sábado, 29 de agosto de 2015

"¡Veinticinco, mierda!"

(Foto: Horacio Rodríguez)

Noche de verano. El estadio Malvinas Argentinas está repleto. En la cancha se juega el clásico de los clásicos: Boca – River. Una pelota cae llovida al centro de área, a pedido de un delantero. Pero un 3 llega antes y, sin piedad ni vergüenza, la revolea lejos. En un extremo de la platea alguien grita “¡Veinticinco, mierda!”. Nadie entiende el grito, salvo uno, que está sentado 20 metros más allá y que ahora sabe que hay otro vecino de Philipps entre la multitud.

Queda en Junín. El pueblo adoptó el nombre de su estación de trenes y no tiene fecha precisa de fundación. Es la villa cabecera del distrito que también lleva ese nombre: “Philipps”, con una “L” y dos “P”, y no como la lamparita.

Allí está el glorioso Club Social y Deportivo 25 de Mayo, que supo ser animador de la Liga Rivadaviense y que el próximo 1º de Mayo cumplirá 80 años. De allí, de su pueblo y de su hinchada escasa, surgió ese grito futbolero de júbilo, de alivio y de aliento: “¡Veinticinco, mierda!”.

El grito nació del fútbol pero después se escapó de la cancha. Según cuenta el profesor y folclorista Roberto Mercado en su libro “Philipps, 100 años de un pueblo”, con la autoridad asignada por haber nacido y usado pañales en ese terruño, “este fue el grito de júbilo cuando el equipo salía a la cancha o cuando un defensor la rechazaba con mucha fuerza hacia arriba, cuando las papas quemaban. En este caso el grito era aún más fuerte”. Después se usó para expresar felicidad por cualquier motivo. A saber: “Me puse de novio con la Petisa”; o “me saqué la quiniela”; también “pasé de grado”; “mañana nos pagan”; “el viernes comemos un asado”, y así. Todo rematado con un fuerte, seco y contundente “¡Veinticinco, mierda!”.

Philipps tiene un karma: su nombre, por lo general, se escribe mal y se pronuncia peor.

En las notas periodísticas, los carteles viales, los planos y las documentaciones gubernamentales aparece escrito Phillips, Philips, Phillipps y hasta Philippips. Y se escucha pronunciado, en especial por los lugareños de mayor edad, como “Pili”, Pilipe” o “Fili”. A cualquier automovilista que acierte a pasar por la rotonda de Mundo Nuevo con dirección al Este y que se detenga para levantar solidariamente a cualquier peatón local que le haga dedo, le tocará escuchar la siguiente pregunta, que sonará como un acorde: “¿Va pa´ Pili, don?”.

El profesor Mercado se tomó el trabajo de establecer el porqué del nombre de su pueblo y cómo se escribe realmente. Así encontró algunos documentos importantes. “Según testimonios orales la zona era conocida como La Jarilla y también Mundo Nuevo”, dice. Así fue hasta que se construyó el ramal a Rivadavia del ferrocarril “Buenos Aires al Pacífico” y se ubicó una estación en la incipiente villa. Esas vías se habilitaron el 26 de Enero de 1908. Unos días antes, el 10 de enero, el representante legal del ramal, Emilio Lamarca, se dirigió al director general en el siguiente tono: “Es urgente fijar los nombres de las estaciones” y una semana después recibió la respuesta que aquella correspondiente a la villa llevaría el nombre de “Uriarte”. Sin embargo el 27 de febrero de ese mismo año el propio Lamarca hace notar a sus superiores que el nombre designado “tiene similitud con el nombre Irirte de nuestra línea principal de la División Buenos Aires, lo que dará lugar a confusiones y tropiezos, tanto para la correspondencia como para el giro de las cargas”. Así se modificó el nombre de la estación y se pasó a llamar Philipps, aunque ya en su designación estaba mal escrito, con una sola “P”.

Curiosamente este distrito de Junín nunca fue creado oficialmente, ni a nivel provincial ni municipal. Comenzó a llamarse así naturalmente, después de que se bautizara su estación. Y así quedó.

El nombre del poblado es en honor a un vizconde inglés. John Wynford Philipps, primer vizconde de St. Davids, nacido el 30 de mayo de 1860 y muerto el 28 de marzo de 1938, miembro del directorio del ferrocarril de ese tiempo. “Será grandemente extrañado por todos”, dijeron sus colegas el día que falleció.

El Club Social y Deportivo 25 de Mayo fue, y quizá sea todavía, la institución más emblemática del distrito. En su acta fundacional se establece que para ser socio se debe “tener ocupación honorable, medios de subsistencia y antecedentes morales”.

La primera camiseta fue a rayas verticales negra y roja y en el 37 o 38 pasó a ser totalmente roja, posiblemente por la dificultad que significaba conseguir o confeccionar aquella otra.

Dicen que fue un semillero de talentos y sus espasmódicos progresos se debieron a transferencias de algunos jugadores. El terreno de su cancha se compró con el dinero del pase de Héctor “Quito” Chacón a Argentino. En tanto el cierre perimetral fue construido con la plata que pagó Independiente Rivadavia por Oscar Chacón y Eliseo Maza.

Mercado cita en su libro que “el fútbol dejó de tener competencia oficial en la Liga Rivadaviense de Fútbol en 1978 cuando se fusionó con el Club Atlético Junín para la temporada ’79 “, y dice que hoy “solo queda una pequeña cancha de fútbol en un terreno de propiedad del Club Hogar Rural”.

Pero los “philippeños”, como se definen los lugareños, no han perdido el orgullo por la su tierra, esa que lleva el nombre de un vizconde que seguramente nunca la pisó. Y también se felicitan por la historia de su club.

Dicen que cierta vez don Lindermán Morán supo viajar a Buenos Aires para realizar unos trámites. Un día subió a un taxi en la ciudad de La Plata y a la pregunta del taxista sobre su origen, Morán contestó: “No es por compadriar, pero soy de Pili”.

Aquí concluye esta crónica, quizás insolvente, pero voluntariosa y esforzada. Como el rechazo impiadoso de un número 3. ¡Veinticinco, mierda!.

Los fantasmas del Zoo


Entonces comenzaron los aullidos de los animales, como todas las noches; las hojas comenzaron a moverse y todos volvieron a ver la silueta humana y oscura, que parecía flotar entre los árboles. Los policías ya estaban decididos. Era en ese momento o nunca. Desenfundaron y se separaron para concretar la emboscada que habían planeado. Lograron cercarla. El jefe gritó: “¡Quieto ahí o disparamos!”. La silueta se abalanzó sobre uno de ellos y todos abrieron fuego. Vaciaron los cargadores. La sombra quedó quieta, después dio un amplio giro y casi rozándolos, cruzó a toda velocidad entre dos de los policías y se perdió en la noche. A la mañana siguiente decidieron pedir la audiencia con el subsecretario de Medio Ambiente del gobernador Arturo Lafalla.

Era el cuerpo completo de la Policía Ecológica, una división creada en del Departamento de Bomberos de la Policía de Mendoza para la prevención de delitos ambientales y que en esos días patrullaba el Zoológico. Unos meses antes se habían producido algunas irregularidades en el funcionamiento del servicio de seguridad privada que hacía esos patrullajes y se había decidido que esa función fuera cubierta con personal del Estado.

Fue a fines de los ’90. En el séptimo piso de Casa de Gobierno el jefe del cuerpo, un muchacho formal, respetuoso y bien preparado, encabezaba la comitiva. Fueron atendidos por el subsecretario, el director del Zoológico y funcionarios de la Gobernación, que esperaban escuchar un reclamo laboral. En realidad era un pedido, aunque no del tenor que ellos suponían.

“Este espectro nos tiene mal. No hay manera de sacarlo. Primero creíamos que era alguna persona que quería robarse algún animal, pero no. Es un espíritu o algo así. Aparece todas las noches, recorre el zoológico y los animales se ponen muy nerviosos. Anoche le disparamos, pero las balas lo traspasaron y no le hicieron nada. El espectro se fue como si nada”, dijo el jefe de la unidad.

Uno de los funcionarios los miró, cuchicheó algo con sus pares y luego preguntó: “¿Ustedes que quieren que hagamos?”.

El mismo policía carraspeó y dijo: “Quisiéramos que ustedes le manden una nota al Arzobispado de Mendoza, a ver si ellos pueden hacer algo. Que hagan un exorcismo, a ver si con eso el espíritu se calma”.

Más allá de la existencia del espectro, al subsecretario de Medio Ambiente le preocupaba la andanada de disparos que se había efectuado la noche anterior y temía que esto se volviera a producir. Lo grave es que si esto ocurría no había una forma coherente de dar explicaciones. Entonces aceptó remitir una nota formal al Arzobispado.

El exorcismo se realizó a los pocos días. No hay testimonio de lo que allí ocurrió. Algunos sostienen que un sacerdote recorrió los senderos internos, parándose cada 10 metros para rezar un padrenuestro y luego se persignaba y murmuraba frases inteligibles. También afirman que ese atardecer los animales estaban más nerviosos que lo acostumbrado y que se escuchaban quejidos. Hasta alguno sostiene que oyó una gutural maldición.

“No sabemos si dio resultado. Lo cierto es que los vigiladores no se volvieron a quejar”, testimonió un funcionario de aquella época.

Este espíritu es una leyenda antigua del lugar. Cada tanto, por algún incidente sin explicación ocurrido dentro del Zoo, revive con fuerza y se genera una psicosis entre quienes allí trabajan, en especial en las horas nocturnas.

Aún hoy dicen que este espectro, vestido de negro y con rasgos claramente humanos, se deja ver especialmente en las frescas noches de otoño. Los animales ya casi no se espantan, salvo que el fantasma los despierte abruptamente.

Hay quien asegura que es el alma sin descanso de un hombre que fue atacado y muerto por un león. Pero eso es solo una fábula. El resto no.

