para pedir un deseo. El agua refleja sus rostros y la cámara hace un plano corto de ese reflejo. “Todos empezamos a silbar, porque creíamos que el proyectista había puesto la cinta al revés. Entonces Ángel Fuentes paró la proyección, encendió las luces y nos gritó desde arriba: ¡Ignorantes! ¡¿No se dan cuenta que se están reflejando en el agua?!”. Se hizo un silencio sepulcral. Luego se apagaron las luces y la película continuó.
Pero para que hoy se haya producido este renacimiento en San Martín, antes tuvo que producirse una muerte. Horacio Campos recuerda esos años crueles, donde las salas iban cerrando una a una, como en efecto dominó. “Fue una gran angustia”, dice. “Más de 40 familias se quedaron sin trabajo de un momento para otro. Todavía siento una gran nostalgia cada vez que paso por frente los cines Ópera y Llavalle, en la ciudad, y los veo convertidos en playas de estacionamiento con piso de parquet. Jamás dejaré el auto estacionado allí”, dice con voz quebrada.
Pero esa época macabra parece haber pasado. Hace ya un par de años se reabrió el Cine Ducal en Rivadavia y Horacio Campos tuvo y tiene una gran responsabilidad de que así haya sucedido. Ahora reabrió el Cervantes, de San Martín. Ya está seriamente encaminada la reapertura de Cine Colón, en Palmira. El Cervantes, de Junín, también fue restaurado y ya funciona como teatro. Es época de esperanza, de revancha.
Horacio es empresario, pero esencialmente proyectista. Como el Alfredo de Cinema Paradiso. Y no habrá incendios ni muertes que puedan hacer que desaparezcan. Ni ellos, ni los besos que se daban Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Porque hoy y siempre será jueves de estreno. 

miércoles, 17 de abril de 2013

"Un funeral es como un casamiento"






Por Enrique Pfaab

“Hay que organizar los funerales con tiempo. Es como casarse: uno no improvisa la fiesta de su casamiento el mismo día de la boda”. Ricardo Péculo está en San Martín. Es el tanatólogo más renombrado del país. Fue el responsable de trasladar en octubre de 2006 el féretro del general Juan Domingo Perón desde el cementerio de Chacarita a la Quinta de San Vicente y a quien la viuda del fundador del Justicialismo le encargó su custodia. El experto llegó a la ciudad del Este para darles unas charlas de capacitación a los empleados de la Cochería Salvador Milio y “resaltar los ritos funerarios, que ayudan a mitigar el dolor”.
Tiene 62 años, fuma y el jueves de la semana pasado sufrió un síncope cardíaco “no por fumar, sino por andar corriendo con mis dos nietas”, aclara. “Creo en la vida después de la muerte, pero les digo que yo no vi el túnel ni la luz de la que hablan”, bromea.
En todo caso la parca no lo iba a encontrar desprevenido. “Hay que organizar los funerales con tiempo. Yo ya hice mi ataúd. Está ploteado y tiene una gran foto en donde aparezco vestido de guacho, se ve el campo de mi familia y las manijas están hechas con herraduras”. Además dice que ya acordó con su mujer que será ubicado en un nicho y que “cuando ella no quiera ir más al cementerio, me cremará y me llevará a donde están mis padres”.
Es que Péculo, quien dirige el Instituto Argentino de Tanatología Exequial desde hace 10 años y también es profesor en la Universidad de Avellaneda en donde se dicta a distancia la carrera de Tecnicatura en Gestión Funeraria, cree que los ritos funerarios “deben estar hechos para que los personas puedan homenajear a la persona fallecida y así mitigar el dolor”. También asegura que “la gente puede tener un buen recuerdo de un funeral”.
El hombre sabe lo que dice. Tiene 36 años trabajando en esto. “Yo me iba a los funerales y miraba todo para descubrir qué necesitaba la gente. Así aprendí”, cuenta, y agrega: “porque nosotros no trabajamos para los muertos, sino para los vivos y para ayudarles a homenajear al que partió y poder disminuir su dolor. Las ceremonias mortuorias ayudan a superar ese momento”.
En los pueblos y las ciudades chicas los ritos funerales todavía son bastante frecuentes. Sin embargo en las ciudades grandes tienden a desaparecer y “las empresas de servicios fúnebres en general no hacen estos ritos”, dice Péculo. “Yo creo que en ese momento la gente está necesitada de realzar al fallecido, de homenajearlo, y con eso aliviamos el dolor”, acota.
Según cuenta “todas persona trabaja durante toda su vida para ser alguien, de una manera u otra, y esa despedida se puede resaltar quién fue: sus hobbys, si era devota de algún santo, cómo crió a sus hijos…”.
El tanatólogo sostiene que en ese momento de dolor los deudos no están en condiciones de razonar con claridad. “Nosotros tenemos guiar y ayudar a la familia, atendida por un profesional que pueda contarles cómo se puede homenajear al fallecido”.
Dice que ahora están los “servicios temáticos” y los ejemplifica con su propio ataúd, repleto de imágenes gauchescas “porque yo soy tradicionalista”. Pero también propone otras ideas. “Si el señor era arquitecto, se puede pasar por la obra más importante que él haya diseñado. O si una mujer fue maestra, se puede velarla en su escuela o, al menos, pasar frente a ella antes de ir al cementerio. Si el fallecido fue un paisano, su caballo tiene que ir desmontado junto al cortejo”.
Cristian Milio, uno de los titulares de la empresa que trajo a Péculo, cuenta que en la zona esto es bastante frecuente. “Hay cortejos que se han detenido frente a la casa del fallecido y allí sus deudos han cantado una chacarera o han bailado junto al féretro”. Pero ambos remarcan que “nosotros podemos ayudar a la familia a razonar y hacer un homenaje de despedida, pero son ellos los que deciden”.

“El mundo entero va hacia la cremación”

Hoy en día hay una tendencia en la población de cremar a sus muertos y Ricardo Péculo asegura que esta tendencia no es exclusiva de la Argentina. “El mundo entero va definitivamente hacia la cremación”, sostiene. El profesor de la Universidad de Avellaneda dice que esto se debe “a las costumbres actuales. La mayoría de los jóvenes no saben dónde están enterrados sus familiares difuntos y no van a los cementerios”.
Pero este fenómeno generó otro: “Los crematorios están llenos de cenizas que nadie fue a buscar”.
Es que según Péculo “los familiares tienen que pensar bien antes de ordenar una cremación, porque después no saben qué hacer con las cenizas. ¿Quién va a buscar a papá?, se preguntan entre ellos, y nadie se anima a ir porque no saben dónde disponerlas. Entonces terminan quedando en el crematorio. Estas cosas hay que hablarlas con tiempo y saber cuál era la voluntad del fallecido”.
Pese a esto el tanatólogo no se opone a esta moda. “Yo estoy de acuerdo con lo que la gente quiera”, dice, y agrega que más temprano que tarde “los cementerios van a quedar como patrimonio municipal y se van a inhumar solo a los próceres o a la gente muy conocida, para que todos puedan ir a visitarlos”.
Este hombre delgado, simpático y con marcado acento porteño, ya está adaptado a esta tendencia de transformar en cenizas a los muertos. “Como hay una preocupación por cuidar el Planeta yo hice un ataúd ecológico, fabricado con materiales reciclados. Una mezcla de cartón y otros compuestos, sin pintura ni herrajes. De esta manera es menor la cantidad de humo y también se evita la tala árboles”.

