jueves, 4 de febrero de 2016

El cajón del escritorio



Después de nunca, finalmente tengo un escritorio. Me lo regalaron, antes de dejarlo en la calle para que se lo lleve el botellero. Es de chapa plegada, tiene un vidrio sobre la tapa y dos cajones con sus respectivas cerraduras que no funcionan.

Es difícil saber el año en que fue nuevo. Puede ser de los 50. Es el típico escritorio de repartición pública. Quizás un banco, la dirección de una escuela, una oficina de Entel o de Obras Sanitarias, un juzgado,… hasta una comisaría.

No tiene marcas o inscripciones que delaten su pasado. Solo una: el cajón derecho está manchado con tinta. Es tinta azul, la de la almohadilla de los sellos. El tipo anterior, el que alguna vez se sentó aquí mismo y que seguramente estará muerto, guardó alguna vez en el cajón los sellos y la almohadilla.

Casi lo veo. Era pelado, usaba casi siempre una camisa celeste, con corbata azul, a rayas y bien ancha. Las camisas se las regalaba su esposa, una para el cumpleaños y otra para Navidad, y la corbata se la regalaba su suegra, siempre azules y a rayas. Miraba por arriba de los lentes de leer y resoplaba, cada vez que revisaba los papeles que le traía otro tipo casi igual que él, para que los firmara y les pusiera el sello.

En realidad, tenía dos sellos. Uno decía APROBADO y el otro RECHAZADO. El primero estaba casi nuevo, apenas manchado con tinta. Al otro ya lo habían tenido que renovar varias veces.
Abajo del vidrio del escritorio, el tipo había puesto fotos de su familia. Su mujer y sus cuatro hijos. Todos eran gordos y sonrientes.

No importa en qué repartición trabajaba. Era el tipo del escritorio y su trabajo lo podía cumplir en cualquiera. Podía rechazar con igual esmero una conexión de agua como una libertad condicional.

El tipo llegaba a las 8 y se iba a las 14. Puntual como nadie. Jamás faltaba. Era un tipo modelo.

De tanto revisar el escritorio, encontré un papelito encajado en una rendija del cajón izquierdo. El papel ya estaba amarillo. Tenía una inscripción en lápiz, ya bastante borrosa por el paso del tiempo.
Solo dos palabras tenía el papelito, escritas en mayúscula. Simples. Contundentes.

“PELADO PUTO”

miércoles, 27 de enero de 2016

Foreman mira al cielo




Los recuerdos son maravillosos. Son mucho mejores que la realidad. Esta foto estuvo pegada en la cabecera de mi cama durante los últimos años de mi infancia y bastantes de mi adolescencia, digamos entre los 11 y los 17. Es una foto muy buena, pero yo la recordaba mejor aún.
En la foto de mi recuerdo George Foreman está tirado exactamente en el centro del ring, casi colocado allí con precisión geométrica. Mira al cielo, aturdido, con los brazos abiertos. 
Muhammad Alí está elegantemente parado en el rincón neutral y se puede sospechar que sonríe e insulta.
El árbitro no aparece en la escena, aunque ahora me doy cuenta que eso es imposible. No aparece y no la ensucia. En el ring del recuerdo de esa foto, de esa madrugada del 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, en Zaire, el árbitro no aparece.
Alí ha conseguido lo que quería: vengarse del gobierno estadounidense que lo metió preso por negarse a combatir en Vietnam, le quitó el título y le prohibió pelear.
Yo recuerdo la foto. Estuvo pegada en la cabecera de mi cama, en un tabique de cartón prensado que separaba burdamente la única habitación en donde dormíamos mi hermano, mi viejo y yo, del único otro ambiente que era todo lo demás.
Foreman miraba al cielo, pero desde mi cabecera miraba a mi rudimentaria biblioteca, que era mi puerta al resto del mundo.
Foreman escuchaba la cuenta de 10 del árbitro, que yo borré de mi recuerdo. Fue lenta la cuenta, duró años. El árbitro imaginario recién gritó “¡out!”, cuando yo me fui de casa, para siempre.

La vida en una cuadra



Hace un par de meses me mudé a un departamento, que queda en un primer piso. La cuadra en donde está, tiene de todo. Es una cuadra más larga de lo normal, de unos 130 metros.

La calle tiene mucho tráfico, las veredas árboles grandes y la gente pasa sin mirar hacia arriba. El arriba no existe para nadie. El mundo termina a la altura de la frente. No había notado eso, hasta ahora.

En mi cuadra hay de todo, para vivir. En una esquina hay una peluquería y en la otra una funeraria. Entre medio hay un almacén, una casa de tejidos de bebés, una dietética, un centro médico en donde hacen radiografías y ecografías… En la vereda de enfrente hay otro almacén, un centro de diálisis, una agencia de quiniela…

Mi cuadra tiene de todo. Uno puede vivir acá, sin salir a ninguna parte.

Solo hay que tener cuidado e ingresar a cada negocio en el orden que corresponde. 

jueves, 14 de enero de 2016

La terraza


El lugar donde vivo no tiene muchas virtudes. En realidad, no tiene mucho de nada. Lo que si tiene, es una terraza.
No es una terraza preparada para serlo. Más bien es un techo plano, donde no hay casi nada. Apenas el tanque de agua y un tendedero en donde solo se puede colgar la ropa que uno pretende regalarle a los perros del vecino. Por allí arriba, siempre hay viento. Fuerte, más o menos fuerte o, como mínimo, una brisa intensa que arranca las sábanas, las camisas y hasta los calzones. Apenas las medias resisten. Desde que vivo acá, tengo muchas medias y poca ropa.
Es un departamento solitario en un primer piso, arriba de un local vacío. Por eso, la terraza está bien alto, más por arriba que casi todo el resto de la ciudad. Apenas la superan algunos edificios lejanos, el campanario sin campanas de la Municipalidad y el mástil de la plaza.
Pero ahí donde se la ve, tan modestita y sin barandas ni nada, la terraza es lo mejor que tiene este lugar. Es el mejor lugar que he conocido en los últimos años. Pero no siempre. Es el mejor lugar cuando cae el sol, cuando ya es de noche. Antes, el sol revienta la piel.
Pero cuando oscurece, todo cambia. Siempre está fresco. Siempre hay una brisa, por lo general del sudeste, que cruza la terraza y renueva.
Pero eso no es lo mejor de la terraza. Allí arriba, los ruidos de la ciudad ya casi no se escuchan y las luces artificiales ya no molestan. Entonces, el cielo es más oscuro y las estrellas mucho más brillantes.
La primera vez que subí ahí de noche, me impactó. Más aún: me llevó al pasado, a otros cielos similares.
Y, a pesar de que los creía ya olvidados, se acomodaron instantáneamente en el cielo de mi terraza.
Sin pensarlo, supe hacia dónde mirar para buscar la Cruz del Sur, las Tres Marías y hacía dónde para ver todavía a Venus, que quería acostarse en la cordillera.
Y recordé tres cielos.
Uno, el de mis años niños, en mi tierra. Allá, en medio del monte, en donde estaba la casa de mi viejo. No hay otro cielo más estrellado que ese. Ninguno, en ninguna parte.
El otro cielo es el que vi cuando tenía (creo) unos 19 años. Yo corría en medio de la noche, por la ruta, entre Carmen de Patagones y Viedma. No había nada ni nadie. Solo yo corriendo, dejado de un tremendo cielo estrellado. No recuerdo haberme sentido así nunca más. Perdí la noción del tiempo, del lugar, del cansancio, del destino. Algún día contaré que así allí, esa noche, corriendo. Esa es otra historia.
El tercer cielo fue el de una noche en Neuquén. En un banco de una plazoleta que quedaba junto a la terminal de ómnibus vieja, de la ciudad capital. La última vez que pasé por Neuquén me causó una gran desolación ver que ya el banco no estaba, ni la plazoleta, ni la terminal. La de aquel cielo estrellado fue la misma sensación de inmensidad, aunque quizás esa noche la inmensidad tenía otros condimentos. Creo que yo tenía unos 32 años.
En mi terraza, en este modesto espacio sin firuletes, encontré mis otros tres cielos la primera vez que subí.
Desde ese momento, subo todas las noches. A veces me quedó un rato larguísimo y otras solo un instante.
No hay nada especial allí. Apenas un cielo estrellado, con la Cruz del Sur y las Tres Marías y mis otros tres cielos.
Es una zoncera. No me hagan caso. Quizás solo supo a la terraza a esperar que pase un pelado por la vereda y gritarle alguna cosa, sin que me vea.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Don Tito


