domingo, 30 de junio de 2013

El matadero



Texto: Enrique Pfaab

Foto: Horacio Rodríguez

La maza le golpea la cabeza. Cae. Las mismas manos ahora agarran una picana y una descarga eléctrica subraya su muerte. Ya hay otro par de manos esperado para colgarla cabeza abajo, darle un limpio tajo en el cogote y que mane por ahí una catarata de sangre caliente. Y hay 43 pares de manos más, hambrientas, listas para despedazarla sin emoción alguna, sincronizadamente.  
Son las cinco de una madrugada muy fría. Cuando amanezca comenzará a helar. Adentro todo está lleno de un vapor fantasmal. La maza cae, una y otra vez. Trescientas veces, para romper trescientos cráneos. Matará una y otra vez, sin error ni piedad.  En unas horas, reunidos en un quincho, en un restaurante o en la mesa de un comedor, miles celebrarán esta masacre en cadena. Así fue, es y seguirá siendo, por más que se hagan esfuerzos por ignorarlo.
El matadero La Corina está dentro del grupo de los cuatro o cinco más importantes de Mendoza. Lo creó Manuel Baigorria, que todavía hoy y con sus 84 años, aparece en plena faena para limpiar con el chorro de una manguera algo de la sangre que escurre por las canaletas.
La ceremonia se repite todos los lunes, miércoles y viernes de 4 a 9 de la mañana.
Entre trescientas y cuatrocientas reses que llegaron de la Pampa Húmeda y algunas de la misma Mendoza se amontonan en los corrales. Fueron elegidas por los mismos abastecedores que, ya faenadas en La Corina, las distribuirán a los frigoríficos y las carnicerías. Los que tienen buen ojo y que se jactan de vender buena carne habrán elegido animales jóvenes. Novillos sanos y robustos que fueron capados por los dueños de los campos para que ganaran peso rápidamente. “Si vos invitás a un asado y decís que le comprante la carne a Melgarejo, estás certificando que será un buen asado”, cuenta como ejemplo un juninense.
Otros, los menos, resignarán calidad y traerán animales más grandes a precios más bajos. Vacas que ya no son útiles para producir leche o tener cría. “¿Alguna estaba preñada?”, le pregunta un abastecedor a su socio, que estaba controlando la faena. “No”, contesta el interrogado. El hombre tenía la esperanza de que hubiera un ternero nonato. Una delicia para la mesa por más que suene cruel, casi salvaje.  
Las vacas son las más duras en morir. La que pasa ahora sobrevive al primer mazazo, al segundo y hasta al tercero. Recién el cuarto la mata.
En el viaje hacia el matadero alguna res quizás se haya lastimado y hasta haya muero en el corral. Entonces el personal de la Municipalidad y de los organismos sanitarios la controlarán y determinarán si la muerte se produjo por enfermedad o por golpes y si la carne y las vísceras son aptas para el consumo. “Revisamos si hay algo anormal, si se puede aprovechar la totalidad del animal, parte de él o si hay que quemarlo”, cuenta Antonio Palacios, de la Municipalidad de San Martín. El hombre viste y se ve igual que el resto de la gente que está en el matadero: ropa y botas blancas manchadas de rojo, que serán lavadas sistemáticamente cada vez que termine la jornada.
Los animales de cada abastecedor van entrando por turno. Van hacia un embudo que las obliga a encolumnarse, una tras otra. No saben hacia dónde van, solo siguen mansamente a la que va adelante. Igual que el Hombre. En su paso un obrero las va bañando con una manguera. “Es para sacarle el stress que les produce el viaje”, explica Santiago Lana, encargado de La Corina.
La siguiente secuencia ya ocurre dentro del edificio. También por turno las reses van llegando a su última estación. Allí, subido en una plataforma que le permite estar por arriba del animal, un hombre joven las espera. La res queda atrapada entre dos compuertas. El hombre levanta la maza y la deja caer con fuerza sobre la cabeza del animal, que recibe el golpe y se desploma instantáneamente. Ya tendida en el suelo el mismo hombre la toca con la picana, que produce una descarga eléctrica fulminante, definitiva. La res hace un último movimiento espasmódico. Entonces el obrero abre la compuerta y deja que el cuerpo inerte resbale hacia el comienzo del descuartizamiento.
El mazazo, el golpe de electricidad, la caída del animal, sus ojos abiertos, su cuerpo caliente y vaporoso, son la primera parte del rito. Podría decirse que siendo producto de una cultura carnívora, uno debería ser inmune a las emociones. Podría razonarse que sin carneo no hay delicias ni placer. Pero no. En ese instante solo se siente la presencia de la muerte, llegando una y otra vez en cada golpe, desalojando a la vida en un segundo por más que esa vida sea la de un animal nacido para el engorde. Santiago Lana reconoce que es así y que la acumulación de matanzas termina afectando en cierta manera el espíritu del matador. “Por suerte acá trabaja gente tranquila. En otros mataderos el ambiente es mucho más bravo”, dice.
A partir de allí el cuerpo del animal, todavía caliente, comenzará a transitar por una cadena de faenadores.
El primero le sujetará una cadena en una de sus patas traseras y elevará la res con un aparejo hasta colocarla al comienzo de un riel superior que la guiará por todo el trayecto. Ese primer obrero, con uno de los dos enormes cuchillos que todos llevan en la cintura, le hará un corte casi en el mismo lugar de la cabeza donde recibió el golpe. Ese corte será suficiente para que desde allí se empiece a cuerear la res. Además, ya colgada cabeza abajo, le hará un tajo en el cuello y por allí saldrán diez litros de sangre en un solo borbotón.
Luego, mientras la res va avanzando por el riel, se le cortarán las manos y las patas a la altura de la primera coyuntura. Después se le irá quitando el cuero como si fuera una media, desde la cabeza hacia el rabo. Los operarios apenas ayudan ese proceso con la punta de sus cuchillos. Luego vendrá la decapitación y la extracción de las vísceras. Más adelante una sierra la abrirá al medio, por la barriga,  y otra terminará de partirla en dos.  Todo esto estará acompañado por constantes chorros de agua caliente que la irán limpiando. Ya en el final, el riel se bifurcará en otros ramales. Todos concluirán en la cámara frigorífica donde la temperatura está varios grados bajo cero. Es difícil caminar por allí. Una capa de hielo cubre el piso. Las medias reses permanecerán en ese lugar un mínimo de 24 horas, para que la carne (ya no es otra cosa) se conserve perfecta hasta que llegue a las grandes heladeras de las carnicerías. Tanto frío hay en la cámara que al salir al exterior la madrugada bajo cero parece un amanecer primaveral.
En el costado norte del inmenso edificio hay una gran galería, con distintas puertas que dan hacia las “estaciones” del riel del descaurtizamiento. Por cada una de ellas sale algo de la res. En la primera, las pesuñas. En la otra, el cuero. Luego la cabeza. Allá las vísceras. La grasa. “Se aprovecha todo, absolutamente todo”, dice el encargado Lana. Frente a la salida de cada puerta hay un camión o una camioneta, esperando la carga. Una espera los huesos, que se convertirán en harina para agregarle nutrientes a los alimentos balanceados de perros y gatos. Otro transporte es cargado con las achuras. La mayor parte de la grasa será jabón. Aquel cargará los cueros, que serán salados rápidamente para evitar su descomposición y luego enviados a alguna curtiembre, fuera de la provincia. De ese mismo cuero también saldrán tres capas distintas y que tendrán distintos fines. “Desde guantes de trabajo hasta tapizados de autos de alta gama, que es la gran demanda que hay en este momento en el exterior”, explica el responsable del lugar.
En el extremo oeste del edificio los camiones con cajas térmicas van cargando las medias reses de la faena anterior y parten a hacer el reparto. Cada uno de los abastecedores ha controlado cada paso, desde la llegada del ganado hasta su sacrificio, durante todo el trayecto desde que ingresa vivo hasta su salida del matadero. “Nosotros solo prestamos el servicio de faenado”, cuenta Lana.
Cada animal ingresa con su marca, cada media res sale sellada, controlada y lista para despostada, vendida al menudeo y convertida en un jugoso bife.
Hasta hace unas dos décadas atrás era común que cada pueblo tuviera su propio matadero, más o menos organizado. Allí se carneaba, se despostaba y se repartirá. Luego mejoraron los sistemas de refrigeración y los camiones pudieron transportar a mayores distancias. Ahora hay muchos mataderos abandonados y muy pocos en la provincia que trabajen en forma sostenida.
Allá en el Siglo XIX el escritor unitario Esteban Echeverría escribía lo que algunos consideran el primer cuento argentino: “El matadero”. Más allá de dejar establecida su posición política y su parecer sobre el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Echeverría pinta la faena magistralmente.
“La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distinta. La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnados de sangre”.
Hoy no es igual, aunque lo sea. Han mejorado rotundamente las medidas de higiene y sanitarias y también se ha reducido al mínimo posible la agonía del animal. El resto es lo mismo. Los cuarenta y cinco obreros blanden sus cuchillos con una habilidad de temer. La ropa, que a las 4 era blanca, ahora está toda manchada de sangre. Están empapados de sudor y humedad. No descansan un instante. Las reses no dejan de buscar la muerte en esas cinco horas y ellos no pueden detenerse. Son parte de la cadena. Cada uno es un eslabón que tajea y separa. Por eso en el matadero no hay lugar para el descanso ni el refrigerio. Los operarios llegan con su ropa de trabajo puesta, inmaculada, y se van con ella puesta, sangrante. Apenas se lavan un poco las manos y la cara y solo se detienen, apenas cruzado el portón de ingreso, donde un vendedor ambulante de café y tortitas los espera para darles el desayuno.
El carneo en el campo tampoco difiere mucho de este. Una imagen infantil regresa sorpresiva e inevitablemente a la mente del cronista.
Faena familiar. Una vaca ya inútil será el motivo de la reunión, que ha convocado a todos los parientes, indispensables como mano de obra y también para repartir el desposte, ya que no hay heladeras ni nada parecido.
La vaca cae maneada de patas y manos. También el extremo de una soga ya la tiene atada de atrás, mientras que el otro extremo fue pasado por una roldana, que está sujeta a la gruesa rama de un añoso árbol.
Cuando todos ya están listos el dueño de casa saca su facón de la cintura y le hace un tajo en el cogote. La sangre brota y una mujer la junta en un fuentón. El animal va muriendo lentamente. Primero se mueve furiosamente, pero junto con la sangre va perdiendo fuerzas. Cuando ya no hay resistencia los hombres toman un extremo de la soja y comienzan a cinchar, hasta elevar al animal y dejarlo cabeza abajo, colgado de la rama. Luego el proceso es idéntico al del matadero, solo que aquí todos hacen todo sin que la res se mueva de su sitio.
Las mujeres van y vienen, cargando achuras, lavándolas y metiéndolas en baldes, en ollas y en palanganas. Se cuerea, se corta, se desguaza. Se mete todo en bolsas para evitar las moscas, que junto con los perros se han percatado del festín. Cuando la soga quede como único testigo de la matanza ya habrá comenzado a caer la tarde. Mientras los hombres se disputan los sesos del animal, las mujeres cocinan el pan casero y alistan la ubre y alguna entraña.
Los vacunos mueren con los ojos abiertos y así les quedan por siempre. Se les llenan de tierra en el campo y en el matadero de sangre.
Todos los faenadores se parecen, como ocurre en todo oficio o profesión. Sufridos, duros, fuertes, reservados cuando se les consulta sobre su trabajo. “Sería lindo salir en una nota… No. Mejor no”, se arrepiente uno, que había encarado como para contar mil historias. Quizás teman ser catalogados de sanguinarios, de despiadados. “Mejor no saque fotos de esto. A algunos puede resultarles desagradable”, sugiere el encargado, cuando el reportero gráfico apunta su lente hacia el operario que está degollando a la res de turno. Y el reportero acepta la sugerencia, casi agradecido.
Pese a esto el oficio es pasado de padres a hijos y es muy frecuente que quien trabaja actualmente en un matadero haya sido antecedido por alguien de su familia. “Acá hace poco que estoy, pero yo empecé a ir a un matadero de chico, cuando tenía ocho años”, cuenta uno de los obreros. “Primero fui para buscar achuras para llevarle a mi madre y después empecé a hacer changuitas, y ya me quedé”, agrega, entre el ruido de las sierras, que abren las reses como una sandía.
Es cierto. Es una actividad cruel, pero solo el mínimo instante en donde el animal se transforma en alimento. En donde la vida es derrotada por la muerte, como ocurre desde siempre y para siempre. Es cruel, pero deja de serlo si se recuerda la parrilla, las brasas y el cuerito dorado de un costillar.
Está amaneciendo. Ya no quedan camiones con cajas térmicas que cargar. Apenas se continúa llenado las camionetas que se llevarán las achuras y los huesos. La que transporta los cueros ya sale con su último viaje.
Está helando. Los obreros se aprestan a limpiar las instalaciones. Mucha agua, detergente y desinfectante. Todo debe quedar limpio, impecable. La actividad no admite descuidos ni dejadez.
Es la última actividad del día. Algunos ya se están yendo a descansar, cuando el resto del mundo ni siquiera ha comenzado la jornada.
Mañana algunos camiones vendrán a cargar. Pasado mañana otras 300 reses harán fila y caminarán hacia la maza que les molerá el cráneo. Morirán casi sin darse cuenta. Como todos. 