El último hombre que vio a Perón

“El cuerpo estaba reconocible. Muy bien conservado, disecado, como ocurre con todo cuerpo que está en bóveda o en nicho y que, por estar cerrados al vacío, en vez de descomponerse se secan. Estaba intacto, salvo por que le faltaban las manos. Me shockeó mucho ver el uniforme y la banda presidencial y no ver las manos. Pero aún así fue indudable que era el general Perón aunque, es cierto, no lucía como se lo recuerda en los afiche”. Así Ricardo Péculorememora una de las experiencias profesionales que más lo marcó.
Sucedió el 17 de octubre de 2006, cuando el cuerpo del general Juan Domingo Perón fue trasladado desde el cementerio de la Chacarita hasta la Quinta San Vicente. “Para mi fue toda una experiencia. Aprendí mucho”, dice y asegura que “el cuerpo debe haber estado mucho mejor conservado antes de que se le cortaran las manos, ya el féretro fue abierto y entró aire y bacterias que lo afectaron”.
Fue un cortejo largo, histórico. “Yo llevé al General en la misma cureña que se usó cuando murió. Era muy baja y eso hizo que la gente quisiera tocarlo”. Ese traslado se concretó después de que en cercanías de la Quinta se desatara un feroz enfrentamiento entre militantes de la UOCRA de La Plata y del gremio de los Camioneros. Por esos incidentes, que incluyeron disparos, hubo un solo condenado: el mendocino Emilio “Madonna” Quiroz, quien recibió en mayo de 2011 una pena de 2 años y 6 meses de prisión en suspenso y en octubre de 2012 fue beneficiado con una reducción de 2 meses. Quiroz, quien respondía al sector comandado por Hugo Moyano, fue captado por las cámaras de televisión efectuando disparos con un arma de puño. “Por suerte la ceremonia estuvo muy separada del tiroteo”, recuerda Péculo. “Después de que salí del mausoleo hubieron varias personas que me dijeron: Usted es el último hombre que vio a Perón. Entonces me cayó la ficha de que había hecho un traslado histórico”.
El hombre se conmueve todavía al recordar esa tarde de hace casi seis años. “Yo abrí el ataúd”, dice, y es que ese traslado fue aprovechado también para extraer una muestra ósea del cuerpo y confirmar si los reclamos que realizaba hacía muchos años Marha Holgado, eran ciertos. La mujer sostenía ser la hija de Juan Perón y la única forma de constatarlo era realizar un examen de ADN. “Conmigo estaba la jueza y los peritos. Se sacó una muestra ósea y se dividió en tres: una para la señora Isabel Perón, otra para el Gobierno y la tercera para la señora Holgado. Finalmente los exámenes arrojaron como resultado que ella no era hija del General”.
Luego Péculo fue designado por María Estela Martínez de Perón como custodio de los restos del ex presidente y todavía hoy cumple ese mandato.

Evita y Chávez 

“El cuerpo de Evita es el único embalsamamiento que se ha hecho en el país”, dice este hombre que recorre el país capacitando a los que trabajan en empresas fúnebres. “Yo no conozco otro caso”, acota, mientras recuerda que “una vez me llamó una mujer que quería ser embalsamada, pero después que le conté que todos los cuerpos ubicados en el cementerio ya no se pueden ver, no me llamó más”. Luego agrega: “Perón no quiso ser embalsamado y sólo se le inyectó formol para que el cuerpo pudiera soportar sin problemas los días en que fue velado”.
Los medios del país se acordaron de Ricardo Péculo cuando falleció el presidente de Venezuela Hugo Chávez y su sucesor temporario Nicolás Maduro dijo el cuerpo iba a ser embalsamado.
“Dijeron que querían embalsamarlo y ponerlo en una caja de cristal para poder exhibirlo. Pero finalmente solo se le hizo un embalsamamiento temporario, con inyecciones de formol, ya que la familia no quiso que se le efectuara el proceso completo”, cuenta Péculo, y aclara que “todo cuerpo embalsamado debe ser colocado en una caja de cristal, para evitar contacto con el aire y mantenerlo a una temperatura constante cercana a los 15 grados”.
Finalmente dice que “no me llamaron para hacer ese trabajo, pero me hubiera gustado”.
Ricardo Péculo vive con la muerte. La trata como a alguien conocido. Será porque es solo un paso más en este mundo.

Finalmente, un día también le tocó a él.