Creo que fue (más o menos) en el 85. Don Tito era un hijo de polacos, más polaco que argentino. Vivía en algún lado de la zona norte del Gran Buenos Aires. Se tomaba el tren Retiro / Tigre. Creo que se bajaba en alguna estación de la mitad de recorrido, que bien podría ser Acassuso, quizás Martínez.

Era el encargado diurno de un lugar concheto de Recoleta de la calle Quintana, que en una vereda tenía un restaurante, en el subsuelo un boliche y en la vereda de enfrente una especie de pub exclusivo, en donde van los que tienen plata a gastar su plata. La empresa tenía ese lugar y otro igual en Punta del Este.

Don Tito era una especie de capataz que le ordenaba a los peones de maestranza y de mantenimiento  lo que debían hacer, para acondicionar ese complejo, que solo abría de noche.

En ese tiempo Don Tito debe haber tenido entre 55 y 60 años, pero parecía más grande. Tenía un poco de sobrepeso y su salud era inestable. Tenía problemas de presión y esas cosas y tomaba varias pastillas.

Era un tipo bueno. Era amable, muy atento a lo que decían sus patrones y, como la mayoría de los voluntariosos incondicionales, solía cometer el pecado de los chupamedias y los delatores. Pero, aún así y con su “tropa”, intentaba que nadie perdiera el trabajo.

Un mozo que trabajaba allí por la noche, me recomendó para cubrir un puesto vacante en mantenimiento. Así conocí a Tito.

Nunca fui un técnico ni nada, pero siempre he tenido la virtud de encontrar formas prácticas para resolver problemas complejos y esa fue lo único que me permitía hacer mi trabajo con cierta dignidad.

No éramos un grupo grande de trabajadores. No más de 15. La mayoría eran paraguayos y peruanos. Buena gente. Pero ninguno quería a Don Tito. Para todos era el jefe y, como corresponde, al jefe había que odiarlo.

A mi Don Tito me buscaba para hablar. Me contaba de sus padres, de sus orígenes, de su historia y le resultaba interesante mi capacidad para improvisar soluciones.

La mañana de cierto día de diciembre, cuando comienzan las reuniones familiares o entre amigos para despedir el año, cuando llegué al trabajo encontré a Don Tito en un estado calamitoso. Parecía estar totalmente borracho. Con mucho esfuerzo, pudo contarme que no había tomado mucho, pero había mezclado sus medicamentos con alcohol.

Lo ayudé a caminar hasta un sofá que había en el pub e hice que se acostara. Mis compañeros, aprovechando que estaba casi desmayado e indefenso, comenzaron a descargar la bronca contra el jefe. Le llenaron la cara de mayonesa, le sacaron y tiraron los zapatos a la basura y cosas como esa.

No sé por qué. A mi Don Tito me daba pena. Me parecía que su sumisión hacia los patrones era producto de su miedo a quedarse sin trabajo y a no poder conseguir otro, debido a su edad y su salud delicada.

Comencé buscar teléfonos de la familia del Tito y a avisar que el viejo debía ser llevado a su casa o a donde fuera. Como a mediodía, alguien lo vino a buscar. Estuvo unos cuatro días de licencia y, cuando regresó, no recordaba nada de lo que había ocurrido. Yo tampoco se lo conté.

Pero un tiempo después, sin saberlo, Don Tito me devolvió el favor. Yo había un arreglo bastante original en un balcón del pub, que había quedado muy lindo.

Al día siguiente Don Tito, me llamó y me dijo algo que nunca olvidé:
-Estuve con el patrón y me dijo que el trabajo que hiciste había quedado muy bien. Yo le dje que lo habías hecho vos y que eras muy capaz. Y, ¿sabés que me contestó?: “Si fuera tan capaz no trabajaría acá”. ¿Sabés por qué te cuento esto? Porque me gustaría que no le des la razón. Podés hacer muchas mejores cosas en tu vida que trabajar acá-

Yo quedé los siguientes tres días en un estado extraño.  Con una sensación rara.

Al cuarto día renuncié y nunca supe más de Don Tito. 
Se debe haber muerto.

Marta


No sé qué edad tenía. Seguramente debe estar todavía allí, porque tenía el espíritu y el andar de esas mujeres eternas, que no envejecen.
Era muy gorda. Tenía el cabello negro y larguísimo, que le llegaba mucho más allá de donde debía estar la cintura. Y se reía. Siempre y a las carcajadas.
Era de una tribu de Mar del Plata y, unos cantos años antes, había conocido a un taxista porteño y solterón, flaco, canoso y que también reía mucho y fuerte.
Se habían enamorado y, después de intentar llevarse a Marta por las buenas, terminó llevándosela por las malas. Se escaparon. “Me raptó”, decía Marta, y soltaba la risotada. Pero atrás de esa risa había una tristeza enorme. Por haber vulnerado las reglas, por no casarse con un gitano y con acuerdo de su padre, había sido expulsada y, por lo tanto, no podía visitar ni a su madre ni a sus diez hermanos.
No habían podido tener hijos. Llegaron a mi pueblo con algo de dinero y se compraron un terrenito en las afueras, donde se hicieron una casa cómoda y con una línea arquitectónica foránea, que no encajaba en el paisaje.
La conocí cuando Marta fue contratada por unas semanas, para hacer de empelada doméstica en la casa de un magnate que vacacionaba por allí. Yo hacía de peón y, en los ratos libres, le ayudaba a Marta en la cocina y en la limpieza del caserón inmenso. Hablábamos mucho y nos reíamos más.
Era el 86. En ese invierno, en una nevada estúpida y cuando ya había caído la noche, tuve un accidente en la ruta. El Rastrojero derrapó y caí a una barranca de 50 metros. Dio una, tres, cinco vueltas. La noble chata no sirvió más y yo sobreviví de pura casualidad. Salí solo de entre los fierros. Sangrando (todavía tengo las cicatrices en la espalda y en las piernas) subí hasta la ruta y caminé los tres kilómetros hasta la casa de Marta, que me recibió en batón y a los gritos, espantada.
Quince días estuve ahí, mientras Marta me curaba. Juntos vimos a Argentina salir campeón en el Mundial de México.
Después me fui, otra vez, a vivir a alguna otra parte.
A Marta la vi un par de veces más. Siempre gorda, siempre con el cabello larguísimo, siempre riendo.
La recordé hoy, no sé por qué. Quizás ella esté recordando a ese muchacho desorientado y herido que cobijó en su casa.
O, tal vez, haya pensado en ella porque posiblemente detrás de cada risa siempre hay alguna tristeza. Y viceversa.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Morir en Nochebuena

(Ilustración: Juan Pablo Gianello)

La foto de los cazadores, junto a su presa. En la mesa de acero inoxidable de la morgue del Hospital de San Carlos de Bariloche, está el cuerpo desnudo. El forense ya ha hecho su trabajo. El cadáver está totalmente abierto. El informe indicará que tenía ocho heridas de bala: una en el cráneo, tres en el rostro, dos en las piernas y las otras dos en el pecho.