lunes, 24 de junio de 2013

El hombre que sabía llegar a la meta


Texto: Enrique Pfaab
Ilustración: Diego Juri

Miró a su hijo a los ojos, con su tranquilidad de siempre, sin el más mínimo dramatismo, como si se tratara de una charla más. Le dijo: “Mirá Luisito, por la cuenta que vengo sacando me queda poquito. Cuando yo parta no me llevés al cementerio de San Martín. Te lo digo en serio y por dos motivos: el primero es por que si me dejás acá, en Junín, voy a tener cerca el autódromo y cuando haya carrera los fines de semana voy a poder sentir los motores. Y el segundo motivo es que tu mamá está allá, en Buen Orden, y si me llevás con ella me va a seguir rompiendo las bolas”.

Guido Maineri ya había pasado los 90 años y sabía que la línea de meta estaba cerca. Su hijo le replicó: “¡Dejate de hablar macanas, papá!”.

Pero don Guido sabía. Como había sabido siempre. Él era un “llegador” y sabía que estaba llegando. Llegar era una de sus virtudes y así se lo habían reconocido siempre sus camaradas Juan y Oscar Gálvez, Juan Manuel Fangio, y también sus amigos y compañeros de andanzas Oberdan Baldini, el Chapeque Francisco Mazzoni y Narciso Galleguillo, entre otros.

Luisito no quería aceptar ese final. Todavía hoy a Luis Maineri le cuesta aceptarlo. Es difícil creer que su padre, su mejor amigo, ayer, hoy y siempre, no esté junto a él aconsejándolo, haciéndolo reír y mostrándole que sólo hay una forma de transitar por esta vida: con simpleza, con pasión, con espero, con la cabeza abierta como para encontrar solución a cada problema.

Guido Arturo Maineri nació el 27 de noviembre de 1912 en Bizzozzero, en la provincia de Varese, en Italia y murió el 14 de diciembre de 2006, en Junín, Mendoza. Unos días antes, el 7 de diciembre de 2006, sufrió el primer ataque. “Estaba acá, en el sillón. Sentadito. Te imaginás la desesperación que me dio cuando sufrió el ACV. Se recuperó como a los 40 minutos. Cuando se despertó, ya estaba Carlos Redondo, el médico. Entonces el papi lo miró y le dijo: ‘Carlitos, ¿qué pasa?... se me quemó un condensador, ¿no?’. Carlos le dijo que sí, entonces mi papá le preguntó: ‘¿Se me va a quemar otro?, decime la verdad, ¿se me va a quemar otro?, porque me doy cuenta que la corriente mía está medio fulera…’”.

Luis, el hijo de Guido Maineri, recuerda esto mientras llora y se ríe al mismo tiempo. Es que una vez más su padre ha logrado lo que quería: enseñarle que la vida es sólo una serie de circunstancias y que la forma en que se las enfrente las transforma en buenas o malas. Incluido el final.

Durante 94 años, Guido Maineri hizo algunas cosas con su vida. Es una historia fácil de reconstruir gracias a su nieta Antonella Maineri (14). Ella fue la única que tuvo el privilegio de que su abuelo le cambiara los pañales, le diera la mamadera y le trasmitiera la pasión por el automovilismo. Por eso Antonella es la que se encargó de reunir fechas, fotos, nombres e hitos de la historia de uno de los volantes más importantes de la provincia.