Los perforadores



Por Enrique Pfaab

Fotos: Horacio Rodríguez    

Agua. Agua pura, limpia. Dicen que llegará el momento es que sea más buscada que el petróleo. Que las pujas políticas y económicas del futuro la tendrán como motivo. Aquí, donde gracias a ella se ha transformado el desierto en tierra productiva, desde hace unos cuantos años que ya se tiene la certeza de lo grave que es su escasez y que no hay proyectos posibles si no hay agua suficiente y pura.
José Escudero sabe esto. Lo sabe porque hace cincuenta años que la busca en las profundidades de la tierra, allí donde parece imposible hallarla. Comenzó arreglado bombas a los 20 años y hoy, a los 70 y junto a sus tres hijos varones, tiene una de las empresas de perforaciones más importante de la provincia.
El trépano comienza a girar y a hundirse en el suelo. Hará una perforación que tendrá 17 pulgadas de ancho al comienzo y que después se reducirá a 12. Llegará a los 292 metros de profundidad esta vez. Aquí, en el distrito juninense de Philipps, habrá que llegar hasta ahí para encontrar agua pura.  Desde ahora y hasta que esté terminado, se trabajará día y noche sin detenerse un instante. De ese hueco saldrán seis camionadas de tierra, arena, canto rodado y arcilla y se atravesarán otras capas de agua contaminadas, especialmente por la sal. La tarea estará lista cuando la perforación este totalmente encamisada por caños y una capa de cemento por fuera que los proteja de la corrosión. José y sus muchachos también colocarán la bomba que extraerá ese milagroso líquido, que surgirá a 300 mil litros por hora y permitirá que las plantas crezcan y los hombres vivan. Comenzaron el martes a la tarde y el viernes en la siesta ya estará lista la excavación. Inmediatamente después vendrá el encamisado del pozo. Hasta ahí no habrá descanso para que no haya riesgos de que se produzcan desmoronamientos o filtraciones entre napas. Después la urgencia de la instalación de la bomba solo la establecerá la voluntad del propietario de estas tierras.
A José se le notan los años de trabajo pero también se perciben sus ganas de no aflojar ni un tranco, por más que tenga la seguridad de que sus hijos Daniel (41), Gabriel (37) y Gonzalo (27) tienen incorporado en oficio hasta los huesos y que continuarán con la empresa familiar. Aún más, en su nieto Bautista de 11 años e hijo de Gabriel, ya se detectan las ganas por copiar la vida de los Escudero mayores.
“Mi hermano Juan empezó a trabajar en una empresa de perforaciones y después yo lo seguí y empezamos a reparar y colocar bombas. Después arrancamos a hacer antepozos (a pala y pico, de un metro y medio de ancho y calzados con anillos de hormigón) y con el tiempo nos alcanzó para comprarnos la primera perforadora a percusión y, con los años, compramos una perforadora rotativa”. El hombre recuerda mientras su hijo menor le ceba un mate dulce y se avergüenza porque justo hoy no está vestido con la ropa engrasada de trabajo que sí lleva puesta su padre.
El hombre acepta que cada vez habrá menos agua y dice que esto se ocurre porque cada vez son más los que la necesitan y que se tomó conciencia “un poco tarde” de que la contaminación es un monstruo real y difícil de combatir.
La decisión de José de adoptar este oficio como forma de vida nació de una necesidad. “En los 70 hubo sequías muy grandes y había un requerimiento muy grande de perforaciones. Entonces empezamos con esto. Era tanto el trabajo que a los que venían a pedir que le hiciéramos un pozo le decíamos que sí, pero que tendría que esperarnos dos años”.
El trépano come y se hunde. Son tres medias esferas con dientes que van girando coordinadas y van mordiendo la tierra. Por los costados sale un líquido que ablanda el terreno y que, además, permite que el material molido sea bombeado hacia arriba.
Ese líquido, esencial para realizar la perforación, es un lodo hecho con agua pura y bentonita, un tipo de arcilla de grano muy fino y de alta densidad que permite que el material a retirar quede suspendido y la extracción sea fluida. En la superficie este barro decanta y la bentonita se recupera y se vuelve a aprovechar.
Este proceso no puede detenerse hasta que esté listo el trabajo. “Las napas pechan constantemente”, explica Gonzalo, haciendo referencia a que la detención de las tareas pueden provocar un derrumbe de la perforación, la pérdida del pozo y hasta de las herramientas. “A nosotros no nos pasó nunca durante todos estos años. Pero algunas empresas han tenido este inconveniente porque el personal que está trabajando se va a descansar un rato, se quedan dormidos y cuando vuelven ya está todo perdido”, dice su padre.
Incluso, para prevenir cualquier detención prolongada, los Escudero (formalmente Hidrogeo S.A.) tienen varios motores y bombas de reemplazo para resolver cualquier rotura que desemboque en un derrumbe. Por este mismo motivo cada perforación nueva requiere que se monte todo un campamento. Una gran casilla rodante acompaña siempre al camión Internacional que lleva la torre de 20 metros, además de otro que lleva un tanque de agua y uno más, que también puede ser una camioneta, que traslada la bentonita y el resto de los equipos. También un gran grupo electrógeno.
Los mágicos rabdomantes
Los tiempos cambian y la forma en que se busca agua también. Hoy los geólogos son casi los únicos, o casi, que se encargan de realizar los estudios para saber dónde conviene perforar y hasta qué profundidad se tendrá que llegar.
Pero antes había otras artes para hacer este trabajo previo. La rabdomancia era una de estas especialidades. Los geólogos y los rabdomantes supuestamente usan la misma estrategia para saber que hay abajo del suelo: impulsos electromagnéticos. La gran diferencia es la forma en que loscaptaban aquellos o como los advierten los profesionales actuales.
 La radiestesia o rabdomancia era una actividad pseudocientífica que se practicaba con la rama de un árbol de la zona en forma de horqueta o también con un péndulo. La rama se arqueaba y el péndulo se comenzaba a mover cuando se llegaba, supuestamente, al punto donde convenía perforar.
“Antes había muchos. Todavía creo que quedan unos pocos, pero ya casi nadie los llama”, dice don José y se encarga de marcar algunas diferencias: “Algunos decían la verdad”, y recuerda a un rabdomante que, con un péndulo, indicó un punto a perforar y predijo que allí encontrarían agua pura a 72 metros.  “Y así fue”, recuerda José. Pero también guarda en la memoria a otro que cobraba por realizar ese tipo de augurios y que cierta vez, mientras la varilla se arqueaba, comenzó a mover los labios. “¿Qué está haciendo?”, le preguntó el hombre que lo había contratado.  Sin inmutarse el rabdomante respondió: “Estoy probando el agua”.
La actividad parece tener rasgos esotéricos, pero algunos de quienes la practicaban explicaban el fenómeno diciendo que los estímulos eléctricos, electromagnéticos y radiaciones del agua pueden ser detectados por una persona. Que la varilla se arqueaba y el péndulo se movía cuando se cerraba este circuito. También sostenían que estos elementos mejoraban la recepción. “Es cuestión de creer o no creer”, resume José Escudero.