El tío Demetrio

(Ilustración: Diego Juri)


La línea recta es la menor distancia entre dos puntos. Esa es la definición geométrica. Así lo enseñan en la escuela. Para los niños de otras épocas la cosa era más práctica. Era la distancia más corta entre la escuela y la casa. Era “ir por dentro”, por la picada, por la cortada, por dentro de las fincas, de acuerdo con la zona en donde el mocoso se criaba.

Eran otros tiempos, tal vez no mejores pero sí más amables, menos agresivos, más piadosos; donde había menos alambrados y, donde las había, más servidumbres de paso. Aun sin que fuera una línea recta exacta, la distancia entre este punto y aquel, entre la escuela y la casa, la casa y la canchita, la casa y el almacén, debía unirse por el camino más corto.

Venido del monte, este cronista recorría cinco kilómetros para ir a la escuela o a la canchita “de los Celedón”, un mallín aledaño a la casa de esta familia y en donde el pasto estaba siempre verde.

Por la ruta el camino se hacía largo y había demasiadas subidas y bajadas pronunciadas y las banquinas eran pedregosas e incómodas. Entonces, para hacer más corto el trayecto y también más agradable,

lo mejor era “cortar camino” por detrás de un cerro.

Era una huellita mínima, marcada naturalmente por los animales, vacas y caballos que después de pastar regresaban solos al atardecer a su corral. De tanto ir y venir estos bichos dejaban marcado un senderito firme, despejado de ramas y que gracias a su sentido de orientación natural siempre era el más corto. Así, encarando entre cañaverales y monte que parecía casi impenetrable, se desembocaba en algún camino vecinal que llegaba hasta donde uno quería ir y lo que insumía 45 minutos terminaban siendo sólo 20.

En las tierras mendocinas la cosa era más o menos igual.

Dividida en miles y pequeñas parcelas, en minifundios, el territorio quedó partido desde principios del siglo XX en un mosaico de fincas, en su mayor parte dedicadas a los viñedos y algo menos a las plantaciones de frutales y olivares, y también en chacras dedicadas al cultivo de hortalizas.

El memorioso ingeniero Jesús Rubén Azor Montoya colaboró con este escriba forastero para evitarle un despiste. “Esas parcelas tuvieron en promedio entre las 5 y las 10 hectáreas y constituían verdaderos jardines por el laboreo al que se sometían mediante el esfuerzo de sus patrones en muchos casos y por intermedio de los llamados contratistas en otros casos. El contratista era (y es) una figura original en la legislación laboral; a la vez obrero y socio en la producción con el propietario; un asalariado que sentía a la tierra que trabajaba como su dueño, ya que compartía con el patrón el fruto de la tierra en un porcentual establecido”.

Rubén también se deja inundar por los recuerdos fácilmente, como buen hombre sensible, y cuenta: “El tío Demetrio (en realidad no guardábamos ningún parentesco, pero en los descendientes de españoles era común usar este término para con quienes el afecto era muy grande) había llegado de la Madre Patria allá por 1910, quizás en la misma época en que mis abuelos paternos”.

“Él añoraba Andalucía, donde había trabajado viñas de secano, a las que sólo las lluvias proveían la humedad necesaria. Aquí, en Argentina y más precisamente en Mendoza, había logrado con esfuerzo en el

cultivo de chacras ahorrar alguna fortuna que la invirtió en dos pequeñas propiedades, una en la calle Olivares y otra en la calle La Posta en el departamento de Junín. Todas con derecho a riego, lo que era una bendición del Cielo”.

“Lo que podríamos llamar “manzanas” por aquella época eran rectángulos de 3 kilómetros de largo por 500 metros de ancho. De modo que desplazarse de una a la otra siguiendo las calles le implicaba una

distancia muy grande que se podía acotar notablemente “yendo por dentro”.

Esto era un eufemismo por atravesar las propiedades por callejones, en aquella época verdaderas calles comunales muy bien cuidadas, y alcanzar el objetivo recorriendo una distancia hasta cinco veces menor”.

El “ir por dentro” terminó siendo un regionalismo cuyano que todavía se usa, especialmente en la zona rural.

Azor, que en realidad no tiene tantos años como para haber vivido esta anécdota pero sí suficiente memoria para guardar alguna historia contada en algún asado, cuenta que cierta tarde de febrero de la primera mitad del 1900, “habiendo pasado el bochorno de la siesta y con una temperatura más agradable con el avance de la tarde, el tío Demetrio emprendió su caminata a la finca de la calle La Posta atravesando callejones de distintas propiedades”.

“En el camino se cruzó a mi tío Andrés, fanático de la caza, escopeta en ristre tras las huellas de una liebre de Castilla que era común encontrar en los potreros y entre los surcos de las viñas. Cruzaron algunas palabras, se dieron mutuos saludos a las respectivas familias y cada cual siguió con su faena”.

“El tío Demetrio tenía por aquel entonces alrededor de setenta años y el calor lo agobiaba a medida que avanzaba. Al cruzar por la casa de un contratista, la esposa de éste que lo conocía lo saludó e invitó a sentarse a la sombra del parral que refrescaba un largo corredor”.

“El trato en el campo mendocino siempre ha sido amable y más cuando de un anciano se trataba, ya que por aquellos tiempos los años otorgaban a los hombres el respeto de jóvenes y niños. Acomodado ya en su silla de totora, recuperó el resuello y la voz de la mujer lo interrogó con amabilidad”:

–Tío, ¿un vinito para refrescarse?.

–Hija, ¿no me hará mal después de la leche? – preguntó con tono cansino.

–¿Y cuánto hace que usted la ha tomado? – inquirió la mujer.

–¡Cuando nací! Trae para aquí ese vaso – respondió con una sonrisa pícara.

La historia es una minucia, pero pinta un paisaje, una época y costumbres que casi han desaparecido.

Pero lo más importante: rescata algunos valores, pequeñas imágenes.

Hoy, cuando todos eligen la ruta más iluminada, transitada y conocida para llegar a algún lado, cuando nadie se detiene en ninguna parte, urgido por llegar a su destino final, cuando no hay tiempo para nada,

quizás sea el momento de volver a “ir por dentro”.

Allí, en ese sendero solitario, seguro habrá más posibilidades de toparse con un paisaje más amable, tener un soliloquio enriquecedor, que alguien le invite un vino a la sombra.

viernes, 28 de agosto de 2015

En Junín dan clases para espantar a los colados

(Ilustración: Eugenio Carozzo)

Siempre hay uno. Nadie lo invita. Nadie lo conoce bien. No se sabe por qué está allí y tampoco nadie sabe por qué no se va de una santa vez. Es ese tipo plomo que se cuela en el primer grupo de amigos con el que se cruza o se mete en la primera fiesta, sin invitación y sin conocer a nadie. Suele ser un tipo pesado, que hace comentarios desafortunados y que no tienen relación con la charla. Evita siempre contribuir en la “vaquita” para pagar los gastos, yéndose dos minutos antes de que se haga la colecta.

Siempre hay uno. Por más que nadie se anime a decirle “andate”, todos desean su agradable ausencia.

Esta historia ocurrió hace 12 años pero podría haber sucedido ayer.

Era un grupito de diez muchachos, de entre 18 y 21 años. “Era común vernos juntos en distintos lugares: la plaza, una heladería que ahora ya no existe o simplemente en el cordón de vereda”, recuerda Juan, uno de esos muchachones que se resistían a ingresar en la adultez y que ahora son señores casados, profesionales, funcionarios, hombres serios de Junín.

“Durante aquel verano, se sumó al grupo un muchacho del que jamás conocimos su nombre y tampoco supimos cómo fue que empezó a acompañarnos. Al principio no nos molestaba, aunque con el correr del tiempo eso fue cambiando”, dice el memorioso, que un rato antes negaba en forma contundente que tuviera en su pasado alguna cosa que mereciera ser contada. “Todos tenemos una historia, quien no la tiene es porque no ha vivido”, insistió el cronista. Después, Juan confesó.

Los muchachos comenzaron a desplegar un montón de estrategias para evitar la compañía del desconocido, pero todas ellas fracasaban rotundamente. De alguna manera el intruso los encontraba por más que cambiaran la hora y el lugar del encuentro.

Pero en un momento, una noche, el flaco este cometió un gran error: “Le tengo miedo al diablo”, dijo el colado. El grupo sospechó que detrás de esa confesión podía estar el final de su incómoda presencia. Comenzaron a preguntarle sobre sus creencias y sus temores, y descubrieron que era muy supersticioso y que creía en cuanto mito anduviera suelto. “Decidimos que la manera de sacarnos de encima al extraño era asustarlo”, cuenta Juan.

Entonces, encontrándose en pequeños subgrupos y durante el día, los diez muchachos urdieron un plan que no podía fallar: fingirían que uno de ellos estaba poseído por el demonio y que debían realizar una especie de exorcismo. Un ritual con velas, humo y dentro de lo posible, un féretro.

Todos estaban dispuestos: Juan, Fernando, Alfredo, Caco, Matías, Yamil, Elián, Pablo, Cristian, Charly. Todos.

Fernando se ofreció inmediatamente para meterse dentro del féretro. Él iba a hacer de poseído. Su sugerencia fue aceptada inmediatamente, ya que el voluntario tenía entre sus virtudes la de poder contener la risa sin problemas, una condición indispensable para que el plan tuviera éxito.

El mismo control debían tener los que encarnaran los principales roles. Se necesitaba quien comandara la ceremonia, un hechicero, varios ayudantes y alguien que fingiera estar en trance, además del muchacho que estaría dentro del cajón.

Después vino uno de los pasos más difíciles: conseguir el bendito ataúd. Era un elemento clave para que la puesta en escena fuera creíble y lograra el efecto deseado. No había opciones: había que tomarlo “prestado” de la casa velatoria del abuelo de uno de los integrantes del grupo. Los muchachos consiguieron la llave de ingreso al depósito donde se apilaban los féretros, pero no la del portón de ingreso a la propiedad. Entonces no tuvieron otra opción que sacar el cajón por arriba de la pared que daba a la calle. “Cuando tuvimos el ataúd en la vereda lo cargamos al hombro y empezamos a cruzar la calle para ir hasta el altillo de la casa de uno de la banda, en donde haríamos la ceremonia”, recuerda Juan.