En 1925 Guido, con 13 años, se embarcó hacia la Argentina con su familia y se radicaron en Godoy Cruz. Un año después se mudaron a San Martín y en el ’27 Guido comenzó a trabajar en la agencia Ford para ayudar a la economía hogareña. En esa época ya tocaba el violín y el mandolín, e integraba varias orquestas. Pero su pasión ya eran los fierros. En 1932 se puso de novio con quien fue su mujer, Elena Barocchi, y en el ’36 montó su propio taller mecánico sobre la actual avenida Boulogne Sur Mer. Allí también construyó su casa. En el ’37 nació María Élide. Recién en el ’53 llegó su hijo varón, Guido Luis. Pero antes de que naciera Luis ya Guido estaba metido de lleno en las carreras y en la aviación. En mayo del ’45 fue uno de los fundadores del aeroclub San Martín, se recibió como piloto civil y se compró un avión Píper.

El año ’47 fue su gran momento. El 9 de marzo se sumergió en el automovilismo y corrió su primera carrera. Fue en el hipódromo de San Martín, donde actualmente está el autódromo Jorge Ángel Pena. Su auto, como siempre, fue un Ford: en ese mismo año, con el número 91, corrió el Gran Premio Internacional. Salió décimo.

En 1948 se corrió la histórica Buenos Aires –Caracas y la inmediata posterior Lima– Buenos Aires. A Caracas llegó noveno y a Buenos Aires sexto. Pero después de 15.000 kilómetros recorridos y de acuerdo con la suma de tiempos, en la clasificación general quedó en el tercer puesto, detrás de Juan Gálvez y de Daimo Bojanich.



En 1949 participó en lo que él siempre consideró como su mejor carrera: el Gran Premio de la República, con un recorrido de 11.150 kilómetros dividido en 12 etapas. Fue cuarto, detrás de Juan Gálvez, Juan Manuel Fangio y Oscar Gálvez. Su trayectoria deportiva duró hasta 1956, siempre teniéndolo en la línea de llegada, dentro de los primeros. Ese año se retiró “para poder estar más tiempo con su familia”, según cuenta su nieta.

Detrás de Luis hay una vitrina repleta de copas inmensas. Copas verdaderas, las de metal, no de esas de plástico infame que se entregan ahora. Están cuidadosamente envueltas en celofán, cerrado con un moño en la punta. Allí está la vida de Guido. Cuenta su hijo Luis: “Él siempre decía lo mismo que Oscar Gálvez: ‘Las carreras se ganan en el taller’. El viejo fue un detallista. Él metía mano en el auto. Pese a que tenía mucha gente que lo ayudaba, la última apretada de tornillos la daba él mismo. Y siempre se preocupó por tener un auto llegador, más que ganador. Un auto bien armadito”.

Guido y Luis estuvieron siempre juntos. Trabajaron juntos en el taller y también hacían viajes en un camión por el país en épocas de transportistas. Siempre fue así. Hasta los últimos días. Guido no supo quedarse quieto. En el 2000 el autódromo de Junín, ubicado muy cerca del cementerio, fue bautizado con su nombre y en 2005 el propio Guido dispuso que su histórica cupé Ford roja ocupara un lugar en el museo de Ángel Cucco, en Buenos Aires.

“Era un italiano chinchudo. Siempre tenía razón. Como todos los jóvenes uno decía: ‘¡Qué sabe el viejo!’ Pero cuando se da vuelta la página uno se da cuenta de que el viejo sabía… y que siempre sabía más”, dice Luis.

Guido tuvo siete nietos y siete bisnietos. Antonella tiene 14 años y es una de sus herederas. Quizá sea “la Maineri más auténtica, la que tiene en las venas la sangre fierrera del abuelo”.

Un domingo de estos, a la mañana, esta adolescente estará a la vera del circuito del autódromo Guido Maineri viendo las carreras. Mientras tanto, su abuelo las escuchará a la distancia, después de haber cruzado, como siempre, la línea de meta.

lunes, 10 de junio de 2013

Adiós a la infancia


Texto: Enrique Pfaab
Ilustración: Diego Juri
Apenas sobrevivían unos pocos pelos en la cabeza de Fito. Eran un manojito insignificante que levemente se enrulaba. Quizás tenía unos 60 años o un poco más. Era de esos tipos altos y robustos, que parecen gordos pero no lo son. Para el pibito de 5 años era una figura invencible, patriarcal, venerable. Sin que él lo supiera, Fito le reclamaba al resto de los integrantes de la familia que el niño no lo llamaba abuelo. Le decía Fito, como todos, y al hombre eso le pesaba.
Era ferroviario desde siempre y socialista desde antes. Uno de los primeros asociados a la Cooperativa El Hogar Obrero. Su carácter fuerte estaba matizado con un espíritu solidario y eso le había hecho ganar el respeto de sus compañeros de trabajo.
Ya de grande había conocido a Mary, una mujer que había sido abandonada por su marido y que como único recuerdo le había dejado tres hijas mujeres. Cuando Fito, que en realidad se llamaba Adolfo Bequi, llegó a la vida de estas cuatro mujeres, las hijas de Mary ya eran grandes y estaban casi saliendo de la adolescencia. Al hombre no le importó eso y se transformó en el jefe del hogar, con todo lo que eso significaba. Mantenía a todos los que vivían en un amplio departamento ubicado en el segundo piso del antiguo edificio de Suipacha 923 de la Capital Federal. Pero Fito imponía autoridad y exigía que se respetaran sus designios. Quizás por eso toda la familia reafirmó una forma de ver la vida cuya semilla ya había germinado antes. Todos eran socialistas y socios e hinchas de Independiente.
Ángela, la mayor de las hermanas, se casó poco después y la del medio,  Nélida, un tiempo más tarde, con un  militar norteamericano y se fue a vivir al nuevo imperio. La menor, Mercedes, fue la última en partir hacia el Sur y formar su propia familia. Ángela tuvo dos hijos, Oscar y Eduardo, y luego su matrimonio fracasó y regresó al nido. Fito aceptó ese regreso con  los mismos condicionamientos de siempre. Su palabra era santa y no se podía cuestionar. Entretanto, Mercedes tuvo dos hijos y un día nefasto murió imprevista e inexplicablemente.
Fito viajó al Sur y se trajo a los hijos de Mercedes, hasta que el viudo se acomodara a la nueva situación. El mayor de los niños tenía 5 años y el menor, 8 meses. El ferroviario convocó a un consejo familiar y ordenó un par de acciones urgentes. La primera  era tratar de distraer al pequeño de 5 años y, como medida inmediata, había que hacerlo hincha del Rojo y llevarlo a la cancha.
Eduardo, el menor de los hijos de Ángela, fue designado para cumplir la misión: convencer al niño de que Independiente debía ser su pasión de ahí en adelante. Pese a que Eduardo ya estaba en la  adolescencia, tomó ese desafío como propio. Mientras aceptaba volver a la infancia y jugar con el pequeño, llevaba adelante una metódica campaña para trasformar a su primito en un nuevo fanático. Tenía a su favor que el equipo de Independiente pasaba por un momento de gloria.
Promediaba 1969. El equipo del Rojo estaba integrado por Santoro, Comisso, Monges, Semenewicz y el Chivo Pavoni. El Pato Pastoriza, Raimondo y Adorno. Bernao, Yazalde y Tarabini.
El niño no opuso resistencia. La fuerte imagen de Fito y el cariño por Eduardo hacían desaparecer cualquier objeción. Pero faltaba el golpe de gracia. Había que llevarlo a la cancha. Entonces, un domingo en que Independiente jugaba de local fueron a Avellaneda. Adentro del estadio se separaron. Fito fue a la platea de vitalicios para ver el partido con sus amigos de la cancha. “¿Por qué no podemos ir con él?”, le preguntó el purrete a su primo, quienes se habían quedado en la platea común. “A Fito no le gusta que lo molesten cuando juega Independiente”, contestó Eduardo.
Fito era así: duro, casi dictatorial.
En la siesta se debía hablar en un susurro para no despertarlo. Cuando se levantaba había que tenerle preparadas las tostadas bien crocantes y el café. El único que ahora podía romper esa rutina era el pibito. Fito le había concedido un beneficio: antes de levantarse de la cama y mientras fingía que todavía dormía, permitía que el niño fuera hasta su cama, que se subiera a ella y que le tirara suavemente de los poquísimos pelos que le quedaban. Entonces, Fito fingía que despertaba sobresaltado y el niño estallaba en carcajadas.
Pero esa ternura desaparecía totalmente en la cancha. Fito no podía ser molestado mientras miraba jugar al Rojo.
Pasó el tiempo. Siete años pasaron. El niño creció. En el ’77 ya era un fanático más de Independiente, ya no vivía en Buenos Aires y seguía los partidos por radio. Era el Independiente de Bochini, de Trossero.
Para esa época, el chico viajó a la capital para visitar a su familia. Fito ya había muerto. El pibe le pidió a su primo Eduardo que lo llevara a la cancha. En esa fecha, Independiente jugaba de visitante contra el  glorioso Huracán de Brindisi, Housemann y Babington.
Esa tarde, el sol pegaba de lleno sobre la tribuna de los hinchas de la visita. El chico terminó insolado y con una derrota de su equipo por 2 a 1.
Fue la última vez que fue a la cancha. No regresó más. Quizás haya influido esa derrota, pero más influyó la ausencia de Fito en la platea. Pese a todo, su pasión por el Rojo no mermó.
Aún hoy dura. Aún hoy, cuando su equipo está en el cadalso del descenso.
Aún hoy, cuando ese pibito escribe estas líneas y entiende que los grandes como el Rojo y como Fito no se van a ninguna parte. Sólo descasan.