Quien escribe tuvo la posibilidad, hace ya demasiados años, de tener trato con dos rabdomantes. Uno se llamaba Otto y era un alemán venido a la Argentina después de la Primera Guerra Mundial. Su apellido ya está en la gorda alforja del olvido. El otro era don José Maldonado, un hombre nacido en Chile que se dedicaba a trabajos rurales. Los dos cobraban una suma modesta y casi simbólica por marcar el sitio exacto donde convenía perforar. En la zona donde vivían esas perforaciones eran a pala y consistían en realizar una excavación redonda, de entre un metro ochenta y los dos metros cincuenta de diámetro.
Los dos usaban una rama en forma de horqueta para indicar el lugar. La varilla se arqueaba, a veces hacia arriba y otras hacia abajo, pero aseguraban que esta diferencia no era importante y respondía al mismo estímulo eléctrico.
Este cronista recuerda haber tomado con una mano un brazo de la horqueta mientras el otro era sostenido por el rabdomante. Luego había que agarrándose de las manos libres. La rama se arqueaba con tanta fuerza al llegar al punto donde supuestamente había agua, que las palmas dolían y llegaban a enrojecerse cuando se trataba de evitar que la vara se doblara.
Otto era capaz de seguir el camino de las vetas de agua más superficiales y daba una estimación de hasta qué profundidad se debía excavar para encontrar agua y cuán caudaloso sería ese pozo. Ambos rabdomantes acertaban siempre, al menos en la localización del pozo. Pero también es cierto que nadie perforó en un lugar no indicado y posiblemente el agua hubiera surgido igual, sin necesidad de poderes especiales.
Los años pasaron y Otto y don Maldonado ya no ejercen ese oficio. Ahora se dedican a ser recuerdos de quienes los apreciaron en vida y supieron aceptar que, más allá de la confiabilidad de sus predicciones, eran hombres de bien que no engañaban a nadie y que creían realmente en lo que hacían. Ninguno dejó sucesores que practiquen la rabdomancia.
“Ahora los estudios geoeléctricos indican y determinan todo”, dice José Escudero. Salvando las diferencias, los profesionales que realizan estos trabajos se basan en el mismo principio de impulsos eléctricos que los rabdomantes pero utilizando sensores que pueden detectarlos de una forma mucho más científica y concreta y que dejan en paz a los racionalistas.”En realidad, agua hay en todas partes. Lo único que varía es la profundidad  en la que está”, dice el perforador.
Cambiar una mala por una buena
“La Dirección General de Irrigación ahora ha establecido que sólo se pueden hacer perforaciones en fincas que ya tienen una y que debe ser cegada. Lo que se llama pozo en reemplazo o pozo en garantía”, explica José. Antes esto se exigía solo en las zonas calificadas como vedadas, “por ejemplo Montecaseros, en San Martín”. Además Irrigación exige que el productor presente un plan para implementar un futuro riego por goteo, que permita duplicar la cantidad de hectáreas a regar.
El cegado es la clausura y rellenado de la perforación antigua, ya contaminada. Esa contaminación se produce por que el encamisado del pozo se ha roto y por allí se filtra el agua de las napas superiores. Ese relleno lo realizan los mismos perforadores y consiste en meter dentro de él una mezcla de arcilla, cemento y bentonita. “Queda como si nunca hubiera existido nada allí”, explica Escudero.
El hombre acepta que toda medida para detener la contaminación es buena, pero ve como un tanto exagerada esta veda total en toda la provincia. “Una parte importante del agua que va a las hijuelas vuelve a filtrase al subsuelo y retroalimenta el sistema. Además la atención debería estar puesta especialmente en que se extraiga un porcentaje menor de lo que las cuencas pueden aportar”.
Desde su oficina ubicada en el inicio del carril Primavera, Gonzalo Escudero tiene absolutamente claro que la falta de cuidado y prevención ha jugado en contra.  “Antes se encontraba agua pura a menor profundidad. Hace poco cegamos un pozo acá, en Junín, que había sido muy bueno y que tenía 160 metros. Ahora hasta los 220 metros el agua es mala, tiene mucha salinidad”.
José también culpa a las petroleras por este problema. “Han hecho perforaciones de 2000 y 3000 metros en busca de petróleo y, como no lo hallaron, abandonaron las perforaciones y las dejaron abiertas. Hay cientos de ellas en muchos lugares de la provincia”. Esto provoca que, como dice el hijo menor del fundador de Hidrogeo, “las napas contaminadas, que tienen agua más pesada, se “coman” las napas buenas”, es decir, que esa agua con mayor porcentaje de sal baje hacia las cuencas puras y las contagie.
Sin perforaciones abandonadas o defectuosas la contaminación no se produciría ya que entre cuencas hay espesas capas de arcilla, algunas de hasta 20 metros, que aíslan unas de otras y evitan las filtraciones. “Siempre el agua pura está debajo de una napa de arcilla”, aclara Gonzalo.
Lo grave es que ya no se puede ir más profundo para buscar agua pura. “Los geólogos ya han indicado que acá (en la zona Este), más abajo de donde estamos llegando ahora, el agua que encontraremos tendrá mucho nivel de sal por razones naturales”.
Hay, pero no alcanza
Los Escudero dicen que no hay muchas empresas perforadoras en la provincia que trabajen bien y de manera constante. “No debemos ser más de siete u ocho”, sostiene Gonzalo. Si bien la tarea reditúa buen dinero, ya que un metro terminado de una perforación vale entre $1.200 a $1.500 de acuerdo al tipo de suelo y el diámetro que tenga, se necesita una gran cantidad de equipo para hacerla, es indispensable tener un buen conocimiento del trabajo y, además, aceptar que es una tarea pesada y sacrificada que no puede detenerse jamás una vez que se comienza, por más que diluvie o haya un sol que raje la tierra.
La familia juninense está bien preparada para esto y ya tiene muchos años en la actividad. Tienen maquinaria como para llegar hasta los 700 metros de profundidad y todas sus perforaciones han concluido con éxito. Como ejemplo: tres de ellas aportan agua a la red de agua potable del departamento de Rivadavia y una a la de Lavalle y hay decenas de productores que tienen pozos hechos por los Escudero que producen hasta 300.000 litros por hora.
 “A nosotros nos buscan los productores a los que el agua que les llega por los canales no les alcanza. Los turnos de riego son muy espaciados, cada 15 o 20 días, y además les llega poca cantidad y no alcanzan a regar todo”, explica el menor de la familia. “Con una perforación pueden regar a manto unas 25 hectáreas y unas 50 hectáreas si implementan el riego por goteo”, acota.
Agua, bendita agua
Ya la bomba está colocada y comienza a extraer de las profundidades un agua clara, limpia y fresca que corre hacia las hijuelas. En algunos lugares bajos, como La Isla  por mencionar una zona, la cantidad de agua es tanta que hay momentos que surge sin necesidad de que la bomba esté funcionando. Aún así “el agua no va a sobrar jamás”, dice don José Escudero mientras sorbe el último mate y se apronta a dar las gracias.
El hombre sostiene que la situación “se va a agravar” y que cada vez habrá más gente que note la escasez. “Hay arroyos que ya no llegan más al río, porque hay propietarios que los han desviado hacia sus cultivos y, por lo tanto, las filtraciones que aportaban al subsuelo ya no existen”.
Dice que “ahora estas cosas las están combatiendo” pero que “se acordaron un poco tarde”.
Por ahora, solo por ahora, los perforadores todavía encuentran lo que buscan. El trepano gira y llegará hasta donde descubra ese líquido insípido, inodoro e incoloro pero vital. Tan vital. 