Ese cuadro: cuatro tipos llevando el sarcófago en andas en medio de la calle, fue lo que se encontraron un par de policías que estaban de rondín. Los muchachos palidecieron, pero el patrullero frenó respetuosamente y esperó a que el singular cortejo terminara de cruzar. Después siguieron su ruta sin preguntar nada.

Juan recuerda: “Alfredo dirigió la ceremonia leyendo un libro que habíamos encontrado y que estaba escrito en latín. Nadie entendía una jota de lo que decía, pero metía miedo. Caco hizo de brujo y se dedicó a hacer los efectos especiales. Se untó las manos con vaselina y las pasaba por encima del fuego que habíamos prendido dentro de una gran vasija de barro y que, decía, era el caldero del diablo. Además le tiraba granadina al fuego y esto provocaba unos chisporroteos que espantaban”.

El incómodo y persistente invitado fue ubicado en la primera fila, arrodillado, y miraba el espectáculo al borde del desmayo. Atrás de él el resto del grupo lanzaba algunos alaridos, repetía ciertos párrafos en latín y se esforzaba por contener la risa.

En el momento culminante Matías, como poseído, arriesgó su físico y saltó desde la ventana del altillo hacia el patio trasero y se escondió entre los arbustos. En ese mismo momento Alfredo terminó la lectura con un grito destemplado: “¡Vade retro, Satanás!”.

Eso fue demasiado para el colado. Decidió que para él ya era suficiente y salió del lugar sin despedirse.

“No lo vimos nunca más. No supimos nunca cómo se llamaba ni de dónde venía. El caso es que jamás nos lo volvimos a encontrar”, confesó Juan.

Esa misma noche el féretro fue regresado al depósito al que pertenecía. El grupo de amigos celebró con carcajadas durante días el éxito rotundo del plan. Aún hoy ríen cuando se encuentran en alguna calle de Junín.

“O tal vez no haya nada para reírse y este desconocido haya sido el mismo diablo que buscaba que un grupo de tarados hiciéramos una ceremonia en su honor”, dice Juan, antes de seguir con su trabajo, pensando que tendría que haberse callado la boca.

Lo que lleva y trae el Zonda



Dicen que el viento zonda afecta el físico y el espíritu de las gentes. Que trastorna sus vidas. Hay un poco de verdad y un poco de fantasía, tanto en el fenómeno climático como en sus consecuencias. Lo único que este escriba ha podido comprobar es que, este viento caluroso y polvoriento, modificó definitivamente la vida de Gervasio Bermúdez, alias El Tuerto. Al menos, así me lo contó él mismo una tarde de octubre y lo certifican las actuaciones policiales.

La historia del Tuerto merecería haber sido escrita por Marcos Zonda, el seudónimo que usó don Armando Tejada Gómez para su novela “Cuatrocientas sudestadas”, que fue finalista del Premio Plaza y Janés, de 1981. Pero don Armando no conoció a Bermúdez y ahora no queda otra que cubrir esa necesidad, con pluma mucho menos idónea.

Vivía en Isla Chica, muy cerca de la cuenca casi siempre seca del Río Mendoza. Nadie recuerda muy bien si era nativo de esa zona y él mismo ha preferido no dar detalles. Lo cierto es que vivía en una casita de adobe, muy modesta, en perfecta soledad. Los pobladores lo recuerdan como un tipo de unos 40 años, mal entrazado, callado y malhumorado y que prefería esquivar al resto de los mortales.

Vivía del trabajo rural temporario y, en época de cosecha y de poda, no hablaba con el resto de la cuadrilla y prefería trabajar lo más lejos posible de ella.

Las pocas veces que se lo veía caminando cerca de las casas era por la noche, cuando iba al almacén a comprar los vicios y algo de kerosén para el farol, ya que su casa no tenía luz, ni agua, ni nada.

“Nunca me gustó mucho la gente. Desde chiquito fui así”, me contó cuando lo conocí.

En Isla Chica lo tenían por loco y, por lo tanto, les inspiraba un poco de miedo la figura de Bermúdez. Lo habían bautizado como “El Tuerto”, porque decían que le faltaba el ojo izquierdo. En realidad (lo pude comprobar después) su ojo derecho era extremadamente celeste, casi blanco, mientras que el otro era profundamente negro. “Así nací, mitad y mitad”, me dijo.

Más allá del temor que les generaba, el Tuerto era tenido en Isla Chica como un personaje del pueblo, solitario, con el que nadie nunca había tenido problemas y al que nadie le prestaba mucha atención. Pero eso cambió una tarde de abril de 1983.

Fue una tarde de viento zonda. Dicen que sopló como pocas veces. Que cayeron 20 árboles añosos en esa zona y que la polvareda no dejaba ver nada. “Desde acá, no se veía ni el puente”, me contó un vecino, parado en la ruta 60 y señalando hacia el río, que estaba a 50 metros.

A la mañana siguiente de ese día, cuando las vecinas regaban los patios y las veredas de tierra y amontonaban las ramas y las hojas, vieron a Gervasio Bermúdez caminando hacia el almacén… acompañado de una mujer.

“Era morocha, de pelo largo, jovencita. Creo que no tenía más de 25 años y era linda muchacha”, recordó la almacenera. “No me acuerdo que compraron. Creo que lo que llevaba siempre el Tuerto: yerba, azúcar, unas tortitas y esas cosas”, dijo, y agregó: “la chica no habló ni una palabra y miraba al suelo, como si tuviera vergüenza”.

Desde ese día, Bermúdez fue el comentario del pueblo. Durante meses, quizás más tiempo todavía, la gente del lugar se dedicó a hacer miles de especulaciones. Pero, lo cierto, es que nadie se animó a preguntarle a él quién era esa muchacha, que llevaba siempre el mismo vestido floreado.

Lo que todos aseguran, es que la muchacha vivía con el Tuerto y que parecía ser su mujer.

Los siguientes cinco años Bermúdez tuvo esposa. La desconocida no andaba por el pueblo sola. Siempre que salía de la casa, lo hacía en compañía del Tuerto y, por lo tanto, nadie se animó a interrogarla sobre su origen, ni siquiera sobre su nombre.

Pero, así como al comienzo había sido la gran novedad y el principal tema de conversación, así también pasó a ser parte del paisaje y la gente dejó de prestarle atención a la vida de la pareja… hasta una tarde de octubre del 92.

Esa fue otra tarde de viento zonda. Todavía se la recuerda por los daños que provocó el temporal que, incluso, voló algunos techos y dejó sin luz a Isla Chica por una semana.

A la mañana siguiente, mientras las vecinas barrían y acomodaban el desastre, el Tuerto Bermúdez apareció por el almacén para hacer sus compras. “Vino solo, por primera vez desde que había aparecido con esa chica”, dijo la almacenera. Todos hacen el mismo relato: desde ese día, nunca más se vio a la muchacha.

Las especulaciones sobre su desaparición volvieron a ser el principal tema de conversación entre los vecinos. Tanta fue la inquietud, que alguien denunció la ausencia de la chica a la policía.

Horas después, un patrullero llegó hasta el rancho de Bermúdez y se lo llevaron detenido. Más tarde, el lugar se llenó de milicos que dieron vuelta la casa y montaron un rastrillaje por la zona. Hasta perros trajeron. Así estuvieron varios días, buscando.

El Tuerto estuvo detenido dos semanas. Después lo soltaron.

Los vecinos cuentan que se lo vio regresar a su casa, juntar dos bagayos y salir sin rumbo. Nunca más volvió. A los dos meses, por temor, alguno le prendió fuego a la casa.

Hace unos meses atrás, me encontré al Tuerto de pura casualidad. Ahora vive en un lugar solitario, más allá de El Divisadero. Su rancho debe parecerse a aquel de Isla Chica. Lo reconocí por su ojo celeste y su otro ojo, negro. Él aceptó ser el Tuerto Bermúdez.

Le pregunté por su mujer. “¿Qué mujer?”, me dijo. Le expliqué. “Yo nunca tuve mujer”, me respondió.

Le pregunté por sus 15 días de estadía en la comisaría. “Fue un invento de los vecinos. No sé por qué dijeron eso. Yo siempre viví solo. Los policías me preguntaron lo mismo que me dice usted y yo les contesté lo mismo que le contesto ahora: siempre viví solo. Acá tengo (y mostró unos papeles mugrientos) las actuaciones de la policía, en donde dicen que no hice nada malo”.

Tal cual dijo el Tuerto, las actuaciones certificaban que no había justificativo de la investigación que se inició esa tarde de octubre del 92.

“Y usted, ¿por qué cree que los vecinos dijeron eso y todavía lo cuentan?”, le pregunté.

“No sé. Debe ser porque la gente ve cosas raras cuando hay zonda. La verdad, es que lo que el zonda trae, el zonda se lo lleva”.

jueves, 27 de agosto de 2015

Los "quilombos de la gran puta" de Dante Pellegrini

(Foto: ARN Diario)


“Hoy póngale mucha pólvora, porque anoche los cañonazos hicieron menos ruido que los pedos de una vieja”, le ordenó el intendente Dante Pellegrini al suboficial del Regimiento de Infantería de Montaña Nº16 que esa mañana del sábado 18 de enero de 1997 debía efectuar los disparos de salva para celebrar el aniversario del departamento de Junín.

Era una mañana fresca, agradable. Junín todavía dormía, después de la fiesta de la Vendimia departamental, que se había realizado la noche anterior en el polideportivo municipal. “Eran unos cuantos cañones que había traído el Ejército. Los pusimos en la esquina de la plaza”, recuerda don Dante, quien el próximo abril cumplirá 80 y que fue durante 16 años consecutivos el jefe comunal del Jardín de la Provincia. “Todavía la gente me pide que vuelva”, dice.