jueves, 6 de junio de 2013

El Royal de España


Texto: Enrique Pfaab
Ilustración: Diego Juri
La paciencia ha desaparecido. La urgencia la asesinó. Ya nadie espera ni sabe hacerlo y cualquiera que debe aguardar se siente en medio de un cataclismo, viviendo el apocalipsis.
En un clic el tipo manda una misiva y en otro clic recibe la respuesta. Ni siquiera alcanza a sentir la ansiedad, la expectativa, la incógnita de cuándo y cuál será la contestación. Las cartas han desaparecido. Internet las asesinó cruelmente, sin piedad ni contemplaciones.
Hace no tanto tiempo existió un mundo más amable, donde la espera generaba la incertidumbre, esta, la reflexión y se abría todo un abanico de posibilidades. Las cartas viajaban lentamente y durante ese viaje el tipo tenía tiempo para preguntarse: “¿Se habrá casado?, ¿habrá muerto?, ¿habrá tenido hijos?, ¿me recordará todavía?…”. Ahora el correo enviado y su respuesta llegan en un instante.
Para colmo, los mail no se encabezan con esa introducción casi impersonal que hacía saltear renglones para encontrar el nudo de la misiva, en donde el remitente revelaba su intensión.
Todas las cartas comenzaban más o menos igual. “Mendoza, junio 3 de 19… Querida Amalia: Espero que la presente te encuentre bien…” y el texto avanzaba en los primeros renglones sin grandes sobresaltos emocionales. Pero luego, al tercer párrafo, el tipo lanzaba “… el otro día me senté en el banco de la plaza donde nos juramos amor eterno…” y el papel se estremecía.
Luego de dedicar tres horas para escribirla, el hombre dejaba la carta en el cajón de la mesa de luz un par de días, hasta que se armaba de coraje, escribía la dirección en el sobre con pulso tembloroso, lo cerraba ceremoniosamente pasándole la lengua por el borde engomado, a la mañana siguiente compraba la estampilla y después la metía en el buzón rojo, no sin antes sufrir una última crisis de duda y temor.
Luego se iniciaba la espera. Un extenso e interminable período de un mes y medio en donde el remitente iba y volvía de la angustia a la euforia, de la desesperación a la expectativa. Finalmente, después de esas seis semanas, una mañana aparecía el cartero a entregarle un sobre. Un sello decía “Destinatario desconocido” y el tipo se daba cuenta de que el pasado era eso y nada más: pasado.
Hoy ya nada de eso existe. Ni las cartas, ni los amores perdidos, ni la esperanza de recuperar el tiempo.
El ingeniero Jesús Rubén Azor Montoya tuvo hace unos días la generosidad de rescatar la virtud que tenían aquellos envíos postales.
“Transcurrían los ‘50 en Junín. La villa cabecera por aquel entonces no era más que una pequeña aldea, tenía sólo algunas calles asfaltadas y los viñedos todavía eran visibles a escasos metros de la plaza departamental.
Su población se componía mayoritariamente de inmigrantes provenientes de Europa y algunos de Asia. La colonia española era quizás la más numerosa, engrosada por dos fenómenos que aquejaron a la Madre Patria: la Primera Guerra Mundial, que comenzó en 1914, y la Guerra Civil, desde 1936”, recordó.
El desarraigo siempre genera y alimenta la nostalgia. Esto ocurría con los inmigrantes españoles que vivían en la Argentina. Los que se habían radicado en Junín también añoraban su tierra y sus costumbres y, como cuenta Azor, “en especial uno de los signos más trascendentes de esa comunidad: las comidas”.
Una de estas familias había llegado de España a principios del siglo XX. “Había desarrollado su vida en torno a la producción agraria, más precisamente el cultivo de hortalizas, y después incursionaron en la plantación de viñedos, que ya se había constituido en la actividad predominante”, recuerda el ingeniero. El trabajo intenso y empecinado y su costumbre de cuidar lo que tenían les permitió comprar una casa en el centro de la villa.
“La correspondencia con la tierra añorada era constante y el correo era el vehículo que les permitía mantener el vínculo necesario para aliviar la diáspora que había producido el flagelo de la guerra. Una carta recorría un itinerario tan grande, llevada por distintos transportes hasta llegar a su destino, que había que armarse de paciencia para soportar la ansiedad de la respuesta esperada o para enterarse de los pormenores familiares”, asegura Azor.
Cierta mañana de otoño, el cartero, vestido con su clásico uniforme gris, su gorra visera y montado en bicicleta, hizo sonar la corneta en la puerta de esa casa, anunciando que traía novedades de la lejana tierra, allende los mares.
La alegría no era sólo de los viejos inmigrantes, sino también de sus hijos ya nacidos en el país, ya que estos habían mamado ese cariño por el terruño de sus padres y sus abuelos y también por los familiares que habían quedado allí y que sólo conocían a través de las cartas.
“El tesoro que portaba el cartero era esa vez, a ojos vista, un objeto cilíndrico rodeado de una lámina de papel madera, lacrado, con su correspondiente estampilla y la innegable dirección escrita a mano que indicaba que aquella era la casa en la que se debía entregar”, rememora Azor.
“Con ansiedad, las manos de la abuela, a quien iba dirigida la encomienda, abrieron cuidadosamente el papel y quedó a la vista un tarro de Royal, el polvo leudante de fama internacional, que era un componente esencial en la repostería del mundo”, agrega.
No había ninguna nota en el paquete. Sólo la lata roja con letras blancas. La familia lamentó por unos instantes que no hubiera noticias de la familia lejana, pero de inmediato decidieron hacer honor al envío y las mujeres se pusieron a cocinar una torta, mientras que el resto esperaba ansiosamente probar semejante delicia.
“Extrañamente el efecto no fue el esperado. La torta no se levantó por efecto del leudante. Quedó chata y poco esponjosa. No obstante, era tal el sentimiento y la añoranza por la tierra que comieron el manjar con alborozo, ufanándose del origen del Royal”.
Apenas una semana después, el cartero volvió a llamar a la puerta. Esta vez traía un sobre y, dentro de él, una simple notita con un solo anuncio.
Alguien en España había olvidado colocarla junto con la lata roja. Decía: “Les enviamos las cenizas de la bisabuela Dolores en este tarro de Royal”.