Pastores del agua




Texto: Enrique Pfaab


Fotos: Horacio Rodríguez







Tienen surcos en la cara. Podría ser solo una consecuencia de sus edades. Pero es algo más. Ocurre que el oficio se les ha marcado en la piel. Pese a que son ignotos para la mayoría, son la sístole y la diástole del corazón de Mendoza. Sin ellos no hay vida. Son aquellos que Armando Tejada Gómez definió magistralmente como los pastores del agua. Son los tomeros, un oficio tan cuyano que ni siquiera figura en el diccionario. Sus modos, sus formas de hablar tampoco están en los libros, pero deberían. “Atoradero”. ¿De que mejor forma se puede definir el momento en que la tormenta hizo caer ramas y basura que bloquearon el cauce, y el agua queda encerrada y a punto de desbordar, de “reventar” el canal? Por eso sus historias merecen ser contadas a su manera que es, al fin y al cabo, la única forma fiel de contarlas.


“Empecé el 6 de enero de 1978. En ese tiempo nos daban trabajo los dueños de las fincas y pagaban con lechones, patos, gallinas… lo que viniera”. Daniel Montenegro cumplió 59 años esta semana y empezó a “repartir” el agua, combinando esa tarea con la de obrero rural.


Vive en Medrano, donde es “nacido y criao”. Sus facciones conservan la herencia de su abuela huarpe. Tiene la envidiable virtud del humor constante. Invita a tomar un café en la oficina de la Inspección Canales de Medrano y Derivados. “Yo café no tomo pero ahi en la chata (una Jeep Gladiator modelo 75) tengo una botellita de ginebra y le podemos echar un chorrito de café… y listo”.


Cuando se hizo tomero trabajaba gratis y apenas recibía como gesto de gratitud algo para poner en la olla. “Estuve… ¡qué si io cuántos años sin sueldo! Hasta que vino un inspetor, don Aldo Titarelli, y ese sí los puso en los libros”.

Ahora saca con cierto orgullo un recibo de sueldo del interior de la campera. “Fijesé usté, porque yo no traje las gafas. ¿Qué dice ahi?”. Y ahí dice que su primer sueldo formal, con aportes previsionales y obra social, fue el 1 de abril de 1991. “No sé quién pone la plata, pero acá nos dan el cheque y de ahi vamos al banco”. El Departamento General de Irrigación paga.


Desde antes de los albores de la primavera hasta que muere el otoño el tomero va, día tras día, entregando a cada uno la porción de agua que le corresponde.


“Le puedo contar un día lindo o uno de esos en los que me hacen rabiar. Sin ir más lejos el otro día, a eso de las 10 de la noche, me llaman porque se había cortao el agua de un canal que pasa por un barrio que hay allá (y señala hacia el sur). Habían pasao los niños (muchachones) como a las 8 y media, y habían bajao las compuertas. Ya estaba que se reventaba el canal. ¡Así de agua estaba todo! Los callejones, el enripiao… todo”.


Cada 14 días el agua le tiene que llegar a cada regante. Montenegro recorre sus canales e hijuelas de una punta a la otra, bajando una compuerta y levantando otra. “Soy el que toma y da”, describía Tejada Gómez.


“Le puse un contador a la bicicleta. Hago más de 80 kilómetros por día”, dice el tomero. A veces, según el recorrido y el estado de los caminos, usa una moto o la vieja chata. “Es lindo este trabajo. Es livianito. Lo que cuesta es cumplir los horarios”. No es fácil salir a las tres de la mañana a cortar el agua del último regante y volver a la otra punta del canal para volver a dársela al primero.


Changueando


Daniel Montenegro se para frente a un mapa de 1944 que está pegado en la Inspección y que marca cada surco, cada canal, cada hijuela. Va señalando su ruta con uno de sus nueve dedos. El dedo medio de la mano izquierda está mocho y esa amputación tiene que ver con su historia.


El pago del tomero no es despreciable, pero tampoco es gran cosa. Muchos aprovechan el tiempo libre y especialmente, la temporada de corte de agua para hacerse alguna extra que les permita vivir mejor.


Aquel mes de julio de hace 34 años consiguió una changuita como camionero. Esa plata extra le iba a venir de maravilla porque estaba a punto de casarse con Eva Zulema Ávila, la mujer que luego le daría tres hijos, “uno que ahora tiene 33, el otro de 29 y el nenito más chiquito, de 26”.


El tomero recuerda: “Estaba en el mercao de La Plata, adonde todas las calles son al revés. Había dejao el camión así, en una subidita, pa después largarlo despacito pa’trás y engancharlo con el acoplao. Estaba sosteniendo el ojo del acoplao pa’ que el gancho del camión se acercara solo. Pero no me di cuenta de que el gancho venía más rápido de lo que pensé y el golpe me lo cortó en seco. Se me cayó el pedazo de dedo al suelo. ¡De puro agrandao me pasó! ¡Cinco días internao estuve y no sabés cómo estaban acá, que no sabían nada de mí! Mi suegro, un viejo riojano criao en el campo y que andaba siempre con un cuchillo a la cintura, decía: ‘¡No viene más ese hijo de pu…!’ Pero volví y me casé. En fin... ¡La cabeza me tendría que haber cortao!”.


De día y de noche


Unos 60 kilómetros más al este, en Las Catitas, Armando Lucero viene levantando polvo con sus alpargatas azules. Tiene 61 años, cuatro hijos, doce nietos, dos bisnietos y dieciséis años de tomero.


“Acá, en el ramal Suárez, tengo unos cinco kilómetros y en el ramal Norte tengo otros 10. Los recorro tres veces por día, pero antes tenía mucho más”, cuenta.


Se enorgullece de que no haya necesidad de que sus jefes le tengan que andar diciendo lo que hay que hacer. “Cada uno sabe. Yo paso por la oficina sólo cuando necesito informarles algo. No hace falta que los digan nada. Hay que fijarse que no haiga atoraderos…, que no se rompa nada…, dar el agua en horario…”.


Tiene 1.500 hectáreas en las que la vida depende de él y su enemigo principal es la tormenta, el viento huracanado, cuando el monte vuela hacia los cauces. “Las noches de lluvia, de viento juerte. Todo se llena de cardo ruso, de ramas que caen, de cañas. Entonces se hacen atoraderos y hay que tener cuidao de que el canal no se vaya a reventar”.


Las consecuencias pueden ser graves. Fincas anegadas, casas inundadas y un sistema complejo de canales e hijuelas que habrá que reparar en forma urgente. “Por ahí se los atora la compuerta de algún finquero y como muchos son cómodos, también los llaman a nosotros para sacar ese atoradero”.


Desde las 7, Armando interrumpe su descanso tres o cuatro noches a la semana. Hay que cumplir con los turnos y asegurarse que el agua fluya. Por suerte acá, en Las Catitas, la inseguridad no es un problema. “Acá tenimos una zona buena, ¡que si no…! Yo le digo una cosa: Yo dejo la moto acá, con la llave puesta y me voy hasta la ruta. Voy y vengo. De los años que estoy, nunca me han tocao nada. Una güelta me dijo una señora por qué dejaba la moto con la llave: ‘Si se la quieren llevar que se la lleven, pero así no le rompen nada’, le dije. Juera que estuviéramos en otra zona vaya y pase pero acá, gracias a Dios, no pasa nada”.


La moto le permite moverse con rapidez y sin demasiado esfuerzo, pero también implica algunos riesgos. “Me caí tres veces en la moto. Tres golpes llevo… y ni raspones me hi hecho. Hi tenido suerte”.