Pellegrini es una especie en extinción. Ya no hay políticos como él, con sus virtudes y sus defectos. Entre 1987 y 2003 fue intendente de Junín, pese a tener apenas séptimo grado. “Después me fui de legislador, pero la pasé a cagar. Ahí son todos profesionales y no se hace nada productivo”, afirma. Siempre ha utilizado los modos de un hombre de trabajo, sin formalismos ni prejuicios. Menciona a los gobernadores con sus apodos o diminutivos, insulta sin empacho y recuerda con detalle la mayor parte de su vida, por ejemplo las descomunales comilonas para 4.000 personas que organizaba en las plazas.

Hay tres anécdotas que lo definen muy bien. En 2000, en plena ola de robos y asaltos en Junín, Pellegrini se subía a su Seat Toledo a las once y media de la noche, acompañado con un policía y armado con una escopeta o con un rifle que le regaló el general Martín Balza. Durante dos horas recorría Junín como si fuera su estancia o el comisario del pueblo, pagando de su bolsillo el gasto de combustible y enfrentándose sin medias tintas con Alejandro Salomón, quien era en ese momento el ministro de Seguridad de la provincia.

Otra vez, después de un violento Zonda que causó enormes daños, salió él mismo con una motosierra a cortar ramas y árboles caídos. Cierto día se presentó en el edificio central de Obras Sanitarias, en la ciudad de Mendoza. Estaba enojado. Hacía meses que trata en vano de que le aprobaran tres proyectos, con sus respectivos financiamientos, para hacer las redes cloacales de los distritos de Medrano, Ingeniero Giagnoni y Barriales. “Llegué cuando estaban todos reunidos alrededor de una mesa enorme. Entonces saqué un 32 largo y apunté al medio de la mesa. Se pegaron un cagazo tan grande que me aprobaron los tres proyectos en menos de 5 minutos. Ahora esas obras, gracias a eso, las está haciendo el Mario (Abed, actual intendente)”.

Don Dante recuerda esto en el living de su casa del barrio Jardín, en San Martín. Allí, en uno de los dormitorios, Néstor Kirchner durmió la siesta en un viaje que hizo a Mendoza en sus épocas de gobernador de Santa Cruz.

Pellegrini es peronista. De esos que logran conjugar la confusa combinación entre peronismo de izquierda y de derecha, tal como lo hacía “el General”.

Para entender esto, más allá de tener en cuenta la edad de Dante Pellegrini y los tiempos que le tocó vivir cuando joven, hay que remitirse a una de sus intensas experiencias personales. En 1953 este hombre fornido y de ojos claros era un conscripto, un muchacho de 20 años que cumplía con el servicio militar obligatorio en el Ejército, en el Grupo de Artillería.

En agosto de ese año una comisión militar de 52 hombres partió hacia la cordillera para realizar maniobras de reconocimiento de hitos limítrofes y ascensiones en la zona de San Carlos.

Los baqueanos de la zona habían anunciado tormenta y desaconsejaron realizar la expedición. Sin embargo el oficial al mando desconoció las sugerencias y partió rumbo a la Laguna del Diamante. Al día siguiente el anunciado temporal de nieve sorprendió a la comisión, dividida en tres patrullas. En un intento de replegarse murieron por congelamiento 21 militares y 2 gendarmes. El oficial a cargo, teniente Heldo Borzaga, quedó bajo los cuerpos y sobrevivió, aunque sufrió la amputación de sus piernas.

“Yo y otro compañero teníamos que llevar víveres cuando comenzó el temporal. Decidimos refugiarnos en Campo Los Andes y esperar. Al día siguiente escuchamos un silbato. Era el cabo Lima que venía a pedir auxilio. Después, con el baqueano Sotelo, comenzamos a buscar al resto. Encontramos 23 cadáveres”, recuerda Dante Pellegrini.

Este traumático episodio hizo que el cacique cultivara una fluida relación con los militares. Ya como intendente era común que Pellegrini recibiera en el departamento a distintas comisiones y las atendiera a cuerpo de rey en una de sus bodegas.

Por eso es que enero del '97 no sorprendió a nadie los cañones en la plaza departamental. La noche anterior, en plena coronación de la reina, los cañones se habían ubicado en el taller municipal y habían descargado una andanada de salva para celebrar. La mañana del 18 debían hacer lo mismo en la plaza para festejar el aniversario del departamento pero con más pólvora, para que el estruendo superara “los pedos de una vieja”.

“Fueron tres o cuatro detonaciones. Y reventaron todos los vidrios de las casas vecinas, de la iglesia, del correo y hasta de la Municipalidad. Yo me di cuenta enseguida de que nos habíamos mandado un cagadón. Hasta se cayeron varios cielorrasos de yeso”, recuerda Pellegrini. “Con los milicos hice parar a las viejas y al negro del correo que me venían a putear”, afirma.

La Municipalidad tuvo que hacerse cargo de las reparaciones y de la reposición de los cristales y también le valió al intendente una nueva pelea con el párroco Juan Manuel Arana, hoy en el Vaticano.

Pellegrini se sonríe. Es una sola de sus tantas anécdotas en las que armó “un quilombo de la gran puta”.

Guido

(Foto: Infobae)

La soledad es buena compañía. Es una mujer dulce, a veces madre y otras amante, que sabe escuchar con atención y sólo está allí para acompañar en silencio al solitario y ayudarlo a que encuentre sus respuestas. El niño solo inventa sus propios juegos. Después descubrirá los libros y el mundo será más grande. Luego surgirá la música. Todo eso será ahora su compañía,… y la soledad. “Todavía necesito esos momentos. Algunos instantes de calma, en mi casa”, dice ese mismo niño que ahora es hombre y que, a pesar de lo que acepta sin titubeos, todavía se siente un poco aturdido “con todo este despelote” que hacen los periodistas alrededor de él desde que se enteraron el 5 de agosto pasado que Ignacio, ese niño solo, era el niño ausente.

Es Ignacio porque lo ha elegido ahora, no antes. Porque dice que es el nombre con el que se identifica, con el que lo han nombrado siempre sus padres adoptivos a quienes dice querer “y a quienes les estaré agradecido siempre, porque me han criado con cariño y alegría”. Pero Ignacio también es Guido, el hijo de Walmir Oscar Puño Montoya y Laura Carlotto, el nieto de Estela. El buscado. El 114. El que llegó esta semana a Mendoza para hacer anoche una presentación musical en el cine Plaza de Godoy Cruz.

“No son dos historias distintas. Es la mía, la que transito y a la que ahora se le han agregado actores. Tuve la suerte de encontrarme con dos familias con las que tengo muchas cosas en común y eso me relaja”, dice.

Ignacio Guido Montoya Carlotto ha hablado mil veces y contestado miles de preguntas en ese “despelote” periodístico, pero hay algunas cosas que no ha contado porque “nunca me hicieron estas preguntas”. Son las más simples, las que definen a cualquiera, las que cualquiera hace cuando quiere conocer a alguien. Entonces, mientras Estela buscaba, ¿cómo era la niñez del nieto buscado?

La soledad es verde. En la pampa bonaerense todo es distancia, tanta como entre el pasado y el presente. “No había con quién jugar. Mis padres adoptivos trabajaban los dos y yo construía mis propios juegos, me imaginaba el mundo, y ese mundo se abrió cuando comencé a leer. También dibujaba mucho”, cuenta Ignacio de aquel pequeño. Los únicos juegos compartidos eran en la escuela rural que quedaba a unos 15 kilómetros de su casa y que era un trayecto que hacía todos los días, idea y vuelta.

La primera etapa de la secundaria no fue muy distinta, salvo por la distancia que se hizo mayor. “Iba al Industrial, en Olavarría, y me tenía que levantar a las 5 de la mañana”. Doble turno, teoría en uno y práctica en otro. “Volvía a casa recién a las ocho o nueve de la noche”.

De tercero a sexto año la cosa se complicaba más todavía, “sólo había turno noche”, y había que elegir una orientación. “Yo me decidí por maestro mayor de obras. Para poder cursar me fui a vivir a una casa vieja que habían comprado mis padres en la ciudad”. Es la misma casa dónde viven ahora. Ignacio apenas tenía 15 años pero se quedaba solo en esa casa de lunes a viernes y los fines de semana regresaba al campo.

La soledad era la misma, apenas había cambiado el paisaje. “Tenía algunos amigos y, cada tanto, salía a bailar, pero prefería estar solo”. Ya simpatizaba con River Plate. “Me hice de River por insistencia de Antonio, un amigo de la primaria. Era la época del River del ‘86 y yo no me resistí mucho. Ahora, después de saber que mi padre biológico era hincha de River, me da la sensación de que todo cierra. Hoy ganamos 2 a 0”, que todo tiene sentido.

Ignacio parece reflexivo y se puede presumir que siempre lo fue. Que esa soledad adolescente también fue parte de su personalidad. Se sintió cómodo en ella y no hubo descontrol.

-¿Fumás?

-No, nunca fumé.

-¿Bebés?

Sí. Con el tiempo he mejorado mi paladar. Ahora disfruto del buen vino.

-¿Blanco y tinto?

-En ese orden.

La música ya había picado a Ignacio en esos años. “Tuve claro que esa sería mi vida y me fui a Buenos Aires”, y encaró hacia ese objetivo sin dudas ni dispersiones.

Hubo alguna novia, alguna búsqueda del amor, que tuvo resultado hace seis años cuando formó pareja con Celeste Madueña. “Es ella. Es la mujer de mi vida”, dice. Ahora “estamos buscando” al primer hijo. Al bisnieto de Estela.

Celeste lo conoce bien. Sabe que su hombre necesita todavía esos espacios de soledad que tanto conoce. “Es algo natural. Busco tener esos momentos”.

La soledad es buena compañía. La búsqueda es un buen motor. Son dos cosas distintas, pero son lo mismo.

Vientos del Sur para sentirse como en casa

Ignacio y Estela han hablado mucho de su reencuentro, de su espera y de su búsqueda, de su pasado común, de Laura. Es lógico, porque Estela Carlotto fue y es el símbolo de la búsqueda incansable de un país.

Pero también hay en esta historia un costado de viento frío, un paisaje de inmensidad. “Esa inmensidad que también tiene en lugar dónde me crié, aunque sin mar”, dice Ignacio. Es el paisaje patagónico de Walmir Oscar Puño Montoya, el padre biológico de Ignacio Guido.