Atrás del cuerpo los cazadores se abrazan, sonríen y posan para la foto. En el centro está el oficial principal de la Policía de Río Negro Daniel Jesús Navarro, que fue quien reunió y organizó el grupo. A cada lado están los ejecutores: el oficial inspector Jorge Saúl Bobadilla, jefe de la cuadrilla, y los suboficiales Héctor Mario Gadea; Ricardo Jesús Chávez; José Luis Antilaf; Alejandro Schmeisser; Osvaldo Raúl Sánchez; Néstor Fabián Millaqueo y José Luis Bobadilla.
Sonríen para la foto, detrás del cadáver desnudo y desguazado de José Pedro “Pedri” Figueroa. Un instante antes, el forense Leonardo Sacomanno realizó el mismo estudio en los cuerpos de Daniel Omar Palma, Florentino Jaramillo Oyarzún y José Oyarzo Navarro.

A Palma el médico le extrajo un proyectil del cráneo y certificó un balazo que le perforó la muñeca izquierda. A Jaramillo Oyarzún le encontró tres balazos en el pecho, que lo traspasaron de lado a lado. Oyarzo Navarro tenía siete balas en el cuerpo: cuatro en el brazo izquierdo, dos en el pecho y una en el abdomen.

Es 25 de diciembre de 1992. Los policías han acribillado a sus cuatro presas unas horas antes, en plena Nochebuena y cuando los petardos se confundían con los disparos, la mayoría hechos a no más de un metro de distancia. Ahora sonríen y quieren una foto que perpetúe el momento. Según ellos, han vengado la muerte del sargento Guillermo Osses, ocurrida cinco días antes cuando intentó evitar un asalto.

La cámara hace clic y el improvisado fotógrafo revela el rollo al día siguiente. Toma la precaución de hacer copias para cada uno de los nueve policías y hace una décima para él. La guarda en un cajón. La guarda durante 12 años hasta que, un día, se la muestra al periodista.
-¿Me la prestás, para publicarla? Quiero escribir algo del caso.
-No. Es mi seguro de vida. Seguirá guardada ahí. Uno nunca sabe lo que puede pasar…
El hombre tiene un temor fundado.

La impunidad

La masacre de Nochebuena quedará impune, después de un juicio declarado nulo y de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación considerara prescripta la causa, en diciembre de 2009. Para justificar el miedo, también hay que contar con las amenazas que recibieron jueces, fiscales y medios de prensa durante los meses que duró la instrucción del expediente 126/93 “Bobadilla, Jorge Saúl y otros s/homicidio en agresión”.

Las decisiones tomadas por el Estado y la Justicia rionegrina han sido contradictorias.

Todos los policías continuaron en funciones. Aún hoy la mayoría de ellos reviste en la fuerza,  aunque conservan la misma jerarquía que en 1992. El 8 de enero de 2014 Jorge Saúl Bobadilla, todavía con su rango de oficial inspector, fue designado jefe del Destacamento Especial de Seguridad Vial de la localidad de Ingeniero Jacobacci, por el Comando Superior de la Policía de Río Negro. La resolución fue refrendada por el gobernador Alberto Edgardo Weretilneck.

La justicia civil reconoció, después de muchos años, la responsabilidad del Estado en la ejecución de los cuatro hombres. Sin embargo la Provincia de Río Negro apeló la sentencia y todavía se niega a pagar la millonaria indemnización a los deudos.

Entre tanto, en septiembre de 2014, el Superior Tribunal de Justicia de Río Negro dejó firme un fallo de la Cámara del Trabajo de Bariloche, que había rechazado una demanda de los policías  Jorge Saúl Bobadilla, José Luis Bobadilla y Héctor Mario Gadea, que pretendían que se les dieran los ascensos que no se les habían otorgado mientras estuvo viva la causa penal y exigían que se les pagaran las diferencias de los sueldos correspondientes. En esencia, la Justicia dice que son hombres culpables, pero que no pudieron ser juzgados.

El hombre que guardó la foto, tiene un fundamento mucho más concreto que justifica su cautela: la falta de condena de la Masacre de Nochebuena, dejó una puerta abierta que la Policía de Río Negro ha seguido utilizando periódicamente.

La noche del 13 de abril de 2000 un grupo de policías hizo una razia en el barrio 34 Hectáreas, en los suburbios de la ciudad de Bariloche, y atacó a balazos a un grupo que bebía cervezas en un baldío. Héctor “Titi” Almonacid murió desangrado por una bala que le perforó una pierna. El sargento Domingo Anticura, supuesto autor del disparo mortal, fue absuelto.

Mucho más cerca, la madrugada del 17 de junio de 2010, una bala policial perforó la cabeza de Diego Bonnefoi, un chico de 15 años. Horas después, una revuelta vecinal provocó una brutal represión y las balas del Estado esta vez mataron a Nicolás Carrasco, de 16 años, y a Sergio Cárdenas, de 28.

De las ocho muertes, de los ocho ajusticiamientos policiales, solo recibió condena el homicidio de Bonnefoi.

La Nochebuena del 92, la noche sin luna de abril de 2000 y las 24 horas del 17 de junio de 2010 marcaron la historia de Bariloche. Desnudaron sus desigualdades y su enfrentamiento social, que resurge con cada mínima crisis. Ya no se puede maquillar esta ciudad como un lugar idílico.

Norma

Norma Gómez tiene 59 años. Es viuda desde hace casi 23 años. Su marido José Oyarzo Navarro murió de siete balazos.

“¿Sabe que es lo que más me duele?, que mis hijos no pudieron cumplir sus sueños. Si no hubieran matado a su padre, seguramente le hubiéramos podido dar la posibilidad de estudiar, de hacer una carrera. Yo sola, trabajando en los hoteles, no pude hacerlo”, dice Norma, que sigue viviendo en la misma casa de la calle Neuquén en donde criaba a Gisell y a Cristian, que eran niños pequeños en el 92.

Es una mujer amable, sencilla, que habla sin rencor pero con una enorme decepción y una profunda tristeza. “Tengo un sabor amargo. La Justicia ha estado ausente y eso, además del caso nuestro, ha dejado abierta una puerta para que la policía siga sintiéndose impune, haga lo que haga”.

Norma ha visto a funcionarios judiciales iniciar su carrera desde el primer escalón y jubilarse como jueces. Ha visto como los 15 cuerpos originales del expediente han pasado de abogado en abogado, sin que ninguno pudiera lograr darle una respuesta. Ha tenido una sentencia civil a favor, que la Provincia de Río Negro se niega a pagarle. Ha caminado casi 23 años por los pasillos de Tribunales y los estudios jurídicos, sin dejarse vencer por las constantes decepciones.

“Si, a veces me siento cansada de tanto ir y venir de papeles. Espero que alguna vez esto tenga un final. Antes quería que alguien se hiciera cargo de lo que pasó, que el Estado pagara por lo que hizo y que el dinero les ayudara a mis hijos a estudiar. Ahora, ya casi no espero nada”.

Los hijos de Norma ya son grandes. Tienen sus vidas encaminadas. Pero la masacre de Nochebuena no ha sido olvidada por nadie. Está presente, todavía. Tanto que, 23 años después, Norma dice: “Te pido que no digas donde trabajan mis hijos. Los pueden mirar mal. Hasta capaz que pierden el trabajo. Esta sociedad es así”. Y tiene razón. A Jorge Saúl Bobadilla la mayoría de los policías rionegrinos lo ven como un héroe, un referente. Una parte de la sociedad barilochense también.