lunes, 29 de abril de 2013

El Milagroso, benefactor de los estudiantes mediocres





Por Enrique Pfaab

Ilustración: Diego Juri

Los estudiantes le llevan ofrendas. Es su santo. Dicen que les ayuda a aprobar los exámenes. Antes tenía más devotos, pero aún algunos conservan esa costumbre. Le dicen “El Milagroso” y una calle es indicada con ese nombre, pero nadie sabe bien quién fue y si existió realmente.
La leyenda es una sola, con mínimas variaciones y ha sido suficiente como para que por muchos años se le construyan criptas, se le pongan placas de agradecimiento y se le lleven flores al sitio en donde supuestamente murió aquel desconocido, al norte de la playa de maniobras de ferrocarril, en Palmira.
El tipo era un croto. Por eso se puede suponer que su llegada a Palmira tiene que haberse producido necesariamente después de 1920, cuando el entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, José Camilo Crotto, promulgara el decreto 3/1920 que autorizaba a los peones rurales a viajar gratis en los trenes cargueros en busca de trabajo temporario. El beneficio fue aprovechado también por vagabundos y desengañados.
En esta última categoría se encasillaba este personaje, un hombre que tendría que andar por los treinta y pico y que tenía modales cuidados y buen hablar, aunque vestía andrajos como el resto de sus compañeros de desventuras.
Este cronista, atando versiones incomprobables pero reiteradas por muchos y algún que otro relato cierto, puede suponer que el hombre había sido universitario y que se había recibido de abogado o había llegado hasta ese umbral.
La leyenda dice que se había aquerenciado en Palmira por motivos imposibles de descifrar y que solía contar que había partido de su ciudad natal, posiblemente Buenos Aires, luego de que su novia lo engañó o se murió, que es casi lo mismo.
El hombre había abandonado la carrera de Derecho, en la que se había destacado, y había decidido vagar sin rumbo.
Vivía de changas, de cargar y descargar vagones y de arreglar el patiecito de alguna casa ubicada cerca de las estaciones donde había estado.
Como hospedaje, utilizaba algún furgón del ferrocarril y los obreros y guardianes hacían la vista gorda, ya que lo sabían buena persona. Además el desconocido no tenía empacho en compartir sus conocimientos y hablaba de historia, de política y por supuesto de Derecho con quien le preguntara sobre algunos de estos temas. Aún más: hay quienes aseguran que supo ayudar a algún estudiante en épocas de exámenes.
Pero la historia, como toda buena historia, no podía terminar bien. Una noche, mientras una patrulla policial hacían una batida entre los vagones para hacer salir a algún ladrón que supuestamente se había escondido en alguno de ellos, los uniformados se toparon de frente con una sobra y abrieron fuego. Era el letrado croto que cayó atravesado por las balas.
La leyenda asegura que esa muerte no quedó registrada en actuación policial alguna y que el cuerpo del desconocido fue enterrado a escondidas y en algún sitio ignorado. Sin embargo algunos aseguraron que el lugar en donde hoy se levantan las criptas es el punto exacto en donde se enterró aquel cadáver.
Dicen también que los primeros en llevarle algunas flores fueron aquellos estudiantes que el linyera había favorecido con sus enseñanzas. Luego otros comenzaron a hacerles promesas que el finado cumplía sin esfuerzo. Entonces a las promesas se sumaron los agradecimientos y, como nadie sabía cuál había sido su nombre, lo llamaron El Milagroso.
Hay una versión mucho más cercana y cierta sobre un personaje casi idéntico. Era un croto que también tenía una gran cultura y un desengaño del mismo tamaño que llegó a Palmira alrededor de 1965. Este hombre supo frecuentar el bar de Ricardo Tufic Kairúz, cuyo edificio todavía está pegado a las vías del tren. Allí entablaba largas charlas con Tufic y su hermana Mercedes, a quien todos conocían por Faride y que era docente. En esa mesa se discutía larga y sabiondamente, especialmente sobre historia. Sin embargo este desconocido no fue muerto por la policía, sino que un buen día desapareció tan misteriosamente como había llegado, según el relato de un hijo del Tufic y Faride.
El Milagroso no es la única alma que le hace favores a los estudiantes. Hay otros en distintos puntos del país. Pero en la zona es el único y todavía su poder es casi infalible.
Hay otros santos populares parecidos. Algunos hacen milagros muy modestos y a los que se puede invocar sin tener que hacerle ninguna ofrenda. Hay alguno que evita quedarse sin combustible en medio de la ruta. Existe otro que permite llegar hasta un baño en casos de urgencia. Está el que otorga el don de la sobriedad, por más que el devoto beba como una esponja y algunos dicen que hay un modesto santito que ofrece el don de la memoria eterna. Pero a ese ya casi nadie lo recuerda.      