Ignacio viajó al frío patagónico para festejar con su abuela Hortensia Ardura (Tenchi, para la familia) su cumpleaños 92. “Fue muy impactante”, dice. Hay allí muchas cosas en las que se reconoce, empezando por el impresionante parecido físico con su padre y la sensación de un recuerdo ancestral, que nunca tuvo antes. “Me sentí en mi hogar”, cuenta.

“Cristina (la presidenta Cristina Fernández de Kirchner) ya me había anticipado eso. Que me iba a encontrar con una historia familiar muy fuerte, porque los Ardura son muy conocidos allí y son una de las familias fundadoras de Caleta Olivia”, dice Ignacio.

Walmir Oscar Puño Montoya nació el 14 de febrero de 1952 en Comodoro Rivadavia. El apodo se lo puso su madre Hortencia, cuando era niño.

Comenzó a militar después de que salió del servicio militar, en 1968. Se fue a vivir a La Plata, ya que lo tenían “fichado” en Cañadón Seco, donde vivía y trabajaba en una mina.

Mientras militaba en Montoneros, conoció a Laura. Hortensia recordó que casi no tenían contacto, apenas alguna breve comunicación telefónica. “Estábamos bajo mucho peligro, porque nos perseguían”, recordó.

Se cree que fue secuestrado junto con Laura en 1977 en una confitería de la Capital, que también estuvo en el centro clandestino de detención La Cacha y que fusilado rápidamente.

En mayo de 2009, en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas llevada adelante por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) fueron reconocidos sus restos.

Había sido enterrado como NN en el cementerio de Berazategui el 27 de diciembre de 1977.

Los restos de Puño fueron cremados y sus cenizas esparcidas en su tierra patagónica. Apenas un pequeño resto óseo quedó guardado, para confrontar su ADN con algún posible descendiente. Y fue ese estudio el que permitió identificar a Ignacio Guido Montoya Carlotto.

El tango

Infancia. Guido pasó hace un tiempo por Mendoza, para tocar. Todo volvió al comienzo. Volvió a una radio a transistores y a la sintonía de una AM, la única que se escuchaba en medio de ese interminable verde de la pampa húmeda. “En ese tiempo se pasaba mucho tango”, recuerda ese niño, ahora hombre. Entonces elegir el tango ahora como música preferida es algo natural, casi inevitable. En definitiva Ignacio Guido Montoya Carlotto hace eso, recordar.

Este hombre de pelo ensortijado y canoso es el nieto 114, el de Estela, el de Hortensia, el que acepta “todo este despelote” que se armó después de que recuperara, descubriera, su verdadera identidad.

Lo que el hijo sanguíneo de Laura Carlotto y Walmir Montoya tocó en Godoy Cruz es “un repertorio que hemos armado hace ya bastante tiempo y construido con cuidado y muy lentamente, relajados”, con el guitarrista Daniel Rodríguez.

Ignacio (ese es el nombre al que está acostumbrado, que quiere conservar y que agradece cuando se lo llama por él) siente en la amplitud del teclado de su piano todo el horizonte de la música. Se han elegido mutuamente. “El primer instrumento que conocí fue una pianola y sentí fascinación por ella”, dice. Y también “la primera vez que fui a escuchar música en vivo había dos teclados, que me impactaron”.

Después, como guiado por ese destino que parece ser tan claro y tan intenso, el primer profesor con el que se tomó fue un pianista y todo tuvo sentido: el tango, el piano (“es un instrumento autosuficiente”), aquella radio, “la sonoridad de Salgán, Piazzolla, Troilo, Pugliese, D´arienzo”, la voz de Goyeneche y también la de Rivero. Pero “especialmente Horacio Salgán”.

En Ignacio también está el docente y el compositor, el jazz y alguna creación más contemporánea, pero el tango es su raíz. Además del piano, también toca guitarra, “pero un poquito, apenas”, solo para ayudarse a componer. Y se le anima al acordeón, “pero lo toco como un pianista que toca el acordeón”.

Aquel día cuando Ignacio Hurban fue también Guido Montoya Carlotto no modificó sus gustos ni su música. Los reafirmó. Les dio más sentido. Un origen.

Y así pasó por Mendoza, por primera vez. Siendo un solo hombre, con una sola historia con muchos más protagonistas que aquella que tenía cuando era niño y escuchaba tango en una radio a transistores.

Enrique Pfaab

Requiem de 8 huevos para Don Coco



Uno anda por la vida buscando retazos de su infancia. Las 700 mil personas que transitan las calles de la capital mendocina de lunes a viernes hacen eso, por más que no lo sepan y que justifiquen su impulso con la ambición, la supervivencia o la rutina. Buscan una melodía, una imagen, un aroma, un sabor, algo que al menos por un instante, les permita revivir aquel tiempo de despreocupada felicidad. Los freudianos dan fe de esto. La mayoría de las veces esta búsqueda es infructuosa. Otras, muy pocas, alguien se topa con ese disparador de emociones y se le desbocan los recuerdos.

Es por esto que, desde hace 40 años, tanta gente se sienta a la mesa de doña Lola. Ni más ni menos. Ahí se juntan, sin distinción de rangos sociales ni ocupaciones, funcionarios del gobierno y taxistas; abogados a y albañiles; médicos y artistas; sacerdotes y usureros. Porque el sabor de los ravioles de mamá, de su puchero o el de sus milanesas es algo que no se olvida nunca y si hay alguno que se le parezca, mejor no perderlo.

Preguntar por la esquina de Moreno y Bogado obtendrá un gesto de ignorancia o una explicación errada. Salvo los que allí viven, nadie parece saber que donde está exactamente e, incluso, que realmente exista. En cambio no hay quien titubeé cuando uno pregunta cómo llegar al restaurante de Don Coco. Curiosamente la mentada esquina y la mítica fonda están en la misma encrucijada de la Cuarta Sección.

Es una casa antigua, sin carteles que alerten sobre su presencia. La puerta está en la ochava y por las dos pequeñas ventanas se alcanzan a ver desde afuera las sencillas mesas con mantel que confirman que se ha llegado.

Pese a que el ambiente es extremadamente sencillo, adentro todo está recién lavado o pintado, como lo ordena la buena costumbre de un hogar mendocino.

Doña Lola va y viene desde la cocina al mostrador, pidiendo y llevando platos que varían según los días: el lunes puchero; el martes canelones; el miércoles arroz con pollo; y así. En ese trajín están incluidos sus hijos Luis y Mirta y también su nuera Margarita y su yerno Miguel. Los sábados y domingos también se suman sus seis nietos.

Allí todo es familiar y, como la familia no es tan grande para satisfacer el requerimiento de la clientela que colma el salón e invade la vereda, los clientes habituales terminan ayudando a acomodar mesas y llevar platos.

Siempre fue así, desde 1971. En ese año don Coco, José María Tissera Valdez para los registros, dejó el volante de un camión en General Alvear y decidió venirse a la ciudad de Mendoza para instalar un barcito en esa esquina, a dos cuadras de lo que era la planta embotelladora de Villavicencio. Por requerimiento de la misma clientela el simple despacho de bebidas le dio paso al “plato del día”, preparado por doña Lola.

Durante las siguientes cuatro décadas esa fue simple la fórmula para capturar a los hambrientos mendocinos y hasta visitantes que solo querían comer bien, pagar poco y, por sobre todo, reconocer el sabor de la comida cacera, como aquella que preparaba mamá.

Mientras Lola hacía maravillas en la cocina, incluida una tortilla de ocho huevos, Coco le sacaba provecho a su simpatía, algo que le llevó a tener una vida un tanto accidentada en lo familiar. Sin embargo esto no atentó contra el negocio, que siempre fue prioridad para él y los suyos.

Por las noches los artísticas hacían de la fonda su lugar de reunión obligada. Sus bolsillos flacos encontraban allí un plato accesible y se les permitía realizar eternas sobremesas. Fueron muy comunes allí las guitarreadas en la vereda, que se extendían hasta entrada la madrugada. “Eso se mantuvo hasta hace unos 4 años, cuando se construyeron algunos edificios aquí cerca y los vecinos comenzaron a quejarse”, recordó Miguel, el yerno de Coco y Lola. Pese a todo los músicos y actores todavía se siguen juntando allí.

La fama de la fonda se ha extendido a todo el país y hace poco un mecánico de la Cuarta recuerda haber comido, mesa de por medio, con Abel Pinto y también con Diego Alonso, el conductor de Cárceles.



La vida no se detiene. Todos lo saben. Solo para confirmarlo, hace un par de años murió don Coco. Pero nada ha cambiado en la fonda. Doña Lola sigue cocinando y permite que sus comensales puedan continuar recuperando retazos de su infancia.

El bar del Tufic

(Imagen ilustrativa)

Entró oliendo a tierra, a carbón, a sudor de dos semanas, con la ropa andrajosa y un bagayo al hombro. Se sentó a la mesa redonda de madera, donde tres hombres ya tomaban un vermú y esperaban a un cuarto para el partido de cartas. El dueño del bar se le acercó, secándose las manos en el delantal manchado. “¿Tendrá algo barato para comer?”, dijo. El Tufic le hizo una media sonrisa, asintió con la cabeza, y salió a buscarle los dos chorizos que habían quedado en la plancha y que eran el rezago del habitual “desayuno” que pedían los ferroviarios a las 10 de la mañana.

Era el año 1965 y el comensal era uno de los últimos crotos que, como tantos, llegaban a Palmira desde algún lugar incierto y recalaban en ese mítico bar ubicado a la vera de la estación y que parecía sacado de Las mil y una noches.

Se llamaba Jorge, o Armando, o Elías. No importa. A él tampoco le interesaba mucho. Lo bueno era que allí había 15 tipos que lo miraban extrañados pero amigablemente, que la cafetera a vapor resoplaba suavemente y que el pintoresco reloj de pared traído del Líbano decía que por delante no quedaba mucho y que para atrás ya no había nada que pudiera recuperarse.