Las dos ciudades

Bariloche está dividida en dos. Siempre lo estuvo, desde sus mismos orígenes. Su fecha de fundación fue resuelta por decreto del Poder Ejecutivo Nacional, que la fijó el 3 de mayo de 1902. El “San Carlos” se incorporó para reconocer a uno de los primeros comerciantes, Carlos Widerhold. El “Bariloche”, es una deformación de una voz nativa. Estas tres cosas, ya desconocen voluntariamente que estas eran tierras mapuches. Toda la historia oficial está contada desde la llegada del hombre blanco, del huinca, y deja olvidado todo lo anterior e ignora las masacres cometidas en la zona en nombre de la civilización, de la “Suiza argentina”.

En 1992 Bariloche  tenía poco más de 80.000 habitantes y se dividía entre patrones y empleados. Hasta en la geografía de la ciudad se marcaba (hoy ocurre lo mismo) la diferencia de clases: una ciudad rica y bella cerca del lago y los trabajadores y el pobrerío ocultos en la zona alta. Así se llama a los barrios periféricos: El Alto. Allí ocurrieron los hechos.

El sargento

En Bariloche las noches siempre son frías o, como mínimo, frescas. La del 20 de diciembre de 1992 no era la excepción.
A las 20, todavía quedaba un resabio del día, una penumbra, antes que el sol se acostara detrás del cerro Tronador.

En un barrio del Alto, alguien aprovechaba esa letanía para robar una camioneta que estaba estacionada en una calle poco transitada. Era una Ford F 100 verde claro. La chapa patente todavía llevaba la letra R de la provincia en donde estaba registrada y seis números: 001565.

El hecho no hubiera merecido ni un solo párrafo en las páginas de policiales, si no fuera porque fue el comienzo del hecho más salvaje ocurrido en la historia de la ciudad.

Nunca se supo quien la robó y por dónde circuló en las horas posteriores. Lo que sí se comprobó es que cerca de las 4.30 de la madrugada del 21, la F 100 ingresó al predio donde estaban los talleres y la las oficinas de la compañía Tres de Mayo, la empresa de transporte público de pasajeros local, ubicados en la esquina de Palacios y Hermite, del Alto barilochense.

La fiscalía dijo después que en la camioneta “había entre 6 y 10 personas, todos hombres, probablemente jóvenes”.
Estaban armados y, sin grandes problemas, redujeron a los empleados que lavaban los colectivos, algún administrativo rezagado y un par de choferes que esperaban tomar el primer turno de la mañana.

El custodio de la empresa era el sargento de la Policía de Río Negro Guillermo Osses, que normalmente cumplía servicios adicionales allí para llevar algún dinero extra a su casa.

Tenía 36 años y, unos minutos antes que llegara la camioneta, había concluido su turno y se iba caminando hacia su casa. Seguramente el grupo de la F 100 había esperado verlo salir pero, cuando ingresaron al playón, Osses todavía estaba a no más de 100 metros del lugar y observó el movimiento.

“Osses ya había cumplido con su trabajo. Perfectamente hubiera podido seguir su camino, pero evidentemente era un hombre responsable y regresó”, recuerda el periodista de Policiales Serafín Santos, hoy  jubilado, que fue uno de los que más de cerca siguió el caso.

La banda tenía un objetivo bien claro. Pretendía cargar en la camioneta la caja de seguridad de la empresa, que contenía gran parte de la recaudación del día 20.

El sargento Osses no tenía ningún equipo de comunicación que le permitiera pedir apoyo. Reingresó solo al playón de la Tres de Mayo. Algún testigo diría más tarde que alcanzó a dar la voz de alto y a identificarse como policía. Incluso se estima que desenfundó el arma y efectuó algún disparo al aire. La respuesta que obtuvo fue la de ocho balazos. Todos lo impactaron por debajo de la cintura.

Los integrantes de la banda supieron que ya era tarde. Que los estampidos seguramente habían alertado al barrio y que alguien llamaría a la policía. Entonces, decidieron abortar el plan y escapar sin llevarse nada.

El sargento Osses fue trasladado al Hospital Zonal y falleció a las 13.45 de ese mismo día, cuando ya la gran mayoría de los efectivos policiales de la Unidad Regional IIIa., están abocados de lleno a tratar de identificar y detener a la banda.

La causa recayó en el Juzgado de Instrucción en lo Penal Nº 4, a cargo del doctor Fernando Bajos. La forma en que llevó el caso, le costaría la carrera.

El secretario de Bajos era Ricardo Calcagno, hoy juez de Instrucción. El fiscal era Héctor Leguizamón Pondal, actualmente juez de Cámara. La subcomisaría 77ª (luego Unidad 28va.) estaba bajo las ordenes del subcomisario Hugo Vera, que años después fue funcionario de la Municipalidad de General Roca cuando la intendencia estaba a cargo del extinto gobernador de Río Negro y ex jefe de la SIDE, Carlos Soria. El segundo jefe de la subcomisaría 77ª, era el oficial principal Daniel Jesús Navarro, que luego fue jefe de Investigaciones.

La cacería

Sin orden formal del juez Bajos, incluso sin su pleno conocimiento, el oficial Navarro decidió, con la venia de sus superiores, formar un grupo de policías que se dedicara exclusivamente a buscar a la banda. Los seleccionó con cuidado. Eran policías considerados “bravos”. En un acta interna Navarro dejó su firma estampada, designando al oficial inspector Jorge Saúl Bobadilla como cabeza de ese grupo de 8 policías.

Desde la tarde del 21 y hasta el 23, se realizaron distintos operativos, varios de los cuales fueron simples razias.
En ellos se detuvo a Pablo Martín Figueroa, Juan Javier Figueroa, Oscar Horacio “Chivo” Báez y a  José Andrés Otarola. Pero el grupo de Bobadilla tenía más nombres en su lista. Pedro “Pedri” Figueroa, Daniel “El Visco” Palma y un tal “Chachi” figuraban en ella.

Miriam

El grupo de Bobadilla trabajó intensamente esos días. El 24 de diciembre creían estar cerca de detener a quienes todavía faltaban de la lista.

Algunos, incluso dentro de la misma fuerza policial, ya advertían que podía concretarse una venganza por la muerte de Osses, pero nadie le prestó atención a ese alerta o prefirieron dejar que se produzca.

En la tarde del 24 de diciembre una mujer joven entró a la subcomisaría 77ª. Era Miriam Medina. No fue allí porque sí. Bobadilla y sus hombres la habían entrevistado varias veces, la habían hostigado para que les diera una pista. Sabían que tenía una relación amorosa con el Pedri Figueroa y presumían que sabía dónde estaba.

En la subcomisaría Miriam Medina, acompañada por una amiga, se entrevistó con Bobadilla. Supuestamente les aporta un dato clave, a cambio de que no mataran al Pedri.

La propia Medina (según algunos) o su amiga (según otros) le contó a Bobadilla que esa noche Figueroa y el resto del grupo iría a su casa para despedirse. Querían dejar la ciudad, aprovechando que supuestamente los controles policiales estarían menos atentos por la Nochebuena. Figueroa quería viajar a Neuquén o el Alto Valle del Río Negro.

Bobadilla organizó el operativo inmediatamente, sin dar aviso al juez Bajos que, según costa en la causa, a las 19 del 24 dejó Bariloche para pasar las fiestas en otro lugar. Tampoco dio aviso a sus superiores, aunque otras versiones sostienen lo contrario.