41 años entre hijuelas


A Luis Masuzzo (63) le queda poco para jubilarse. Lleva 41 años “entregando el agua”. Hoy atiende el caudaloso canal Chimbas, que atraviesa Rodríguez Peña, Barriales, Palmira y llega a Chapanay, regando cerca de 3.500 hectáreas. Pero empezó teniendo apenas una hijuela, cuando tenía 21. “Mi padre, Carlos, fue el primer repartidor y después fue inspector del canal y no podía cumplir esa doble función. Entonces entré yo y en esa hijuela estuve 25 años. Después el tomero del Chimbas, que estaba viejo, se jubiló y me dijeron a mí si podía atender el canal”.


Tiene tres hijos y Ramón, el más grande, ya trabaja de tomero. La tradición parece estar asegurada porque uno de sus nietos, que todavía está en la escuela primaria, asegura que seguirá los pasos de su abuelo.


Dice que el trabajo de tomero no le da tiempo para hacer otra cosa. Hay que salir a la hora que sea “y no se puede tener otra ocupación. El repartidor de hijuelas capaz que pueda, pero en el Chimbas es imposible”. Sostiene que el problema es “cuando falta el agua o cuando viene de más”, entonces hay que salir a regular el caudal de inmediato. Si falta, los regantes se quejan. Si sobra, también.


En la puerta de su casa Luis tiene tres autos destartalados. “A todos los rompí trabajando. No hay vehículo que aguante, especialmente la suspensión, los semiejes…” Pero no se queja. “Es parte del trabajo”, dice.


En cambio rezonga por la cantidad de basura que va a parar al canal. Bolsas, pañales, mugre. “Tiran de todo”. Y algunas cosas caen accidentalmente.


El canal Chimbas corre paralelo al carril homónimo. Una ruta muy transitada y peligrosa, en la que pocos respetan la velocidad máxima. “En este carril no respetan a nadie. No paran ni en caso accidente. Del canal hemos sacado autos, camionetas y hasta camiones que han caído adentro”.


Y no sólo los desprevenidos o los descuidados se han sumergido en él.


“Una noche, como a las 4 de la mañana, un tomero tenía que recibir el agua cerca de la autopista, cruzó el canal por una pasarela, sin problemas, pero a la vuelta la luz de un foco se reflejó en el agua y lo encandiló. ¡Se fue a la mierda con bicicleta y todo! Lo salimos a buscar todos. Después de un rato, lo encontramos, todavía agarrado a la bicicleta. ¡Se salvó de casualidad. don Florencio Amaya se jubiló al otro día”.


Para Masuzzo, el remplazo de los tomeros que se retiran no puede venir de la juventud. “Tiene que ser gente adulta, que tenga unos 30 años o al menos que ya estén casados. Este no es un trabajo pesado, pero hay que sacrificar las salidas, las fiestas… Los pibes los viernes y sábados se van a la mierda, a bailar, les gusta la joda y se olvidan de que tienen que ir a dar el agua. En cambio el que tiene familia ya sabe que lo primero es cumplir con su responsabilidad”.


Entre dueños y contratistas


Es difícil saber cuántos tomeros hay en Mendoza. Se calcula que son más de 250 pero sólo es una estimación. Es que algunos dependen directamente de Irrigación y otros son contratados por las inspecciones de cauces.


Cada una de las inspecciones tiene suficiente independencia para manejar su presupuesto y cubrir sus necesidades, de acuerdo con superficie, cantidad de regantes, canales matrices que crucen por su zona y época del año.


El abuelo de Roberto Díaz fue tomero. Su padre también lo fue. El recibe y entrega el agua desde 1973. Su hijo mayor trabaja en una inspección de cauces.


Vive en Rivadavia y su responsabilidad es que el riego llegue a más de 3.000 hectáreas, en un área comprendida del carril Comandante Torres hacia la calle Albardón, en el distrito Los Árboles, y de la margen del río Tunuyán hasta el carril El Retamo, en Junín. El 70 por ciento de las fincas que hay allí no superan las cinco hectáreas, hay un 25 por ciento que tiene un promedio de 40 y el resto, el menor porcentaje, supera las 100.


Díaz analiza los cambios que se produjeron en la zona rural. Dicen que hasta fines de los 60 los dueños de las fincas vivían allí y ellos mismos trabajaban la tierra y controlaban el riego y la producción.


“Pero entre los ’70 y los ’80 hubo buenas cosechas y eso les permitió poner contratistas y venirse a vivir a la ciudad, porque la ganancia era buena para las dos partes.


Esto alejó la figura del propietario, y la relación entre el dueño y los administradores del agua se partió y entró a jugar un tercero, y aparecieron nuevos conflictos. El contratista muchas veces le llevaba al patrón algunos problemas que él mismo creaba”.


Para ejemplificar el punto Roberto Díaz cuenta una anécdota: “Una vez me llamó un propietario, que vivía en la ciudad de Mendoza y tenía su finca acá, para decirme que tenía problemas con el agua, que no llegaba por la hijuela. Lo hice venir en el siguiente turno y fuimos a su finca 20 minutos después de que se le entregara el agua. Nos atendió la mujer, que no sabía nada y que nos dijo que el marido estaba en el club Alberdi, de Junín, jugando a las bochas. Eran como las once de la noche. Cuando el tipo nos vio, se quedó duro, con la bocha en la mano. Le dijo al dueño que ese turno se lo había cedido al vecino, porque él tenía que abonar. Después el propietario confirmó que el tipo vendía su turno y lo despidió al lunes siguiente”.


El tomero conciliador


El tomero es la punta de un complejo sistema y el nexo entre la institución, quizá la más importante que tengan Mendoza y el regante, que es el objetivo para el que está montado todo ese centenario engranaje. Y es el tomero quien recibe las quejas, los reproches y también quien debe solucionar los conflictos que se producen entre quienes deben recibir el agua.


“Este es un trabajo distinto a cualquier otro, se necesita un poco de psicología”, dice Roberto Díaz. “Siempre se quejan”, sostiene Luis Masuzzo. “Nunca están conformes”, rezonga Armando Lucero. “Y allí me mandaron a mí a amansar a uno que se paraba en la compuerta con una escopeta y no quería bajarla hasta terminar de regar”, recuerda Daniel Montenegro.


Los cuatro han aprendido a no discutir y que la prioridad es que el agua corra, que llegue a tiempo y que alcance para todos.


Montenegro, el tomero de Medrano, cuenta esto con la gracia que le da la experiencia y su sabiduría ancestral.


“Me pelean porque les dé más agua ¡Ah no! ¡Ahi vienen los problemas! Antes era muy peleador yo, pero una vez me llevaron a la universidá y me dieron ese cartel, ¿ve?”, y señala un diploma que está colgado en una pared de la oficina y que certifica que el fiel pastor del agua ha hecho un curso de capacitación.