Ricardo Tufic Kairuz le trajo los chorizos, un poco de pan, un poco de vino tinto y espeso. Después miró al resto de los parroquianos para confirmar que tuvieran sus vasos llenos y se sentó con él.

Los crotos siempre tenían una buena historia para contar. Pero debían entrar en confianza y, para ayudarlos, nada mejor que contarles la propia.

Tufic le contó cómo su padre Julián había llegado desde Medio Oriente a la Argentina, cómo había recalado en Palmira, casi junto con el tren, en 1884. Cómo primero había puesto el almacén de ramos generales sobre la avenida Alem y después, en 1920, construido ese enorme caserón donde estaban, mitad adobe y mitad ladrillos, con techos altísimos, con enormes puertas con arcos de medio punto y un frente trabajado con molduras al estilo de su tierra.

El libanés tuvo cinco hijos: Juan, Mercedes (a quien todos conocían como Faride), él y Roberto. Como Tufic no había querido estudiar lo mandaba a vender con un sulky lleno de géneros, hilos y chucherías y le decía: “¡Hasta que no venda la última aguja, no vuelve!”.

Tufic contó que la tienda devino en bar por conveniencia, ya que darle de comer a los del ferrocarril era un negocio servido.

Cuando el viejo Julián murió en 1945 él siguió con el bar. Primero le había querido dar un estilo elegante. Había comprado manteles y había llenado las paredes de espejos. Justamente lo había bautizado como “El bar de los Espejos”. Pero la coquetería no había funcionado muy bien. Cierta noche un borracho le había hecho trizas la mayoría de ellos y decidió cambiar por un estilo más rústico. Así, accidentalmente, el bar había comenzado a funcionar maravillosamente.

Estaba abierto desde las 6 de la mañana hasta la madrugada. Los clientes eran desde ferroviarios hasta abogados, de chicos que se hacían la sincola hasta ancianos, de crotos hasta empresarios, de obreros rurales hasta el cura, de linyeras hasta políticos.

Allí se bebía, se timbeaba y se comía muy bien. Venían desde gente de la ciudad de Mendoza hasta vecinos de La Paz.

Ahora, en ese presente de los 60, la cosa seguía igual. Los más cotizados abogados y los peones más sufridos se sentaban a la misma mesa para jugarse las ganancias de la semana y emborracharse prolijamente. Tanto es así que algunos rebautizaron el bar como “Cabo Cañaveral”, porque allí todos venían a lanzar.

Los mejores momentos eran los principios de mes. El día que llegaba el tren “pagador” la zona era una romería. Los ferroviarios seguro que pasaban por el bar después de cobrar, salvo que sus esposas, como hacían frecuentemente, los interceptaran antes para sacarles el sobre y salvar lo más posible del salario.

Por allí aparecía cada tanto Nicolino Locche, que en realidad era habitué de otro bar palmirense: La Copa de Leche.

Por allí pasó Sandro a desayunar y también quedaron varados los Enanitos Verdes, cuando el Ford Falcon que usaban en sus primeras épocas de ignotos los dejó sin transporte en la ciudad jarillera, después de un modesto recital.

El Tufic se levantó de la mesa. Sabía que el croto le contaría su historia al tercer vaso. Le diría que fue estudiante de Derecho, que sufrió un desbastador desengaño cuando le faltaban solo dos materias. Que decidió vagar y perderse. Sabía que en los días siguientes se trenzaría en soberbias discusiones de historia con su hermana Faride, maestra y después vicedirectora de la escuela Güemes. Que estaría dos meses y luego partiría otra vez sin rumbo, como tantos otros que habían pasado antes.

Ricardo Tufic Kairuz murió en 1993. Por un tiempo más el bar fue manejado por su hermano Roberto, pero ya no fue lo mismo y terminó desapareciendo. Ahora hay una escuela de teatro, los “Mirá pal Este”. No debe ser coincidencia. Vivir para él fue casi un arte. Con decir que hasta una murga, “Los Mestizos del Tufic”, buscaron contagiarse un poco de su espíritu.

En algún lugar debe estar todavía la cafetera a vapor, el reloj de pared, la imponente mesa de billar y el delantal manchado. Y la otra mitad de su sonrisa.


Una jodita al padrecito


Ilustración: Marcelo Marchese

El Club Alberdi fue durante muchos años el corazón de Junín. Allí, de lunes a jueves y con la más absoluta rigurosidad, las diez mesas del salón principal se colmaban de parroquianos todas las noches. Desde el obrero rural al abogado, del almacenero hasta el cura, todos se daban cita para jugar al truco, al chancho o al tute codillo, al billar y, en todo caso, a leer el diario del día o alguna revista. Tan metódica era la cita que si a alguien no se lo veía esa noche se lo daba por enfermo, accidentado o inmerso en alguna calamidad aún más grave.

En ese enorme salón no se apostaba. El perdedor pagaba en todo caso alguna bebida, los caramelos y algunas galletas. Casi no se bebía alcohol y tampoco se generaban discusiones que afectaran la armonía del lugar.

Pero el Alberdi tenía un cuartito apartado, al fondo y a la derecha, en donde se permitían algunas cosas que en el salón principal no se aceptaban. En ese sitio se jugaba por plata y la velada era mucho más extensa.

Lo más interesante ocurría entre la tarde del viernes y la del domingo. En esos días se sabían reunir algunos grupos que protagonizaban partidas eternas. Había algunos que muy frecuentemente no regresaban a sus casas durante todo el fin de semana, enganchados en un sinfín de partidas y revanchas. Incluso, supo haber un mal perdedor que proponía siempre extender la maratón hasta las 7 de la mañana del lunes, con tal de tener más chances para recuperar su plata y honor.

Uno de los que acostumbraba visitar las mesas de juego más moderadas del Alberdi era el cura párroco de Junín, el padre Constantino Spagnolo, cuyo nombre hoy identifica a una de las mejores escuelas secundarias de la Zona Este.

Este sacerdote italiano llegó al pueblo a principios de los ’50 y no se fue más. Allí murió hace unos años y lo recuerdan como parte indispensable de la historia del lugar.

Quien rescató del olvido la historia que aquí se contará dice que era en esencia “un buen tipo”, de carácter amable, aunque “sabía encocorarse y se agarraba sus buenos berrinches”.

Las tertulias del Alberdi eran uno de los pocos gustos que se daba el padre Constantino.

Una de esas noches, allá por 1965, lo encontró al sacerdote jugando entusiasmado al tute codillo. Junto con él estaban los parroquianos que acostumbraban disfrutar de sus enojos cuando perdía y de sus sonrisas satisfechas cuando le venía una buena mano.

En el cuartito de los jugadores estaba reunido el grupo de los timberos, donde se jugaba al póquer. El que venía ganando era el Cachimba, un camionero que hacía tiempo antes de salir de viaje hacia Córdoba para buscar un viaje de vaya a saber qué cosa.

Afuera, alrededor de la plaza, estaban estacionados los autos de los pocos que los tenían. Entre ellos, el camión con acoplado del Cachimba y el flamante Fiat 600 rojo del cura Constantino, idéntico al que le habían regalado los padres al Negro García como premio por su reciente título de abogado.

En un momento de la noche y quizás para cambiar su suerte en la baraja, el padre Constantino se levantó de la mesa y se fue para el fondo del club, como yendo para el baño. Sus compañeros de juego inmediatamente planearon la broma: cargar el Fiat 600 del cura en el camión del Cachimba. El Buche, el Tito, el Alberto, el Buby, el Aldo y también quien recordó esta historia, que aquí sólo mencionaremos como el Memorioso, salieron a la calle. Con la ayuda de dos tablones que apoyaron en el borde trasero del acoplado, empujaron el 600 y lograron subirlo. Cerraron las compuertas del trasporte y volvieron a entrar al club, no sin antes esconder las maderas utilizadas para el delito. El grupo volvió a la mesa justo antes de que el cura se acercara para retomar la partida.

Así estuvieron media hora más hasta que Constantino llegó a la conclusión de que el Señor esta vez no le haría ningún favor con los naipes y decidió irse a dormir.

El cura sólo tenía que cruzar la calle para llegar a la iglesia. Había dejado el 600 casi en la puerta. Como era su costumbre, recién lo guardaba en la cochera antes de ir a acostarse.

Apenas caminó unos metros vio que su auto no estaba donde lo había dejado.

Desde una de las ventanas del club los cómplices comenzaban a reírse, vieron como el sacerdote comenzaba a mirar para todos lados buscando el 600. Incluso llegó a caminar hasta el auto del Negro García, sólo para comprobar que ese auto se parecía mucho al suyo, pero no era.

Agitando los brazos y agarrándose la cabeza dio vuelta la plaza, caminó por las calles laterales y volvió diez veces al lugar vacío en donde había dejado el auto. Finalmente, encaró para la comisaría.

Mientras el cura le contaba sus penas al comisario Reta, en el club los bromistas se reían y el camionero comenzaba a despedirse. Apenas Cachimba llegó a su camión se dio cuenta de que algo no estaba bien. La compuerta del acoplado no estaba cerrada como él acostumbraba. La abrió y vio el Fiat del cura, mientras escuchaba las carcajadas que venían del Alberdi. “¡Ché, vengan a bajarlo que el curita se va a enojar conmigo!”, pidió.

Rápidos, tanto como cuando lo habían subido, la banda regresó el 600 al mismo lugar de donde había desaparecido.

Cuando el cura, acompañado por el comisario y un puñado de policías venían a paso veloz hacia la puerta de la iglesia, el camión ya encaraba por la ruta 60 y los bromistas espiaban nuevamente desde la ventana del club.

Cuando vieron que Constantino tocaba su auto y con ampulosos ademanes ensayaba alguna explicación, el grupo se acercó con fingida preocupación. “No sé. No sé. Estaba, después no estaba y ahora está de nuevo”, decía el sacerdote. “Mejor lo guardo y me voy a descansar”, rezongó, un tanto preocupado.