sábado, 27 de abril de 2013

El viejo y su vida de yeso




Por Enrique Pfaab

Foto: Horacio Rodríguez

Edición y corrección: Gabriela Heredia

Ya no hay apuro. El tiempo se terminó. Con sus manos ochentosas Oscar Raúl Gómez lija y dibuja con paciencia una plancha de yeso. Hace que el material se trasforme en madera. Dibuja vetas, nudos y el empalme entre una tabla y otra, como si fuera un tablero de machimbre. “Me lo pidió una señora. El electricista puso unos cables en el cielorraso, la plancha se le cayó y se hizo pedazos”, dice.
Está en un tallercito pequeño que da a la calle Godoy Cruz y que se parece más a un pasillo que a un lugar de trabajo. No está solo. Alrededor suyo, desde el piso y las estanterías, lo miran ángeles, algunas esculturas de Maradona (que es casi lo mismo), dos o tres Gardeles, algunos Perones, un par de Evitas, vírgenes, santos… Y fuentes, columnas, floreros, enanitos…
Oscar Raúl Gómez va a cumplir los 80 el 20 de junio. “Yo ya digo que tengo 80, total… quién me paga lo atrasau…”. La mayoría en San Martín lo conoce de esa esquina, de Godoy Cruz y Remedios de Escalada, por su trabajo de artesano en yeso. Pero antes, mucho antes, fue otras tantas cosas...
“Yo era el guachito, el hijo de una madre soltera. Y en esos años a esas mujeres las despreciaban. Ni la miraban a los ojos. A mí me decían guacho y yo de eso no me olvido”.
Amalia Gómez estaba con trabajo de parto hace casi ochenta años. “Porque era madre soltera no la querían recibir en el hospital”, dice hoy aquel bebé que llevaba en su vientre. “En eso apareció una docente que también había tenido familia en esos días e hizo que la atendieran. Después, como no teníamos dónde vivir, esa misma mujer le ofreció a mi madre darnos un lugar en su casa, a cambio de que mi mamá amamantara a su hijo. Mi madre siempre me decía que yo tenía un hermano de leche”.
El cobijo duró lo que duró la lactancia. “El nene de la maestra empezó a comer y nosotros dos, que éramos chiquitos, comenzamos a pelearnos como todos los niños”, recuerda don Gómez. Un día la docente encaró a Amalia y le dijo: “Mirá Amalia, te vas a tener que buscar trabajo porque yo no te aguanto el nene”. Y se fueron. “Cuando veo los cartelitos en los quioscos o en los almacenes que dicen  Se ofrece señora para cuidar ancianos, o para limpieza,  me acuerdo de esa época”, dice don Gómez. En  Junín había un libanés que tenía un almacén de ramos generales, que conocía a Amado Cura, un hombre que supo tener un comercio de ramos generales en la esquina en donde está hoy don Gómez tallando el yeso y que necesitaba alguien que cuidara de su esposa, postrada en una silla de ruedas. “El libanés le dijo a mi madre: Seguro que la va a ocupar porque usted es española (en realidad hija de españoles) y no quieren criollas, porque en son sucias, dejadas”.  El comerciante tuvo razón. Amado Cura la empleó, con la condición que la mujer se mudara a su chalet de El Ramblón sin su pequeño hijo.
Entonces el niño fue a vivir con su abuela, en un modestísimo ranchito en El Central, en la calle Mendoza, cerca de lo que se conocía como el parque Marianoff. “Mi abuelita me conoció allí. Mi madre le ofreció mantenerme a mí y a ella. Pero mis tías, que hasta ese momento habían ayudado a su abuela, le dijeron “no te ayudamos más, porque no queremos darle de comer a ese guacho que tiene ella”.
Así, “vestido con hilachas” y mientras todos lo llamaban “guacho”, la miseria fue la escuela del pequeño Raúl. Una escuela mágica. “Como los reyes nunca pasaban por casa, aprendí a hacerme mis propios autitos, con pedazos de chapa, rueditas con tapas de bordalesas (sic) y ejes con alambritos. Yo copiaba las chatitas Ford modelo 26 o 28, sin vidrios ni parabrisas”. Así, por la necesidad, el niño fue puliendo su innata habilidad manual, la misma que le daría un futuro próspero muchos años después.
Pero también en esos años, cuando le tocó comenzar la escuela, en Nueva California, sintió el dolor de no tener padre. “Todos los chicos levantaban la mano cuando la maestra preguntaba cuáles padres vendrían a arreglar la cancha de fútbol o a clavar el palo encebado para celebrar alguna fiesta patria. Yo era el único que se quedaba con la mano baja”, cuenta Raúl.
Pero la vida a veces regala algunas oportunidades. Cambia, casi por sorpresa. La mujer enferma de Amado Cura finalmente falleció y el hombre le ofreció a su empleada continuar trabajando en la casa.  Pasó el tiempo. “Y después parece que hubo una relación entre ellos y terminaron formando pareja. Amado Cura (don Gómez siempre lo menciona con nombre y apellido) le dijo a mi madre que yo y mi abuelita fuéramos a vivir con ellos. Del ranchito donde vivíamos no nos trajimos nada, porque eran solo hilachas”, recuerda. “Para mí fue un padrazo. Siempre me trató como un hijo. Dejé de ser “el guacho”.  Él fue quien me compró mi primera bicicleta en un remate. Incluso quiso darme su apellido pero resultó ser un trámite muy complejo y caro. Una familia amiga de él, que ahora tiene el apellido Lacón, había logrado con mucho esfuerzo que el Registro Civil se lo modificara. Antes era Laconcha. Pero era un trámite muy caro y mi madre no quiso”, dice.
Quizás por su capacidad de aprovechar todo al máximo, esa primera bicicleta fue mucho más que un entretenimiento. Su padre adoptivo no lo vio, porque murió cuando Raúl tenía 15 años, pero el muchacho se trasformó en uno de los mejores ciclistas de competencia de la zona y de Mendoza. Y allí nació otro capítulo riquísimo en la vida de don Gómez, que ya vivía con su familia en la esquina que Godoy Cruz y Remedios de Escalada y que Amado Cura había escriturado a nombre de su madre.
Un día, allá por los comienzos de la década del 50, llegaron a San Martín Juan Gálvez y con su hermano Roberto como acompañante. La cupé Ford paró en la Unidad Básica Peronista. “El auto tenía inscripciones por todos lados que decían “Reelección 52 -58. Fórmula Perón – Evita”.
Raúl Oscar Gómez tenía 18 años y fue a curiosear. Allí se encontró con Enrique Stoisa, que era senador provincial. “¡¿Qué hacés Raulito’!. ¿No te animás a representarnos como los Gálvez, pero en bicicleta? – cuenta el hombre- .”Yo le tomé la palabra y un tiempo después uní Mendoza con Buenos Aires.Fueron cuatro días para hacer mil y pico de kilómetros, a 200 y tantos por día. En la casaca tenía inscripciones por todos lados, como Perón cumple y esas cosas”.
Don Gómez recuerda que llegó a la seccional de la UOCRA, en Rawson 42, a pocas cuadras de Plaza Once. “A las 21 horas me dieron audiencia con Eva. Cuando entré a su despacho ella se sorprendió. Pensé que era porque yo no estaba de traje, sino vestido de ciclista. Pero no. Era porque, según me dijo, me veía muy parecido a otra persona”.
Aquel deportista recuerda lo que le dijo Eva Perón: “Usted es muy similar a un joven que va a la Universidad y que es el primer integrante de la Juventud Peronista. Se llama Antonio Cafiero. Ahora usted será el segundo integrante de la Juventud y nos representará en Mendoza”.
Gómez dice: “Lo único que le pedí fue trabajo y Evita me hizo una carta de recomendación: “Cédasele trabajo, municipal, provincial o nacional, según la capacidad del portador”, decía uno de los párrafos de la nota.
 A las pocas semanas el joven Gómez se presentó con semejante misiva en la Jefatura de la Policía de Mendoza. “Yo no tenía hecho el servicio militar y era difícil entrar, pero inmediatamente me atendió Roberto Costa Villalba y ordenó que me mandaran a la Escuela de Policía y me dieran instrucción. Después pasé a ser motorista personal de él”.
Gómez estuvo en la Policía hasta el 55, cuando se produjo el golpe militar. Pero entre medio pasó algo trascendental en la vida del artesano. Cuando tenía 19 años conoció a una jovencita de 15: Elsa Petrona Merlo.  “No me la quise perder y nos casamos”, cuenta.
En esta parte el anciano no puede contener la emoción. Sin embargo recuerda. Estuvimos casados 55 años, hasta que se me murió el 15 de junio, de hace 7 años. Ese día estaba riéndose con los vecinos en la vereda. Entró y me dijo:´me siento medio mareada, viejito. Yo le dije: ´Estarás por engriparte, viejita´.Entonces se sentó, hizo ´¡jhhhhh¡´ (inspira con la boca abierta) y se me murió. No alcanzó ni a hablar. Fue un infarto”.
“Desde que nos casamos y hasta el último momento yo le llevé todos los días el desayuno a la cama. Ella fue mi destino. Yo no fui un dominado pero si ella condujo mi destino y fui conducido por una mujer extraordinaria”.
Después renunció a la Policía (“Si hubiera hecho lo que hizo la mayoría, que fueron despedidos y luego Perón cuando volvió a ser presidente les reconoció la antigüedad de todos los años no trabajados y los ascensos, me hubiera jubilado como comisario”) Gómez se dedicó a la albañilería. Pero su habilidad manual inmediatamente sobresalió y se transformó en un especialista en hacer trabajos casi artísticos, con la cuchara y el fratacho.
Tan bien le fue que terminó yéndose a vivir a Buenos Aires. “Estuve allí veinte años, trabajando muchísimo y después viví cinco años, especialmente construyendo casas quintas”. Se convirtió en un artesano de obra, haciendo fuentes de agua, querubines y palomas. “Esto lo aprendí solo”, reconoce.
Ahora le cuesta moverse y trabaja sentado. Tiene una hernia de disco que lo tiene a mal traer. “Un día de estos me voy a San Luis a ver si me pueden arreglar un poco”. Buscará un componedor de huesos y tratará de seguir adelante.
Dice que el 20 de junio cuando cumpla los 80, no hará festejos. Pese a que estarán con el sus hijos, sus catorce nietos y sus dos bisnietos, dice que “ya nada tiene sentido después de que murió mi viejita. Solo espero el momento en que pueda acompañarla”.
En su tallercito lo miran los ángeles, los Gardeles , los Perones y los Maradonas. Trabaja con la puerta abierta y también lo miran los transeúntes. Es imposible no mirarlo. De allí surge un aire cálido, intenso, a veces melancólico, siempre tierno. 

viernes, 26 de abril de 2013

Disc jockey, canillita y abogado



Por Enrique Pfaab


Dice que la sociedad actual trata de esconder y deshacerse de aquellas cosas para las cuales no tiene respuesta. Entonces las cárceles están llenas de pobres y las acequias de basura. El hombre sabe bien de lo que habla. Es abogado y dedica su tiempo libre a juntar los desperdicios que otros arrojaron en cualquier lado.
Hace cuatro años Oscar Sívori decidió salir a juntar basura. Ahora ya son cuarenta las personas que siguen su ejemplo y conforman un grupo al que llaman “Ciudadanos Anti Plástico”.
“Lo empecé a hacer como un ejercicio espiritual. Salir a juntar basura era una forma también de acomodar cosas adentro mío”, dice. En San Martín su nombre de pila casi se ha perdido y todos lo llaman “Negro” y algunos todavía recuerdan su época de joven cuando era disc jockey y trabajaba en una FM y lo llamaban “Black”.  Ahora, dos décadas después, es uno de los abogados penalistas más conocidos de la zona Este, presente que logró gracias a que se pagó los estudios en Santa Fé trabajando de lavacopas, vendiendo diarios y recibiendo una modesta ayuda de su madre, quien era trabajadora rural.
“Salir a juntar basura es también vencer un montón de prejuicios. La basura es ligada a la pobreza y, en realidad, no es así”, sostiene hoy, cuando su particular forma de trabajar por la comunidad es acompañada por un grupo conformado curiosamente por profesionales.
Sívori no lo es un ecologista. “No creo en los que hablan de la ecología, de Derecho... Creo en las personas que hacen, en las que construyen desde adentro. Porque tenés que trabajar en vos para poder modificar el afuera”.
El Negro salió solo una tarde de hace cuatro años e hizo el trabajo de cirujas y cartoneros, pero con una diferencia: Embolsaba la mugre y la dejaba lista para ser llevada al vertedero municipal. “Noté que la gente me miraba asombrada. No podía entender muy bien cómo alguien venía a juntar aquello que otros habían tirado, sin ánimo de sacar provecho de eso”.
En algún momento compartió esos descubrimientos con su esposa María Laura, quien decidió acompañarlo. “Así empezó. Después comenzamos a convocar por las redes sociales y ahora viene gente hasta de Godoy Cruz”.
El primer lugar de limpieza elegido fue la plaza del barrio Córdoba. “Elegí ese lugar porque noté que allí se daba una gran contradicción: las personas que iban a correr y hacer ejercicios para cuidar su cuerpo, tiraban las botellitas de agua mineral en la cuneta”. Ese fue el primer día. Hoy esta brigada voluntaria tiene entre sus logros haber construido con botellas de plástico un árbol navideño en pleno paseo céntrico de San Martín. “Después todas esas botellas las vendimos y recaudamos $600, con los que compramos cuadernos y lápices para una escuela de la zona”, cuenta Sívori.
Para el abogado ser buen ciudadano “no es solo pagar los impuestos y esperar a que el Estado resuelva todas nuestras necesidades. Las acequias se llenan de basura porque nosotros la tiramos allí, esperando que después la Municipalidad las limpie”, y agrega: “Si uno cambia en su interior, si cambia sus costumbres, puede generar un cambio en su entorno. Yo estoy convencido que si esto se generaliza el mundo puede cambiar y ser un lugar mejor para vivir”.
De tanto andar juntando lo que otros tiran Sívori confirmó algunas cosas que ya sospechaba. “Este problema trasvasa todas las clases sociales y no tiene ninguna relación con la pobreza. Aún más: ensucia más la clase alta, porque tiene mayor poder adquisitivo y genera más residuos”.
Oscar Sívori define esta actividad como “un acto de protesta, no como un acto ecológico. Queremos generar conciencia. Que aquel que tira nos vea juntar e inducirlo a un cambio de conducta y que cada uno se termine haciendo cargo de su basura”.