La emboscada

El oficial inspector Bobadilla reunió en la subcomisaría a sus hombres y los puso al tanto de la situación y les dijo cual era el plan: una emboscada. Héctor Mario Gadea; Ricardo Jesús Chávez; José Luis Antilaf; Alejandro Schmeisser; Osvaldo Raúl Sánchez; Néstor Fabián Millaqueo y su hermano José Luis Bobadilla, lo escucharon atentamente.
Los policías, todos vestidos de civil, decidieron utilizar el auto particular de Gadea para movilizare. Era un Peugeot 504. Dos de ellos utilizaron otro vehículo particular, que nunca fue identificado claramente. Se dirigieron hasta la casa de Miriam Medina, ubicada en Los Colihues 1105, lugar conocido como La barda del Ñireco.

Los policías se ocultaron y esperaron, mientras en los hogares se disfrutaba la cena de Nochebuena.
Cerca de las 23.30, cuando los primeros petardos comenzaban a estallar, llegó un Renault 18 color claro. A bordo estaban José Pedro Figueroa, Daniel Omar Palma, José Oyarzo Navarro y Florentino Jaramillo Oyarzún.

La ejecución

El auto se detuvo a unos 20 metros de la casa. Florentino Jaramillo Oyarzún fue el único que bajó del auto y caminó hasta la casa de Medina. Antes de llegar, fue interceptado y reducido por el oficial Bobadilla, el cabo Schmeisser y, posiblemente, el cabo Millaqueo. La maniobra pasó desapercibida para los que habían quedado en el Renault 18.

Los policías llamaron a Miriam Medina y le preguntaron si conocía a Jaramillo Oyarzún. La mujer les contestó que no y luego le ordenaron que vuelva a entrar a la casa. Medina declararía meses después que, inmediatamente, escuchó tres disparos. Jaramillo Oyarzún había sido tendido en el suelo, boca arriba, y ejecutado de tres disparos en el pecho efectuados a 30 centímetros de distancia.

Simultáneamente el resto de los policías se abalanzó sobre el Renault 18 y comenzó a gatillar. Las pericias indicaron que los disparos se efectuaron entre un metro y un metro y medio de distancia.

En la hora siguiente y con la colaboración de otros policías que llegaron al lugar, el grupo de Bobadilla se dedicó a borrar pruebas. Se dispararon armas no identificadas y se las colocaron cerca de los cuerpos. Además se efectuaron más disparos con armas policiales. El objetivo era simular un tiroteo. Los vecinos del lugar, declararon después que los policías les gritaban que no salieran de sus casas, porque había un delincuente en las inmediaciones y que estaban persiguiéndolo.

La maniobra de modificar la escena, conjugada con el temor de los funcionarios judiciales de ganarse la enemistad de la policía, fue muy efectiva. La causa fue calificada como “homicidio en agresión”. Como si las muertes se hubieran producido en un enfrentamiento armado.

La causa fue juzgada con esa figura penal un año después por la Segunda Cámara del Crimen, que condenó a Jorge Saúl Bobadilla a seis años de prisión; a Ricardo Jesús Chávez a cuatro años y a Héctor Gadea, José Luis Bobadilla y José Luis Antilaf a la de 3 años y 6 meses, mientras que se absolvió a Osvaldo Sánchez, Alejandro Schmeisser y Néstor Millaqueo. Sin embargo el juicio fue declarado nulo tiempo después por el Superior Tribunal de Justicia por errores procesales y, tras años de espera de un segundo debate, la causa fue declarada prescripta por la Corte Suprema.

La única justicia

Al contrario de la causa contra los policías, la que tuvo como imputados a los primeros detenidos por el grupo de Bobadilla por el asalto a la empresa Tres de Mayo, sí fue juzgada y sentenciada. Allí se pudo determinar que alguno de los que fue ejecutado por el grupo de Bobadilla, no había participado en el asalto.

Ese expediente acumuló 4 cuerpos y una sentencia anulada. Finalmente culminó con la absolución de Oscar Horacio Báez y José Andrés Otarola.

Juan Javier Figueroa, por ser menor al momento del hecho, fue declarado responsable y luego se le aplicó la pena de 7 años de prisión efectiva.

Pablo Martín Figueroa fue condenado a 15 años de prisión efectiva. El 9 de octubre del 98, a las 6 de la mañana en la celda 314 del pabellón 7 de la Prisión Regional U.9 de Neuquén, su cuerpo apareció colgando del cordón de una zapatilla. Su deceso se había producido 8 horas antes. 

Según informes médicos e internos de ese penal, 3 días antes se había autolesionado bajo los efectos de una aguda crisis depresiva. Nadie le prestó mucha atención a esa muerte.

Fojas amarillas

En 1993 Enrique Sánchez Gavier fue el fiscal de Cámara de la causa de la Masacre de Nochebuena. Cuando se anuló la sentencia, se sintió defraudado. “Trabajé mucho. Es una de las causas más importantes, graves y traumáticas que tuve en mis manos”, dijo 11 años después, cuando se intentaba conformar otro tribunal para un nuevo juicio, cosa que finalmente nunca ocurrió.

“Fue una ejecución, no hay dudas”, sostuvo en ese momento.

Después, solos en su despacho con el periodista que lo entrevistaba, se levantó de su silla, fue hasta una caja polvorienta y sacó un paquete de 218 hojas amarillas. Era la sentencia anulada. “Guardé esto durante 11 años y no sé por qué. Tomá, llevátelo. Algún día podrás escribir algo”.

El fiscal Sánchez Gavier ya se ha jubilado. Ahora vive en Córdoba.

Es el momento de contar la historia. 

Enrique Pfaab



jueves, 12 de noviembre de 2015

Don Fortte



Antonio Américo Fortte está viejo. Fue relojero casi toda su vida y se le está terminando el tiempo. El reloj de la cúpula de la Municipalidad funcionó hasta que él se jubiló. Después, quedó detenido con los cuatro cuadrantes alertando sobre horas distintas.
-Ahora, que ya no trabaja de relojero, ¿a qué se dedica, don Fortte?-
-Nunca fui relojero. Eso dicen los que no me conocen bien. Yo, lo único que he hecho siempre, es saber cuál es el destino de cada uno-, dice.
Don Fortte dice que no miente y, preguntando y preguntando, alguno confiesa en un murmullo: -Es verdad. Don Fortte te dice lo que va a pasar-
El relojero sin relojes, lo explica así:
-Mire, yo no arreglo relojes ni cambio el destino, pero le puedo decir cuándo y dónde ocurrirán cosas sobre las que usted debe estar atento, porque serán trascendentales en su vida.
Le puedo decir que hoy, a las 3 de la tarde, cuando usted vaya caminando por la esquina de Avellaneda y Bailén, debe mirar a la izquierda antes de cruzar, porque Jorque Márquez vendrá conduciendo su Renault 12 y estará distraído, porque se acaba de pelear con su mujer. Si usted mira hacia la izquierda, lo verá y no cruzará la calle, justo en el momento que el estúpido de Márquez pase por ahí.
También le puedo decir que el lunes, a las 10 de la mañana, usted mire hacia el oeste cuando cruce la calle Albuera, en la  esquina con Nogués. Verá a una mujer de pelo castaño, de unos 40. Mírela a los ojos, porque ella hará lo mismo. Lo que ocurra después, depende de usted-
-Pero, don Fortte, ¿seré feliz?-

El viejo respiró profundo, muy profundo, y se murió.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Luis, el invisible




Todas las mañanas, desde hace un año y un mes, Luis Alberto Gómez se sienta en el banco de la plazoleta Hipólito Yrigoyen, al lado de la Municipalidad de San Martín. Es casi una ceremonia. Llega a las 7, cuando todavía está oscuro. Ha hecho lo mismo, aún con temperaturas bajo cero.

Prolijamente llena el mate, ubica la bombilla, le pone un poquitín de azúcar y empieza a cebar. A esa hora, cuando todavía está oscuro, la luz del farol permita ver el vapor de la primera cebadura.