Ya a solas con el grupo, el comisario Reta los miró y les preguntó: “Muchachos, ¿Qué estuvo tomando el padrecito en el club?”.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Las historias del afilador



Ilustración: Diego Juri

Es inevitable que el otoño produzca esa sensación de ocaso, de anuncio del final, de penúltimo acorde. No hay forma de evitar su melancolía. Usarlo de metáfora para referirse a la vejez es un camino demasiado transitado.

Es indudable que el mendocino, o más correctamente la mujer mendocina, se empeña en tener limpia su vereda y en otoño redobla su esfuerzo para liberarla de hojas rojas, amarillas, secas, arrugadas.

En esta fiebre de quitar las hojas muertas hay algo más que el afán de la limpieza: hay una urgencia por olvidar, negar que todo se termina, que el final es inevitable. Que aunque la vereda está más linda que nunca, más suave y más tierna, es mejor despejarla urgentemente antes de que esas hojas se parezcan al abandono y anuncien que ya es tiempo de concluir.

En este trámite de limpieza y resignación anda la gente por estos días. A varios de estos melancólicos frentistas se les debe haber presentado una de estas mañana don Carlos Gutiérrez.

“Buenas”, dijo Gutiérrez el otro día, mientras frenaba su bicicleta. Después le puso el soporte que la mantiene parada y con su rueda trasera en el aire. Gutiérrez es un afilador, de esos que ya casi no existen o, al menos, que casi no se ven.

Paró nada más que para hablar. Ni siquiera ofreció su servicio al tipo que barría las hojas de su vereda esa mañana de sábado. “Así están las cosas….”, dijo Gutiérrez, como para justificar una charla. Aseguró tener 54 años, una esposa y 5 hijos.

Además afirmó que fue único hijo varón y que tuvo siete hermanas. “Nací en San Martín, pero anduve por casi todo el país” y enumeró: “Santa Fe; Buenos Aires; Entre Ríos; San Luis; San Juan;…”.

Dijo que “antes la cosa se movía más, había mucho más trabajo; todos tenían algo para afilar. En cambio ahora el trabajo es mucho menos, pero también somos muchos menos los afiladores. Entonces la cosa se equilibra sola”.

El vecino ya está apoyado en la escoba y escucha. El afilador está parado frente a él solo porque tiene algo para contar. Eligió estar ahí y en ninguna otra parte, vaya a saber porqué.

Dice que “sigue habiendo trabajo, pese a esos podridos Tramontina” y a toda esta “cultura de: se usa y se tira”. Asegura que como hace cien, doscientos años, “el mejor acero sigue siendo el alemán”.

En eso sale Nancy, la vecina de la casa de al lado. Lo vio ahí, pese a que Gutiérrez no hizo sonar su flauta de pan. “¿Puede sacarle filo a este?”, le pregunta, mientras le muestra un soberbio cuchillo de 35 centímetros de hoja. “Claro que si, doña”, dice el afilador y empieza a pedalear suave, lentamente, y apoya el acero casi con ternura sobre la piedra que apenas acaricia la faca.

Las chispas le avivan la memoria a Gutiérrez. Cada vuelta de pedal le trae un nuevo recuerdo. Entre ellos surge Bernardino Arancibia, un afilador como él que supo vivir en Lavalle hace años y que en los ´60 partió con su bicicleta buscando mejores horizontes, pese a que su futuro ya era estrecho.

Resulta que llegó un buen día a algún pueblito de Santiago del Estero, casi perdido entre salitrales. Arancibia venía sopando acordes en busca de clientes. Era una siesta de marzo.

De una casa de frente amarillo, de ventanas verdes y cortinas con flores, salió un hombre como de unos 40 años. “¡Oiga, afilador!”, le gritó a Arancibia que ya estaba por pasar de largo. El afilador frenó y regreso. “Sáquele filo a este facón, compadre”, le dijo mientras le pasaba un cuchillo de acero Arbolito, con empuñadura envuelta en cuero.

El lavallino se dedicó al trabajo mientras el hombre lo miraba atento. Quiso buscarle conversación, pero apenas le sacó respuestas monosílabas. Un “si”, un “no”. A lo sumo un “tal vez”.

Entonces Bernardino Arancibia eligió contar su historia, su camino, sus meses sin rumbo fijo, su pasado de desengaño. El cliente asintió, dijo “acá es lo mismo, por más que uno no se esté yendo a ninguna parte”.

Por un instante al afilador le pareció que su vida era más amable que la del desconocido. Que pese a la incertidumbre del día siguiente, él conservaba alguna ilusión, mientras que su interlocutor las había perdido todas o ya las había olvidado.

El encuentro no duró más de 15 minutos y ese cruce de frases no fue un diálogo. Se pareció más a un intercambio de pesares que ya no necesitaban consuelo.

Entonces Arancibia terminó su trabajo y devolvió el cuchillo. “Son 15 pesos”, dijo. El hombre agarró el facón, pagó sin protesto y encaró para la casa, sin siquiera despedirse.

A Bernandino eso no le gustó. Algo estaba mal. Quizá por eso hizo más lento que de costumbre el embolsillar el pago, sacar el trípode de la bicicleta y montarla después.

Iba ya como a 200 metros cuando un grito lo hizo mirar para atrás. Una mujer salía de la casa corriendo. Atrás de ella salieron su cliente y otro hombre, trenzados en una pelea.

La mujer cayó en el medio de la calle. El desconocido también se derrumbó junto a ella. El cliente de Arancibia quedó parado al lado de los dos, todavía con el cuchillo recién afilado en la mano, chorreando sangre.

Bernardino Arancibia tuvo que declarar esa tarde en la comisaría como único testigo. Allí se enteró que su cliente era un tal Inostroza y que esa siesta de marzo había matado a su esposa y a su mejor amigo, después de haber confirmado que ambos lo traicionaban desde hacía varios meses.

En el otoño mendocino, mientras caen las hojas amarillas del paraíso, Carlos Gutiérrez termina de afilar el cuchillo de Nancy. La señora paga, se despide y entre a su casa. El ambulante termina de contarle la anécdota al hombre que barre la vereda. Después confiesa: “Me han pasado cosas raras a mí también”, pero se las guarda. Se sube a su bicicleta y se va, haciendo sonar su melodía. A la vuelta de la esquina saldrá a su encuentro otra vecina u otro hombre angustiado.

El otoño es un epílogo. Los afiladores también lo son.

martes, 25 de agosto de 2015

Mi charla con don Sigmund Freud



Me quedé dormido apenas apoyé la cabeza en la almohada. Le televisión quedó prendida. Una película de la Gran Guerra fue el arrullo. Quizás por eso, en ese extraño estado entre la inconsciencia y la realidad, es que comencé a soñar.

Al lado de mi cama, sentado en una silla y con las piernas cruzadas, un señor de barba, toscano en la boca y lentes redonditos, me miraba de reojo mientras apuntaba alguna cosa en su cuaderno.

Estaba impecablemente vestido. Corbata, traje. Del bolsillo del chaleco le asomaba la cadena del reloj. Entrecerraba los ojos, por el humo del habano.

-La vejez, con sus arrugas, llega para todos-, me dijo, en un tono tranquilo, pausado. -Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?-

-¿Me habla a mi?-, le pregunté.

-Claro, ¿a quién, sino? Salvo que usted crea que hay alguien más aquí…-, me dijo, y dejó la pregunta flotando en el aire.

-No. Estoy yo, nomás. Usted se parece a Freud, disculpe que le diga-

-Todos me dicen lo mismo, desde siempre. Tanto me parezco, que decidí serlo, redondamente- contestó.

Yo tendría que haberme sorprendido un poco, si soñar tuviera alguna lógica, pero no la tiene según creo. Entonces, seguí preguntándole: -¿Qué edad tiene, don Sigmund?-

-Setenta años, que me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad-

-¿Por qué habla raro?-

-Soy austríaco y soy judío, en principio. Después, me operaron de un tumor maligno en el maxilar superior y tengo una prótesis. Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos. Pero, en realidad, no hablo raro. Solo ocurre que usted está bastante dormido-

-Esta casa no se parece a la mía-

-No se parece, porque no lo es. Es la mía, la de los Alpes austríacos, y usted se tendrá que ir apenas terminemos de hablar-

-¿Y cómo llegué aca-

-No se. ¿Usted cómo cree que llegó?

Yo me apliolé de que ya estábamos jugando al psicoanálisis. Pero yo quería jugar al periodismo y le pregunté: - Cuando usted cumplió 70 años lo homenajearon en todos lados, menos en su propia universidad…-

-Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia-

-Pero a usted lo van a recordar, le voy avisando…-

-No me importa. Eso no significa absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna-

-Se lo escucha medio pesimista, disculpe que le diga-

-No, no soy pesimista. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida-

-¿Usted cree en que su espíritu perdurará, después de su muerte?-

-No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué debería el hombre constituir una excepción?-

-¿No le gustaría ser inmortal?-

-Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria?. No habría vínculo entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo-

-Pero, reconózcame que la muerte es una macana-

-Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: “Más allá del principio del placer”. En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción-

-¡Joder! ¡Eso suena a un suicidio universal!-

-La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la vía directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado-

Freud se sonrió, cuando dijo eso, como si se hubiera distendido y apareciera su humor irónico.

-Y, dígame, ¿qué anda haciendo por estos días?-

-Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla-

-¿Y, sigue haciendo pisoanálisis?-

-Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo-

-Usted se analiza a sí mismo?-

-Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él-

-¿Y para qué sirve el análisis, después de todo?

-El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento-

-Dígame una cosa ¿usted se considera alemán?

-Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización, es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto antisemita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío-

-Entonces, ser alemán es como un complejo para usted-

-Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza-

-El problema con los psicólogos de ahora, no creo que usted lo sepa, es que jamás te dan el alta…-

-Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años…-

-¡Claro, usted no va a tirarle tierra a sus colegas o, mejor dicho, a sus discípulos-

-La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo-

-Yo creo que los animales tienen menos quilombos…-

-¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana-

-¿Por qué?-

-Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor-

-Al final, ¡la vida era más simple hasta que usted inventó el psicoanálisis!-

-De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente-

-A mi me parece que usted y sus discípulos vinieron a enredar la cosa…-

-El psicoanálisis, por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia-



-Pero, con todo eso de la teoría del desplazamiento, de la sexualidad infantil, de los simbolismos de los sueños,… ¡es un lío tamaño baño!-

-Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los substratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.