No es un estatus

Nació en abril del 68 en Lomas de Zamora del vientre de una madre mendocina y sanmartiniana,  Eufemia María Álvarez, a quien todos llaman Porota. “Mis padres se separaron por el 72 o 73 y mi madre y yo nos vinimos a Montecaseros”. Su padre tiene otros 8 hijos y Oscar Sívori los llama hermanos, pese a que no se crió junto a ellos pero con los que luego estrechó lazos.
Porota, que el viernes pasado cumplió 83 años, era obrera rural y trabajaba para la firma de la familia Profili, Montecaseros S.A. La infancia de Oscar fue la de un niño criado entre vides y estrechez económica. Fue a la escuela primara en Montecaseros y el secundario lo hizo en el Comercial, de San Martín.
“Yo no quería ser abogado, quería ser abogado pero cuando me fui a anotar las inscripciones ya habían cerrado”. Era el 86. “Entre a trabajar como cajero en Multicrédito  y en el 88 me inscribí en abogacía en la UnCuyo, cuadno todavía la facultad estaba en la calle San Martín. Hice 1 año. Después la facultad se trasladó al Parque y se me hacía muy difícil viajar desde Montecaseros hasta allí. Entonces abandoné y empecé a trabajar en Radio Merlín. Me fue muy bien. Además comencé a trabajar como disc jockey en un boliche muy conocido”.
A “Black” Sívori le iba muy bien, pero “me di cuenta que eso no lo iba a poder hacer toda la vida. Entonces, con 26 años, me fui a Santa Fé a continuar la carrera de Derecho, incentivado por algunos amigos que ya estaban allá”. Le habían prometido un trabajo en una radio, pero cuando llegó allá esa promesa no se concretó. “Terminé de lavacopas en un boliche. Pasé de ser disc jockey al puesto más bajo de una discoteca”. Mientras estudiaba el carácter y las ganas del “Negro” hizo que terminara siendo, con el paso de los meses, jefe de barra del mismo boliche. Pero el ritmo de vida era enloquecedor. De noche el trabajo y de día la facultad. Entonces cambié. Un viejito que me vendía diarios me ofreció ser canillita. De 9 a 11 de la mañana me paraba en un semáforo y vendía los diarios de Buenos Aires y ganaba la misma plata que en el boliche”.
Sívori se recibió de abogado en marzo de 2000. Justo cinco años después de su llegada a Santa Fé. Además de los diarios en los últimos años había hecho un dinero extra vendiéndole monografías de Derecho a los estudiantes que debían presentar la tesis. “Mi madre me había, durante toda mi carrera me ayudaba mandándome $100 y el alquiler me salía $150. Cuando la llamé para decirle que me había recibido, me dijo: “Que suerte, porque ha caído mucha piedra y este año no te iba a poder ayudar”.
Después, con un Citröen 2 CV sin papeles, comenzó a trabajar de defensor Ad Hoc, hasta que consiguió establecerse.
En la facultad fue un militante activo de izquierda, pero en el fondo es un anarquista y subraya que así “cada cual se debe hacerse responsable de sus actos”.
Dice que ser abogado es un trabajo y no un status. Que el sistema represivo del Estado no atiende los problemas de fondo y por eso las cárceles están llenas de pobres. Que se intenta ocultar los problemas. Que no se sabe qué hacer con la basura.  “Nadie se quiere hacer cargo de esas cosas. Yo empecé juntando botellas”