“Esa vez los llevaron a 14 tomeros, para amansarlos. Era una trafic llena de matones. ¡Ja! ¡Mansiiiitos los largaron! Ahora ya no peleo más. Dejo que me puteen, aunque por ahi dan ganas de meterle una... Porque hay gente que quieren regar ellos nomás ¿vio?”.


Y luego sigue: “Un día me mandaron a amansar a uno, allá arriba. Porque ahi regaban como los covoy. Se ponía uno en la compuerta con la escopeta, póngale a las 7 de la mañana y no entregaba el agua hasta que el hijo terminaba de regar. Un puntano era. Ahi me mandaron a mí. Entonces, desde esa vez, empezamos a poner cadena y candado en las compuertas”.


Ahí van todos ellos, todos los días. Son la vida misma. Guardan y liberan, según la necesidad. Por hijuelas de tierra o canales “emporlados”.


Armando Tejada Gómez los definió inmejorablemente: “Aquí aprendió la vida a ser paz en la tierra/ los ojos en el cielo/ el corazón de greda./ Lindo mi oficio/ soy el que toma y da”.


Pastores del agua. No hay vida sin ellos, ni hay Mendoza.

martes, 16 de abril de 2013

Santos Guayama, el hombre que murió nueve veces


Texto: Enrique Pfaab

Ilusitración: Diego Juri

Macanean. Todos los departamentos de prensa de los gobiernos del mundo macanean, algunos más y otros menos. Agrandan y adornan los logros y minimizan los fracasos. Es así. No lo hacen por capricho, sino por orden de quienes gobiernan. Y esto no es un fenómeno de estos tiempos. Es de siempre. Un buen ejemplo de esto es el caso del mítico José de los Santos Guayama, quien fue lugarteniente del Chacho Peñaloza y Felipe Varela, y uno de los líderes de la “rebelión lagunera”.
El gaucho les dio varios dolores de cabeza a los gobiernos del 1800, tanto que en distintos comunicados oficiales lo mataron… ¡nueve veces! Sólo la última muerte fue cierta, cuando fue fusilado en un cuartel de San Juan en 1879. Antes, lo habían perseguido durante años y uno de los que más se empeñó en atraparlo fue el gobernador de Mendoza Arístides Villanueva.
Para disgusto del orden establecido, el asesinato de Guayama sólo sirvió para alimentar el mito y que se le comenzaran a atribuir apariciones y milagros. Todavía dicen que su espíritu aparece cada tanto y que algunos favores y milagros que se le adjudican a San Roque en realidad le pertenecen al gaucho rebelde.
Uno envidia y compite con el que tiene al lado. Por eso, hay un triángulo de inquina entre mendocinos, sanjuaninos y puntanos. Pese a esto, los cuyanos comparten todo, hasta la rivalidad entre sí y hay una región que, por más que no quieran, los une indudablemente: las Lagunas de Guanacache. Por añadidura, también los hermana la figura de Santos Guayama.
Esta crónica no tiene otra aspiración que despertar la curiosidad y que aquellos que la sientan acudan luego a textos mucho más eruditos y profundos para saciarla.
No está muy claro cuándo nació, pero la mayoría se ha puesto de acuerdo en que fue en 1830, en el distrito sanjuanino de Las Lagunas, en la misma zona de Guanacache. Allí –según cuenta en su blog el profesor Daniel Alberto Chiarenza– su padre, Gregorio Guayama, se había asentado en 1826 y adquirió una finca a la que bautizó Cruz de Jume. Ahí se crió y creció José de los Santos, “hasta convertirse en un hombre astuto, alto, de buena contextura física, de cabello renegrido, buen cantor y mejor guitarrero”, dice Chiarenza. Además, adquirió una gran destreza con el facón y se transformó en un excelente jinete.
Estas cualidades marcaron su destino, que todavía siendo joven lo hicieron conocer y trabar amistad con Ángel Vicente Chacho Peñaloza, convertirse en su lugarteniente y acompañarlo hasta el 12 de noviembre de 1863, cuando el caudillo riojano fue asesinado en Los Llanos.
Luego pasó a formar parte de las filas de Felipe Varela, con el que llegó al grado de teniente coronel.
Pero su fama y su posterior veneración se deben a lo que hizo después, cuando se transformó en bandido rural, quitándoles a quienes más tenían para repartir entre los necesitados.
En 1860, lideró la “rebelión lagunera”, cuando las Lagunas de Guanacache se comenzaron a secar por las tomas hechas aguas arriba.
La rebeldía y la valentía de Guayama no tenían límites, por lo que terminó transformándose en el sucesor de Peñaloza y Varela. El 7 de agosto de 1868 intentó, sin éxito, capturar la capital riojana y sin amedrentarse, volvió a la carga el 19 de ese mismo mes. Esta vez logró controlar la ciudad y apoderarse de 200 fusiles y poco después también entró victorioso a Chilecito.
Esos eran días de transición en el gobierno nacional. Bartolomé Mitre se estaba yendo y Domingo Faustino Sarmiento tomaba el mando. En una de sus primeras medidas el “padre del aula” le puso precio a la cabeza de Guayama y para la misma época el gobierno riojano ordenó “atacar y destruir” la fuerza montonera comandada por el cuyano.
Pero José de los Santos Guayama, por cuyas venas corría sangre huarpe, conocía su territorio como nadie y gozaba de la simpatía de muchos habitantes de la zona, que le brindaban refugio o lo alertaban cuando su vida estaba en peligro. Así, pudo seguir luchando contra el poder dominante durante once años más. El cura gaucho José Gabriel Brochero intentó interceder por él para que se le diera el “perdón oficial”. Guayama, que supo atravesar por una crisis de fe religiosa, llegó a encontrase con Brochero, pero las gestiones del sacerdote no prosperaron.
Mientras tanto, el gobierno central y los de las provincias cuyanas informaron ocho veces que lo habían capturado y fusilado, pero Guayama reaparecía al poco tiempo, con la misma vitalidad de siempre.
Arístides Villanueva, mientras gobernó Mendoza entre 1870 y 1873, dedicó mucha de su energía a tratar de capturarlo, teniendo en cuenta que el rebelde se refugiaba frecuentemente en el piedemonte mendocino. Sin embargo, nunca logró dar con él.
Recién en 1979 Guayama fue sorprendido en plena capital de San Juan, mientras caminaba por la ciudad. Sin juicio ni prolegómenos fue fusilado por un pelotón y esta vez sí murió, a los 39 años, aunque su aspecto para ese entonces era el de un hombre mucho mayor.
Murió, pero no tanto. A partir de ese momento, su figura creció y se hizo leyenda y mito. Hay quienes lo adoran todavía hoy: le prenden velas y le piden favores en las numerosas ermitas que hay en Cuyo, especialmente en la región donde limitan las tres provincias cuyanas. Allí, en las Lagunas de Guanacache.