-Para usted todo tiene que ver con el sexo-

-Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: “Más todo faltaría si faltase el sexo” Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está “más allá” del placer -la muerte, la negociación de la vida. ¡Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor como un paso para el aniquilamiento! Por ejemplo, Shaw no comprende al sexo. El no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. Él hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del móvil de todas las cosas humanas que emanan de sus piezas, el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad-

Después, Freud carraspeó, se paró, se acomodó la corbata y dijo – Me voy al kiosco, a ver si tienen cigarros-, se puso el sombrero y salió.

Yo seguí soñando, ahora con mujeres desnudas.

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(La entrevista verdadera, fue hecha en 1926, por el periodista George Sylvester Viereck. Fue publicada en el volumen de “Psychoanalysis and the Fut” en New York en 1957.

Puede leerse completa en:

http://enelmargen.com/2015/04/21/setenta-anos-me-ensenaron-a-aceptar-la-vida-con-serena-humildad-entrevista-a-sigmund-freud/

Canto urgente para Horacio Rubén Monte, el Zorzal



Su madre falleció como consecuencia del alcoholismo. Su padre también. La última vez que lo vi me dijo que él ya se sentía morir. “El problema es que los borrachos somos muy sensibles y cualquier cosa nos afecta, por eso siempre volvemos a tomar”, explicó. Se llamaba Horacio Rubén Monte, pero todos lo conocieron como el Zorzal.

Es la historia de uno de los tantos indigentes que pasan la mayor parte de sus días en las calles de la ciudad. De cualquier ciudad. De todas. Es uno de esos que intenta esconderse de la mirada del vecino común, del turista y del policía.

Fue hace tiempo. Acababa de terminar otro día de Navidad. Ya la mañana del 26 de diciembre la ciudad comenzaba a recuperar su terreno perdido, su ritmo apurado. En esa esquina habitual ya se congregaba, como todos los días, una decena de hombres cuyas edades iban desde los 25 a los 50 años. Todos, en mayor o menor medida, estaban bajo los efectos del alcohol pese a que apenas habían bebido. El Zorzal era uno de ellos.

Charla

Intenta enfocar su mirada y logra verme. Se acerca caminando lento, mostrando una marcada renguera en la pierna derecha.

Acepta inmediatamente la invitación a sentarse en el borde de un cantero presagiando lograr algún cigarrillo o algo de dinero para comprar algo más de vino.

Confiesa que nació en Carcarañá, Santa Fe, hace 43 años. “Mi madre y mi padre eran alcohólicos. Ella murió en el ’81 por los daños que le causó la bebida y mi padre murió atropellado por un auto en el ’85, cuando caminaba borracho por la calle”.

Horacio Monte recuerda: “Un día, cuando yo tenía 13 años e iba a séptimo grado, llegué en pedo a la escuela. Nunca más pude dejar de tomar, salvo en algunos momentos que fueron muy breves”. A esos “momentos” los ubica hace varios años atrás. Duraron “unos siete meses cuando tuve tuberculosis”. Cuando le pregunto por qué bebe, intenta armar una respuesta en su mente, se queda callado unos segundos y luego, meneando la cabeza resignado dice: “Es cosa del destino. Tenía que ser así”.

De vida y amores

El Zorzal, bautizado así por su gusto por el canto, cosa que ya casi no hace, recuerda haber trabajado en un frigorífico en Carcarañá y “en el ’82 me vine a dedo, para hacerme la temporada. Vine por cuatro meses y no me fui nunca más”. Tuvo alguna actividad esporádica en el rubro de la construcción y en otros momentos, también efímeros, en la gastronomía.

Pese a que luego reconoce que en un momento de su vida intentó formar pareja con una mujer (“se llamaba Norma”) a la que conoció en forma casual, al preguntarle sobre su vida amorosa contesta: “Siempre fui un loco y por eso no me casé ni armé familia”.

Sin embargo, cuenta que un día, en algún paso por un pueblito casi perdido pero cercano, se cruzó con una mujer que estaba barriendo la vereda, a la que le pidió algo de comer. “Ella me dio algo. Esas noches yo dormía en el hospital para no pasar frío y una madrugada, Norma fue a verme. Es una buena mujer”, dice, aunque se reserva mayores datos y no cuenta pormenores de su historia de amor ni cuál fue su desenlace.

La charla con el Zorzal no es simple. El diálogo es lento. La bebida ha hecho estragos, fundamentalmente en estos días en los que la dádiva de los transeúntes ha aumentado debido a un engañoso espíritu navideño y ha permitido que la compra de alcohol por parte de estos hombres sea mayor que la habitual.

No obstante, pese a su estado, logra liar un cigarrillo con sus manos callosas y sucias, previo manguear tabaco y papel a su interlocutor.

En los 45 minutos que duró la charla, la voz de Horacio Monte se quebró varias veces y las lágrimas corrieron por la piel curtida de sus mejillas. “Los borrachos somos muy sensibles, cualquier cosa nos pone mal”, dice.

También utiliza esta frase para explicar el por qué de la reincidencia con el alcohol. “Nosotros, a veces, dejamos de tomar pero cualquier cosa que para otros parece insignificante, nos pega y volvemos a tomar”.

El Zorzal rescata la amistad que tiene con Walter, uno de sus compañeros de desventuras. En determinado momento, el nombrado se acerca con actitud de desconfianza: “¿Vos sos policía?”, me pregunta. Le respondo que no y me pregunta nombre y edad.

“Soy el Enano y tengo 18 años”, dice sin dejar de desconfiar. Poco después reconoce que se llama Walter y tiene 48 años. “Con este (por el Zorzal) somos hermanos más que amigos”.

El Zorzal dice que él es padrino de un hijo de Walter. Este en tono pícaro dice inmediatamente: “Es que, lamentablemente, las mujeres me siguen dando bola”.

La mayoría de estos hombres viven en la calle o en alguna casita abandonada. Algunos particulares, alguna organización humanista, intentan darles comida, algo de ropa y un poco de atención.

Pero desgraciadamente el esfuerzo de pocos alcanza para poco. El Zorzal reconoce: “A veces me siento morir. Hace unos días se me reventó la úlcera y además, tengo mucho dolor en el pecho”.

También recuerda cuando se fracturó la pierna izquierda. Todavía hoy le cuesta caminar.

Intentando encontrar alguna esperanza en su alma, el Zorzal sólo confiesa que quiere “volver algún día a Carcarañá, llevar a Norma, encontrarme ahí con todos mis amigos y después dejarme morir tranquilo”. Sin embargo, dice que quiere a esta ciudad indiferente donde sobrevive. “Le agradezco todo lo que me da”.

Habla y piensa como si ya tuviera 70 años. “Es que la calle es la mejor facultad y te enseña todo. Hasta cuestiones morales. Acá, en la calle, hay borrachos y borrachos, y nosotros (él y Walter) somos personas sanas”.

La charla llega a su fin. Uno de sus compañeros lo viene a buscar para “ir a comer a la iglesia”. El Zorzal pide unas monedas para otro vino y luego se despide. Mañana seguirá en este lugar. El próximo invierno, como todos los años, el frío se llevará la vida de uno de sus camaradas o la suya propia.

Pasaron otras navidades. La última vez que supe del Zorzal me dijeron que le habían amputado una pierna. Otro aseguró que ya había muerto.

Pero Zorzales hay muchos. En todos lados y en todas las ciudades. Hay tantos que nadie se da cuenta si alguno muere. Como si sobraran.

PD: Horacio Rubén Monte murió a principios de 2013. Ya le habían amputado las dos piernas, pero no le quitaron las alas.

La soledad del espantapájaros



Cuando me preguntan cómo era Franz, me cuesta responder. No hay forma de definirlo rápido y con certeza.

¿Era peronista, radical o gorila? ¿Qué pensaba del país, de la política, del socialismo, del nazismo, de Estados Unidos, de Cuba…? ¿Qué pensaba, eh?

Entonces, se me ocurre decir que era anarquista. Pero que era tan anarquista que no se podía encuadrar dentro del anarquismo. Que, mejor, era un ermitaño. Mejor todavía, era un hombre solo.

Pero Franz, era un hombre solo de esos que no eligieron serlo, sino que la soledad los eligió a ellos.

En esencia, Franz fue un tipo que siempre estuvo fuera de lugar.

A pesar de tener padres germanos, nunca cuajó bien entre la colectividad alemana ni se sintió cómodo. Era demasiado morocho, demasiado tosco, demasiado crítico y tenía demasiado poco poder económico. Ninguno, para ser más exacto.

A pesar de haber nacido en Buenos Aires, fue demasiado del interior para sentirse cómodo allí. Y en el interior se le notaba que era bonaerense.

En el pueblo, siempre se le notó que era extranjero por su forma enrevesada de hablar y su altura de dos metros. Pero para l ciudad, era demasiado montañés.

En definitiva, nunca lo vi cómodo en ninguna parte.

Y, en soledad, se lo notaba melancólico. Detestaba la soledad.

Acumulaba en una caja de zapatos, un montón de fotos viejas. Las mostraba, para asegurar que había sido feliz alguna vez. Pero creo que no era así. Eran solo fotos, instantes en donde fingía para el lente.

“Acá estoy en una fiesta de disfraces, que se hizo en el 55, con gente que trabajaba en el Cerro Otto, para Mertig, o era amiga de él. Me disfracé de espantapájaros, porque fue el disfraz que pude armar con lo que tenía a mano. Me gané una botella de champagne, esa noche”, recordaba.



Las fotos están todavía ahí, mostrando la escena. Y delatan algo. Los que rodean a Franz, lo ven como una rareza. Como un personaje pintoresco, extraño, curioso, de esos con los que vale posar para recordar el momento. Pero nada más.

Creo que Franz era eso. Un hombre solo.

Creo que heredé algo de eso de mi padre.