miércoles, 24 de abril de 2013

Mustafá Tafito:el boxeador ignorado, el famoso sparring


Texto: Enrique Pfaab

Foto: Diario Los Andes

Si no le hubieran dado un laxante para bajar 4 kilos y pelear en la categoría inferior. Si a mediados de los ´50 la revista El Gráfico no hubiera confundido su apodo con su apellido y no lo hubiera catalogado como un “ilustre desconocido”. Si no tuviera miedo a los aviones. Si sus “profesores”, como dice él, no lo hubieran engañado siempre con la plata que debía cobrar. Si todo hubiera sido distinto quizá Sebastián Mustafá Asmar, más conocido como Tafito, hubiera sido una de las glorias del boxeo nacional. Pero todo fue así y entonces fue durante 60 años un querido colchonero de San Martín. Los 260 combates quedaron solo en su recuerdo y en el de aquellos que lo aprecian.
Tal vez el destino esté escrito desde siempre, como dicen. Posiblemente un hombre humilde y honesto deba cumplir solo con la noble y sencilla misión de sembrar un pequeño ejemplo para que el mundo se mantenga en equilibrio. Quizá todo dependa de como cada cual defina su encrucijada, sus encrucijadas, esas que resolverán su vida irremediablemente. Quizá este hombre de 86 años, que pasó los últimos 55 haciendo colchones, hubiera podido ser uno de los boxeadores más grandes del país si su padre no hubiera comenzado a condicionar su destino aún antes de que él naciera.
Salvador Asmar llegó a Mendoza a principios del siglo XX, Venía del Medio Oriente. Se afincó en el Este y junto con él llegaron otros dos apellidos árabes: Llaver y Morcos.
Salvador era ya un hombre grande. Sus descendientes locales suponen que en Arabia dejó esposa e hijos, alguno de los cuales se debe haber llamado Tafito. “Por eso me puso ese apodo”, imagina Sebastián Mustafá Asmar quien tiene solo recuerdos infantiles de su padre, que murió dejando una viuda argentina y cinco hijos chicos. “Yo soy el del medio y el único que sigue vivo”, dice.
El apodo Tafito fue tan poderoso que anuló su apellido y en San Martín muchos conocen a Mustafá Tafito pero nadie sabe indicar donde vive Sebastián Asmar, datos que solo han sido útiles en trámites administrativos y que generaron siempre confusión y desconcierto. “Una vez hice una pelea acá con Rubén Dávila, un sanjuanino que estaba muy bien ubicado en el ránking argentino. Le gané muy bien. Me acuerdo que en la revista El Gráfico salió: Dávila perdió con Tafito, un desconocido”. Es que en Buenos Aires al sanmartiniano lo conocían por su apellido real y lo tenían bien ubicado, después de 230 peleas como amateur, casi 30 como profesional y varios combates de semi fondo en el Luna Park.
Fue sparring del Mono Gatica y Pascual Pérez. “Con Pascualito fuimos muy compañeros y el Mono solía pedirle a mi profesor: “Che, prestame el pibe”. Nos estrenábamos juntos los dos. El me pegaba fuerte y yo le daba con todo. Pero éramos amigazos”.
Sin embargo los últimos recuerdos que tiene Tafito de estos dos hombres son agrios, aunque él no parece sufrirlos. “El Mono vino un día a pelear a Mendoza. Paró en una bomba de nafta de San Martín. Iba en un auto con tres mujeres. Yo no lo alcancé a ver”, dice.
También su memoria guarda el día en que Pascual Pérez regresaba a la provincia después de consagrarse campeón mundial en Tokio ante Yoshio Shirai el 26 de noviembre de 1954. “Venía en tren y yo fui a la estación, pero había tanta gente que no lo alcancé a ver”.
Mientras su padre Salvador vendía chucherías en un carrito, después se montaba un almacén y compraba el primer colectivo que iba a transitar las calles de San Martín, él comenzaba a boxear en el precario ring de un baldío, cuando tenía apenas 12 años. Después vinieron 230 peleas como amateur por todo el país, “no como ahora, que hacen 10 y ya pelean por el campeonato mundial sin salir de la provincia”.
Cuando estaba haciendo el servicio militar en la Marina, en Puerto Belgrano, le tocaron las eliminatorias para los Juegos Olímpicos de Londres. Le tocó combatir con otro mendocino, Cirilo Gil. “Fue una pelea pareja, pero me la dieron por perdida. Después a Cirilo lo operaron de apendicitis y finalmente no fue nadie a las olimpíadas en esa categoría”, se lamenta.
Mustafá Tafito (hay que aceptar que así debe llamársele) vive en una sencilla casa del barrio Jardín. Su voz devela su edad, pero su estado físico es envidiable. “Camino todas las mañanas y antes de acostarme hago gimnasia. Mi médico, cada vez que me ve, me dice: No se para que venís si estás mejor que yo”. Si por el fuera seguiría fabricando colchones “de esos que duran 20 años”, pero su hija Norma no lo deja. “Hace un tiempo se agarró una pulmonía y estuvo internado 15 días. Entonces le prohibimos seguir trabajando”, dice la mujer, que conserva toda la fisonomía de sus ancestros árabes.
Los vecinos dicen: “¿Tafito? Vive ahí, pero es difícil que lo encuentre porque siempre está en la calle haciendo cosas”. Pero ahora, en esta noche de viento Zonda, está sentado en la mesa de la cocina, en donde desparrama algunas fotos, una caja con veinte medallas y varios diplomas de reconocimiento. “En algún lado de la casa hay una valija llena de recortes y también está la bata que usaba. Los guantes, las botas y el pantalón los presté y no me los devolvieron más”.
Y recuerda: “Un día llegué al Luna y me encontré al Mono Gatica sentado, con los pies arriba de un escritorio y fumando un habano. “Nene, nunca hagas lo que hago yo”, me dijo. A él lo quería mucho el general Perón y por eso pudo ir a Estados Unidos y conseguir una pelea con el campeón del Mundo. Recibió una paliza y al pobre lo noquearon en el primer round. Perón casi lo mata cuando volvió”. Tafito hace mención a la incursión que hizo José María Gatica en el Madison Square Garden de Nueva York en 1951, cuando peleó con el gran Ike Williams. En ese combate el cinturón de campeón mundial no estaba en juego. No hacia falta.
Tafito repasa: Yo era pluma. Una vez peleé con Ubaldino López, que un mes antes había empatado con Alfredo Prada, campeón argentino. Tuve que subir de peso y le gané muy bien. Como la pelea había sido acá, en Mendoza, en las notas periodísticas me nombraron como Mustafá Tafito y en Buenos Aires me conocían como Sebastián Mustafá Asmar. Entonces El Gráfico dijo que López había perdido con un desconocido”.
Su última pelea fue en el Luna Park. “Yo pesaba 58 y me hicieron bajar a 54 para pelear con el campeón argentino. No aguanté, estaba demasiado débil y perdí. Después me volví a Mendoza”.
Don Mustafá tiene nietos. Ellos le cuentan a sus algunos compañeros que su abuelo fue un gran boxeador. “Pero no les creen. Para ellos yo soy el colchonero”. Es que, por más que pese, el destino parece estar escrito...injustamente. 


El otro Artime



Por Enrique Pfaab
Los dos nacieron en el mismo pueblo. Uno fue un goleador genial. El otro soñaba que lo era.
El primero quedó en la historia como uno de los “9” más temibles. El segundo fue uno de los tantos personajes entrañables de esa incipiente ciudad, cuyos habitantes veían cómo cada semana creaba su propia realidad para relatar hazañas imaginarias.
Luis Artime fue un goleador soberbio. Pueden dar fe de ello las estadísticas de los campeonatos argentinos y uruguayos de los años ’60 y principios de los ’70, y la memoria de los hinchas de Atlanta, River, Independiente y Nacional.
Pero su gloriosa historia deportiva no es la que lo convoca a ésta página, sino su relación con Mendoza, un tanto fortuita y en parte desconocida hasta por el propio centrofóbal.
Artime nació en la ciudad de Palmira el 2 de diciembre de 1938.
Su padre era ferroviario y estuvo destinado allí durante varios años, hasta que lo trasladaron a la ciudad bonaerense de Junín, cuando Luis era un niñito de 10 años.
Mientras en la Pampa Húmeda el goleador se formaba y debutaba en la primera de Independiente de esa ciudad, en Palmira crecía su pintoresca réplica: el Loco Artime, un muchacho “medio falto” que en realidad era de apellido Barbosa y que con el tiempo relataría como propias las hazañas del centrodelantero.
Luis Artime convirtió 289 goles en primera división. En cuatro campeonatos argentinos fue el máximo anotador y tres veces repitió esta proeza en Uruguay. Además hizo 24 tantos en los 25 partidos que jugó en la Selección nacional.
Y cada uno de esos goles, especialmente los 70 que convirtió en los 80 partidos que jugó para River entre el ’62 y el ’65, fueron contados en primera persona por su émulo en Palmira.
El Loco Artime –en realidad, Barbosa– acostumbraba a recorrer la avenida principal de Palmira relatando sus proezas futbolísticas.
Esto lo hacía de lunes a jueves. Los viernes y los sábados los dedicaba a correr por esa misma Avenida del Libertador para “ponerse en estado” para el partido del domingo.
“¿Qué estás haciendo, Artime?”, le gritaba la muchachada desde la otra vereda, mientras el Loco corría por la del bulevar totalmente concentrado.
“¡El domingo jugamos con Huracán y tengo que estar afilado!”, respondía jadeando.
Junto a él iba el Pocho, otro muchacho también con algún inconveniente mental, que lo escoltaba en bicicleta.
En los momentos de descanso se ubicaban en un banquito de la avenida Juan B. Justo, a la sombra de uno de los tantos pinos, y se pasaban horas compartiendo una conversación ininteligible y otras veces inmersos en un absoluto silencio.
A veces recobraba algo de energías con una tortita de la panadería El Sol y otras iba hasta el bebedero de la plaza Sarmiento para aplacar la sed y escurrirse el sudor.
El Loco solía escaparse cada tanto en algún tren carguero que salía hacia Buenos Aires. Quizá quería llegar al estadio antes que el referí pitara el inicio del partido.
Su hermano Remigio, apenas descubría su ausencia, alertaba a los encargados de la estación y éstos daban el aviso a la estación de La Paz.
Allí bajaban al Loco Artime del tren y lo mandaban de regreso en el próximo convoy o bien esperaban a que Remigio lo fuera a buscar en su moto Mondial.
Los lunes a la tarde eran los mejores momentos del falso Artime. Le relataba a quien quisiera escucharlo los inolvidables goles del verdadero artillero, daba hasta las formaciones de los equipos y contaba en primera persona las vicisitudes del partido.
Un día el Loco murió. Unos dicen que se enfermó; otros, que tuvo un accidente. La versión más cruel dice que unos borrachines lo golpearon salvajemente.
Desde ese día el Pocho no salió más de su casa. Un familiar contó que después de muchos años lo mandaron a vivir con un hermano en Buenos Aires. Cuentan que una tarde salió a caminar por la ciudad y no regresó más. Lo dieron por desaparecido y después de pasado muchos años sin saber de él lo dieron por muerto.
El que escribe apoya una teoría mejor.
Pocho tiene claro el sentido de su vida y su epitafio no se escribirá hasta que cumpla con su destino.
El fiel amigo vaga por las ciudades ribereñas del Plata en busca de su amigo. Los domingos alterna las visitas al antiguo Monumental, a aquella doble visera de cemento y hasta el histórico Centenario de Montevideo.
Su único fin es mezclarse entre la hinchada local y esperar a que la multitud quede afónica gritando el último gol de su inolvidable amigo.
Después de todo, qué otra cosa es el fútbol sino una ilusión de la felicidad.