Papeles amarillos


Por Enrique Pfaab
Salvo el aroma a tierra mojada, el de los libros debe ser el más agradable de este planeta. El perfume que genera la mezcla de tinta y papel viejo es incomparable. Hay pueblos que dedican especial atención a cuidar su historia y no hay mejor lugar para guardarla que las bibliotecas. Si esto se completa con un museo, mucho mejor aún.
Junín tiene ese apego por conservar la memoria. En 2009, en virtud del 150 aniversario de su fundación, la Municipalidad publicó un libro que se titula Junín, estampas de un pueblo, en el que se reunieron documentos antiguos, recuerdos y hasta se recopilaron los apodos con los que fue bautizada la mayoría de sus vecinos, un tema que ya fue objeto de estas crónicas.
El libro, que fue hecho gracias a la coordinación del inolvidable y querido escritor, poeta y periodista Eduardo Gregorio, contó también con la colaboración de Oscar Luis Guevara, Gladys Herrera, Roberto
Mercado, Javier Gregorio, Alberto López y Francisco Ricardo Sisti.
Algunos de los capítulos están dedicados a transcribir notas guardadas en el Archivo Municipal que muestran las costumbres de su época, incluida la manera de escribirlas. 
El 18 de enero de 1859 desde el Poder Ejecutivo provincial se redactó el acta de creación del departamento, que fue desprendimiento del de San Martín y a partir de ese momento se dividió en dos. Se aclara aquí, como también se hace en el libro, que la redacción y la ortografía están copiados del original.
“Se denominará Departamento de Junín, teniendo por cabecera la población de San Isidro que en lo sucesivo tomará el nombre de Villa Junín, el territorio comprendido entre los límites siguientes: al norte la travesía divisoria de Las lagunas; al Poniente la cañada del Moyano y línea de la calle del Riovamba; al Sur el Río Tunuyán i las poblaciones de su ribera meridional i al Naciente la línea de la Asequia primera de Mellea (SIC)” , dice el documento existente en la carpeta de Registros Oficiales de los años 1857 y 1861 del Archivo Histórico de Mendoza; es decir que Junín, en su conformación original, también abarcó los territorios que luego fueron de Rivadavia y Santa Rosa.
Las viejas notas del archivo municipal están reunidas en capítulos en el libro coordinado por Gregorio. El primero junta las del siglo XIX y el resto se divide en décadas.
La primera de estas notas, como otras muchas, está firmada por “B. Reta, presidente municipal” con fecha 14 de febrero de 1874 y está dirigida “a los Jueces de la Comisaría Norte”. Dice: “Comunicarán al vecindario de sus respectivos cuarteles, que se á dado de prorroga asta el sábado 29 del presente para que blanqueen las casas í que el que hasta esta fecha no lo hubiese echo, incurrirá en la multa que fija la Ordenanza (…). Haran saber a los rematadores de Casas de baile que pueden tener reunión í vender licores como tambien los Pulperos pueden hacerlo…”.
El 9 marzo de ese año, en una nota donde no figura firma y que está dirigida al “Precidente de la Municipalidad de Maipú” se pide que “habiendosé dado principio al trabajo de compostura del carril en el paso
del Río por la vía de los Barriales, lo comunico para que si esa Municipalidad tiene á bien ceder los presos que tenga para ayudarnos en dicho trabajo, puede mandarlos de hoy en adelante”.
El 6 de setiembre de 1875 está fechada la nota que hoy le pondrá los pelos de punta a más de uno.
“La Municipalidad de Junín í Dn. Cebero G. Del Castillo han convenido en lo siguiente:
Art. 1º.- La Municipalidad entrega a D. Cebero G. Del Castillo, una muchacha de edad de trece años llamada Josefa Sosa por el termino de cinco años contados desde la fecha. 
Art. 2º.- Castillo se obliga …(párrafo borroneado)… y atenderla debidamente en el vestuario como en sus enfermedades í alimentos.
Art. 3º.- Castillo podrá destinar a la mencionada Josefa Sosa í empelarla en el servicio í faenas de la casa. (…)”
En agosto de ese año, se cursó una nota al “Juez de Paz del distrito Norte” en contestación a una nota mandada por este unos días antes. Allí el responsable municipal dice: “se comiciona a V. para que mande hacer dos vestuarios completos para el huérfano hijo de la finada Merinda Diaz como así conchabar á la mujer que se a ofrecido cuidar al mencionado huérfano por cuatro pesos mensuales, los que se pagarán en esta Municipalidad (…)”.
Hay también una nota sin fecha pero que se presume está ubicada a fines de ese año y comienzos del siguiente y que fue dirigida “al cura párroco Deciderio Arrascaeta”. En ella el mentado “B. Reta” dice: “el que suscribe a recibido aviso de que su Ayudante Cura de San Isidro a pretendido privar ó á privado que una viejita tuyida limosnera pidiese su limosna á inmediaciones de la Iglesia. A otro limosnero le ha quitado el signo de la compasión í aun que se lo a devuelto le á mandado que no se introdusca á ese lugar á pedir limosna, í agregan en las denuncias que al privarlos de que pidan limosna demuestra que lo hace por que esos limosneros privan a la  Iglesia de la limosna que á hella deberían darle. Pongo en conocimiento de V. para que tenga a bien hevitar que estos hechos se repitan, í no dudo que lo refrenará enérgicamente por cuanto que tienden apagar la fé que los feligreses deben concerbar, convirtiendosé en odio (…)”.
Saltando algunos años, el 3 de agosto de 1893, Miguel Suárez (posiblemente ejerciendo el cargo de “Precidente Municipal”) le contesta una nota al “Juez del Ministerio de Menores”, diciendo que “el indijena menor de edad llamado Martín Fernandez se encuentra en poder del Sr Fortunato Silva, quien a presentado ante esta Municipalidad un certificado de ese Ministerio, por el cual se le otorga la tenencia del indijena expresado”.
En octubre de ese año un tal “Juan F Vazquez” expresa: “se delibero sobre el denuncio hecho por el Sr. Segundo Garramuño, en vista pasada por el a esta Corporación de que en la casa donde está instalada la Escuela de niñas Nº 4 existe, también allí, un boliche, de bebidas y otras cosas mas en donde a la jente que hay frecuenta se le toleran procedimientos que por su naturaleza son incorrectos (… palabra borrosa…) y relajados  cuyos resultados repercuten en el corazón de las tiernas educandas dejando en él el jermen de la corrupción (…)”. 
Ya en la primera década del siglo XX también hay algunas notas interesantes. En octubre de 1908 se le escribe al vecino don Gregorio Lillio, diciéndole: “Ha pedido del señor R. Puebla, le pido encarecidamente quiera tener á bien asegurar sus chanchos, que continuamente se pasan a los potreros de Don Rodolfo y le hacen daño en los sembradíos”.
Todo tiempo pasado fue mejor, asegura un dicho popular. Mejor sería sostener que solamente fue distinto.