Junto a él, está su bicicleta. De lejos, parece que estuviera por irse de viaje o que acaba de llegar. Tiene varios atados, perfectamente acomodados.

Casi no hay gente en la calle. Apenas comenzaron a trabajar los barrenderos, algún canillita y los bancarios apuran el paso para llegar a horario a sus sellos y sus billetes. Algunos, apenas un par, saludan a Luis y aceptan un mate para luego seguir.

“Hace un año y un mes que vivo en la calle. Soy cartonero, un ciruja como dicen”, y hace una media sonrisa, mitad dientes y mitad agujeros.

Tiene 58 años y el 7 de agosto del año pasado, el día de San Cayetano, una oficial de Justicia y una comitiva policial lo desalojó de la casa en donde había vivido durante 30 años.

“Me cargaron todo en un camión y lo volcaron en el patio dónde vive mi suegro. Se rompieron todos los muebles, la heladera y la cocina que yo había juntado en la calle y que había arreglado para poder usarlas”.

Vivía en una finca junto al Acceso Este, casi en el cruce con calle Miguez, en frente de la bodega Los Haroldos. “Yo era el cuidador, nunca me pagaron con recibo ni tuve papeles”, cuenta.

Ahora, por las noches, se acomoda en un pequeño cuadrado abierto que es parte de la construcción donde funciona un banco, justo frente a la plazoleta donde toma mate. “Me acuesto ahí cuando se van todos y me levanto y dejo todo ordenado, antes que lleguen. Saben que duermo ahí, pero no me han hecho problema”, dice.

Luis tiene mujer. Se llama María de los Ángeles y está refugiada en la casa de sus padres, en el barrio El Nevado. “Yo quiero irme y estar con él”, dice la mujer. Son padres de Ludmila, una beba de 11 meses. “Ella compró (dio a luz) en el Perrupato y tuvimos problemas, porque se la querían sacar porque decían que nosotros no podíamos mantenerla ni tampoco le podíamos dar una casa. Entonces, firmamos el alta voluntaria y nos fuimos”, recuerda Luis.

Antes, la pareja había perdido a dos mellizas. “Una nació muerta y la otra se murió unos días después”.

El hombre recuerda épocas mejores. Dice que supo tener 170 hileras de viñedos a su cargo, “para poda, atadura y cosecha”, que “fui tractorista” y que su actividad de cartonero siempre le dio suficiente para comer.

Pero ahora, no hay techo.

“Hace meses que estamos esperando que nos llamen de una finca, en Costa de Araujo, pero todavía no pasa nada”, cuenta la mujer.

Dicen que han pedido auxilio en los organismos oficiales, pero “no ha pasado nada”. Están fuera del sistema, muy afuera, y parece que no hay contención posible para casos como el de ellos.

Mientras tanto están allí, en plena plazoleta del centro, junto a la Municipalidad de San Martín. Pareciera que se los ha incorporado como parte del paisaje. Solo eso.

Luis ceba mate. Tiene sus cosas acomodadas, como si estuviera a punto de irse de viaje. Una helada matinal quizás se lo lleve para siempre, un día de estos.


Enrique Pfaab

lunes, 31 de agosto de 2015

Hoy murió Mario Vaccarone, a los 101



Los años y la muerte no transforman a todos en honorables. Mario Vaccarone tenía 101 y murió hoy. La nota fue escrita cuando tenía 99, en marzo de 2013. Contó su vida y la de un pueblo, llena de matices. Uno es lo que ha vivido, y nada más.

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Son las 11 de una mañana gris de domingo, un gris extraño para Mendoza. Las campanas de la iglesia repican y logran convocar a una concurrencia que es sólo un tercio de la que reunirán las celebraciones evangélicas que se harán en la tarde. Una mujer, que trata de disimular que ha superado los cuarenta vestida con calzas negras y tacos altísimos, se baja de un auto de 100 mil pesos y apura el paso para llegar antes de que el cura empiece la misa.

Un padre cumple con la promesa y pasea con sus hijas por la plaza. Las dos andan en bicicleta. Una está todavía en la edad de las rueditas auxiliares y la otra debe tener unos 8 años y ya pedalea libre y segura.

Una mujer de unos 30 camina ligero con una botellita de agua en la mano. Da vueltas y vueltas a la plaza, queriendo dejar atrás los 15 kilos que se le han trepado no sabe cuándo y que se le amontonaron en las caderas. Y un viejito cruza en diagonal llevando en una mano la bolsita con los fideos frescos para el almuerzo familiar.

Desde la mitad de esta plaza, la principal de Palmira, nace una callecita de sólo 40 metros y que es la más corta de la ciudad. Lleva el nombre de Guillermo Fuseo, una de las figuras más importantes que tiene la historia jarillera. La calle es casi una metáfora de lo que es el pueblo: nace en la plaza y muere en las vías.

Allí, en esta callecita, está la casa de Mario Bruno Vaccarone. El domingo que viene este hombre de ojos celeste claro cumple 99 años. Todos los días, una vez a la mañana y otra a la tarde, don Mario da cuatro vueltas a la plaza y casi siempre, mientras pasa por la frontera norte de ese cuadrado de tilos y araucarias, saluda a los niños que se columpian o se tiran por el tobogán. Siempre viste igual: bermudas a cuadros que parecen calzoncillos y una camisita de mangas cortas, y en los días de frío se lo ve con algún abrigo. Gira y gira por la plaza en el sentido contrario a las agujas del reloj , como para hacer retroceder el tiempo.

Edith, a quien don Mario apoda la Panchita y que es 18 años más joven que él, dice que su marido hizo de todo en su vida.

Nació en Gutiérrez, Maipú, el 17 de marzo de 1914. Cuando tenía seis años su familia se mudó al Este, primero a San Martín y al poco tiempo a Palmira. “Había unas casitas y del carril (la Avenida del Libertador) para allá (señala hacia el sur) era todo ciénagas”, recuerda.

Su primer oficio fue el de peluquero. Lo aprendió con su hermano Renzo, que era 6 años mayor. También de joven fue jugador de fútbol del club Palmira y luego, miembro de la comisión de la institución. Después se hizo árbitro y dirigió durante varios años en la Liga Rivadaviense. Supo ganarse la vida como oficial y jefe de depósito en el ferrocarril. Integró la comisión del Centro Recreativo Libertad y Acción Florencio Sánchez, una entidad cultural que se dedicaba especialmente al teatro, pero donde también se hacían bailes y festivales de boxeo. Fue comisario de la unidad policial de Palmira, presidente y uno de los fundadores de los Bomberos Voluntarios, delegado municipal, concejal “y no fue partero sólo porque no la embocó”, dice Panchita, riéndose.

Mario Vaccarone es demócrata desde siempre. Escucha muy poco (su mujer dice: “Además se hace el zonzo para hacerme rabiar”) y quien ayuda a dialogar con él es Gastón Kairúz, nieto de Juan Kairúz, quien fue intendente de San Martín, peronista, eterno rival político de Vaccarone y con quien “nos llevábamos muy bien”, dice ahora el ganso.

El hombre acepta que fue un tenaz picaflor. “Tuve cinco hijos. Mario, el primero, lo tuve de contrabando”, cuenta, refiriéndose a que era soltero en ese tiempo. Ese primogénito lleva el apellido de la madre y recién vino a conocer a su padre cuando era un joven que estaba a punto de ingresar a la adultez. Ahora ese muchacho es un reconocido peluquero de la ciudad de Mendoza, de 78 años.

Después, como hijos “legales”, vinieron Mary, Pino, el Canario y Pancho. “Yo no sé cómo se llaman en realidad”, dice Edith y no hay forma de que don Mario “escuche” esa pregunta y responda.

Edith, la Pancha, tiene 81 ahora. Conoció a su marido allá por el 91: “Cuando yo salí del Policlínico Ferroviario”, donde trabajaba. “Salió” a la fuerza, porque el policlínico se murió con el ferrocarril. “No sé, nos casamos porque así lo quería él y porque fue el destino. Yo no me quería casar por nada del mundo. Había estado 10 años solita, después de enviudar. Él, cuando se quedó viudo, me vino a buscar y me insistió para que nos casáramos”, dice la mujer, que es un apéndice de don Mario, una muleta, la explicación de sus 99 años, casi sordos pero lúcidos.

“Él me hace renegar. Hace como que no me escucha,… pero me entiende. ¡Me da unos nervios…!”, dice Edith, con gracia.

Don Mario ya está preparando la fiesta para los 99. La charla con el cronista y el “intérprete” lo han privado de la caminata matinal y se lo nota inquieto por salir a la calle. Es que más que una prescripción médica, el paseo es un deleite para Vaccarone. Allí puede ver cómo transcurre la vida. Mira con sus ojos celestes a la mujer de unos 30 que quiere bajar de peso, a la de calzas y tacos que finge ser veinteañera, al hombre que pasea con sus hijas… y los tilos que presienten el otoño.

La verdadera historia de Josecito

(Ilustración: Diego Juri)

De chiquito era simpático. Llamaba la atención de todos y despertaba cierta ternura. Pero el bicho creció. Creció mucho y 130 kilos eran demasiados para el living de la casa y hasta para acomodarlos en la cochera. Para colmo, Josecito se ponía muy ruidoso cuando le atacaba el amor y atronaba con sus gruñidos. Y para completar se ponía muy oloroso y transpiraba como lo que era: un marrano.

El cerdito Josecito llegó a este hogar de Junín (cuya familia desea permanecer en el anonimato por razones que ya veremos) a los 30 días de nacido, apenas fue destetado de su madre. Era integrante de una camada de 12 cochinitos sanos y con buen futuro para formar parte de alguna piara en cualquier granja de Philipps o Medrano.

Pero Josecito tenía destino de chancho ciudadano. La familia que lo adoptó vivía en una casa del casco céntrico de Junín, con un patio no demasiado grande. No tenían perro y Josecito podría ser una mascota tranquila, ideal para que jugara con los niños.

Como todos los de su especie y pese a su apariencia, Josecito era un bicho ágil, rápido e inteligente. Además, en los primeros meses de vida, los cerditos desarrollan lazos sociales muy fuertes que prevalecen durante toda su vida, por lo que el animalito creó una estrecha y cariñosa relación con la familia.

El chancho pasó a tener una vida de perro, que no es sinónimo de mala vida. Cucha, correa y paseos en la plaza. También asiduos baños, ya que los cerdos son los únicos mamíferos que no poseen glándulas sudoríparas y por eso buscan mantener su piel humectada embarrándose constantemente, en especial en los días de calor. Además, Josecito escapaba del sol intenso ya que la piel del cerdo se irrita muy fácilmente. Por eso lo de “chancho limpio nunca engorda” es una falacia. En realidad, el chancho limpio andaría paspado, ardido, irritado, pero engordaría sin problemas. Eso lo sabe bien el actor George Clooney, quien es una de las celebridades que eligió tener un marrano como mascota.

Josecito y su familia adoptiva fueron aprendiendo estas cosas a medida que avanzaba la convivencia y ese aprendizaje fue a veces una experiencia feliz y, otras, un poco traumática.

Era divertido verlo correr junto a los perros en la calle o en la plazoleta del barrio, pero era un problema que el chanchito le apuntara sin dudar al primer charco que veía para revolcarse con placer y llegar así de regreso a la casa. “¿No te dije yo que cuidaras que no se embarrara? ¡Mirá cómo me dejó la alfombra!”, rezongaba casi todos los días el ama de casa, reprochándoles el descuido a su marido o a sus hijos.

A pesar de estos inconvenientes, mientras fue un cerdito chico y juguetón, la presencia de Josecito sólo generaba risas, ternura y alegría. Sus dueños se dieron cuenta de que, como todo puerco, Josecito no podía doblar su cuello hacia arriba y, por lo tanto, para mirar a sus dueños debía pararse en dos patas. Los cuatro dedos y las respectivas pezuñas de cada pata delantera se apoyaban en las piernas de sus festejantes y a veces dejaban algunos arañazos. Pero era el costo de tener a un bicho tan especial dentro del hogar.

La situación se comenzó a complicar cuando Josecito fue creciendo y ganando peso. En poco más de un año había pasado de ser un cerdito de 5 kilos a un marrano de 120.

Pocos cerdos mueren de viejos. La mayoría pasa por el cuchillo y se convierte en jamón antes de llegar a la ancianidad. Pero aquellos que evitan el carneo viven entre 13 y 15 años. Por esto se podría decir que a los dos años Josecito estaba entrando en la adolescencia y que la mascota comenzaba a sentir sus primeras necesidades sexuales.

Cierta tarde, mientras paseaba por la plaza, Josecito salió corriendo detrás de una perrita cocker spaniel. La dueña, una señora de 65, comenzó a proferir gritos desesperados pidiendo auxilio, mientras los propietarios del cerdo trataban de alcanzarlo. El caso es que Josecito se lanzó sobre la perra, en un intento desesperado de copular…, y la aplastó. Debajo del chancho se escuchaban los aullidos apagados de la perrita, mientras Josecito roncaba desilusionado.

Después de este incidente, la persecución de perras se transformó en algo que se repetía en cada salida. Primero los dueños del cochino optaron por suspender estas excursiones, pero el animal estaba tan nervioso que rompía todo y en un momento hasta intentó, desesperado, satisfacer sus necesidades con una amiga de la familia que había venido de visita. Entonces se decidió buscar una chancha. “Lo llevamos a una granja, lo dejamos unos días para que se descargue y después lo traemos de vuelta”, dictaminó el dueño de casa.

Así fue que Josecito fue cargado, no sin dificultad, en un taxiflet y llevado a un chiquero de Alto Verde. Apenas abrieron la compuerta del Rastrojero y lo pusieron en tierra firme, Josecito salió corriendo hacia el corral y estuvo a un paso de derribar la puerta. Allí la familia adoptiva del cerdo descubrió otro detalle de la vida porcina: los chanchos tienen un orgasmo que dura cerca de 30 minutos y lanzan gritos que parecen humanos.

El bicho pasó cuatro días en la granja y volvió cansado, sucio y relajado después de semejante juerga. Los siguientes tres días no hizo otra cosa que dormir. Apenas se despertaba para comer algo y beber agua.

Pero el remedio causó efecto apenas dos semanas. Pasado ese tiempo, Josecito tenía ganas de repetir la visita al chiquero. “Yo les digo: O nos mudamos a una finca o regalamos a Josecito”, intimó la mujer de la familia, cansada ya de tantos trastornos. Pero esa amenaza no tuvo aceptación. Todos imaginaron el posible futuro de Josecito si lo regalaban: iba a terminar hecho chorizos en pocos días. Tampoco cuadraba la posibilidad de mudarse. Esto no estaba dentro de los planes ni del presupuesto familiar.

Todos se quedaron preocupados y debatiendo durante los siguientes 10 días, buscando alguna solución.

Finalmente, el padre y el hijo mayor decidieron por su cuenta. Un día, la madre y sus hijos menores salieron a hacer unas compras por el centro de Junín y, de paso, almorzar en la casa de una tía. Cuando regresaron, Josecito ya no estaba… con vida. Los hombres lo habían desgraciado. Hubo una gran y generalizada escena de llantos, pero finalmente todos coincidieron en que había sido lo mejor. “Lo comemos nosotros antes de que se lo coman otros”, fue el razonamiento.

A pesar de que Josecito estaba tierno y sabroso, costó tragarlo.

La familia ya no tuvo otra mascota.

domingo, 30 de agosto de 2015

Vendimia: No critiques la fiesta, o morirás

(Ilustración: Diego Juri)


“Sólo contá y no critiqués, por más que parezca un acto escolar”, le aconsejó la editora al periodista que iba a cubrir por primera vez una fiesta de la Vendimia departamental. “Siempre tenemos muchos problemas cada vez que alguien hace una crítica. Se lo toman peor que si cuestionaras su moral”, argumentó. Tenía razón, aun cuando desconocía un episodio ocurrido muchos años antes, casi cuarenta, en donde una crítica de este tipo estuvo a punto de terminar en un duelo.

Sección Policiales del diario Mendoza del miércoles 19 de marzo de 1969.

Uno de los títulos de cabeza de página alertaba: “Retarían a duelo al director de Turismo”.

Eran años turbulentos. El teniente general Juan Carlos Onganía era el presidente de facto del país. La Morsa, como apodaban a Onganía, había designado en 1966 como interventor federal en Mendoza al general de Brigada retirado José Eugenio Blanco, que cumplía el rol de gobernador.

A su vez Blanco nombró como director de Turismo de la provincia al teniente coronel Oscar Manzoni.

La noche del 14 de marzo del '69, como todos los años para esa época, se hizo la Fiesta Nacional de la Vendimia. Eduardo Hualpa fue el encargado de dirigir Vendimia mágica, con libreto de Alfredo Luis Villalba. Ellos mismos serían los que en 1974 harían La Vendimia de la Patria Grande, que tuvo un fuerte contenido político y que generó todavía mayor polémica que esta del '69.

La fiesta fue austera, como todas las de los últimos años de esa década. Pero tuvo algo innovador: se montaron por primera vez cajas lumínicas en el escenario del Frank Romero Day, algo que después fue repetido, mejorado y vuelto a repetir hasta el hartazgo. Con el paso de los años esa fiesta se recuerda como “montada sobre un escenario con audaces líneas y logrado diseño”, pero en esos días parece que recibió una lluvia de críticas.

Esa noche la representante de Guaymallén, Cecilia Baumgartner, fue coronada reina con 68 votos, contra los 41 que obtuvo la virreina. Iba a ser la primera soberana que viajara por el mundo representando a Mendoza. Pero esto quedó en un segundo plano. Todos se dedicaron a cuestionar el espectáculo.

Según los archivos de la época, la crítica más despiadada había sido hecha en el diario más antiguo de la provincia y el director de Turismo se tomó a pecho estos cuestionamientos.

El diario Mendoza, sin hacer propia la información y sólo refiriéndose a una versión radial, contaba en la edición del 19 de marzo del '69 en la bajada del título: “Los ambientes periodísticos y oficiales de la provincia se vieron conmovidos ayer por la noticia de un reto a duelo que el cronista de un diario habría formalizado ante el director provincial de Turismo, teniente coronel Oscar Manzoni. Las primeras informaciones surgieron de una radio local que en su informativo de las 23 relató con abundancia de detalles todo lo acontecido y que conforme a aquella versión habría ocurrido de la siguiente manera”.

Esa “manera” era el cuerpo de la nota, que decía: “El director de Turismo se habría sentido molesto por las críticas a la Fiesta Central de la Vendimia que en un artículo formuló el matutino citado (aunque no “citaba” al matutino), razón por la cual convocó a una conferencia de prensa en su despacho. El diario envió a la entrevista al señor Francisco Orsini, quien, al parecer, sin alcanzar a omitir opinión alguna, fue ofendido verbalmente por el funcionario. La violenta escena culminó cuando el funcionario, luego de estrellar una silla contra los pies del periodista, emitió severos juicios contra los integrantes de la prensa”.

Con la florida redacción que se estilaba en esa época en la nota se continuaba relatando que “antes de retirarse, según la versión radial, el periodista Orsini habría recordado al funcionario que no se representaba a sí mismo sino a la empresa que lo enviaba y contra la cual evidentemente se emitían los audaces juicios. Poco después el periodista habría manifestado su deseo de formalizar un planteo caballeresco al teniente coronel Manzoni. La emisora afirmaba asimismo que habrían sido designados padrinos de Orsini el vicecomodoro Oscar Arnoldo Morales y el doctor Guillermo Petra Sierralta”.

El diario Mendoza, después de escuchada esta versión radial de los hechos, decidió que era necesario saber más de lo ocurrido y verificar la información y envió a un periodista a averiguarlo. La nota cuenta que “entrevistado ayer el vicecomodoro Oscar Arnoldo Morales, manifestó a Mendoza que se había sentido sorprendido ante la noticia, que personalmente no escuchó y que propalara la emisora, pero que no habría sido consultado en ningún momento para actuar en el presunto padrinazgo”. Nada. Hasta allí nada. Había que encontrar al otro supuesto padrino.

“Sin embargo, pese al silencio que el Código de Honor impone a todos los intervinientes de una u otra manera en un duelo, el doctor Guillermo Sierralta fue más sugestivo. Aclaró que en ninguno de los casos en que le tocó actuar en situaciones parecidas dejó de guardar el silencio que imponen las normas éticas y por lo tanto no podía formular ahora tampoco ninguna declaración”. Entonces sólo quedó claro algo: Sierralta no confirmaba el convite a un duelo, pero sí aseguraba indirectamente que ya había oficiado de padrino en otros entreveros semejantes.

La tarde del 18 de marzo se reunió de urgencia la Comisión Directiva del Círculo de Periodistas de Mendoza, en su sede histórica de Godoy Cruz 166.

Allí se emitió el siguiente comunicado:

“1) Hacer llegar su formal protesta ante los poderes públicos por la insólita actitud del director provincial de Turismo, que ha ofendido y agraviado al periodismo de Mendoza, en particular al periodista y asociado Francisco Orsini, hecho que contrasta con la tradicional conducta observada por los gobernantes de la provincia, que en la generalidad, de los casos han repudiado este tipo de desbordes reñidos con las más elementales normas de convivencia y respeto por la misión de informar.

“2) Expresar que el derecho de crítica que los medios periodísticos han hecho de un evento artístico constituye un principio garantizado y respaldado por la Constitución Nacional (curiosamente se mencionaba los derechos y garantías que otorgaba una Carta Magna que estaba vulnerada por un golpe militar).

“3) Respaldar y prestar amplia adhesión al periodista y consocio Francisco Orsini, injustamente agraviado en circunstancias en que cumplía la tarea inherente a su profesión”.

No se sabe finalmente si el duelo se produjo. En todo caso no hubo que lamentar muertes. Posiblemente haya sido pactado a “primera sangre”, es decir hasta que uno de los contendientes resultara herido aunque fuera levemente.

Lo cierto es que a pesar de que han pasado más de 40 años, es mejor no criticar una fiesta vendimial. Por las dudas, ¿vio?

Tractor Echegaray, el bromista de Junín

(Ilustración: Diego Juri)

“Señora, ¿me vende fiambre?”, preguntó el niño. La mujer lo miró sorprendida. “¡Ahh! ¡Seguro que a vos te mandó el Coco Echegaray! Decile de mi parte, de Catalina Alarcón, que se deje de hacer estas bromas”. Después cerró la puerta de su casa, donde funcionaba también una funeraria.

Para Coco –a quien también apodaban Tractor por ser bajito, fornido y con mucho empuje– las bromas eran un deleite. Tenía una verdulería en la esquina de Segura y Estrella, en Junín, donde también estaba la casa familiar.

Era vecino del Copo de Nieve, del Camote y del Pan Casero, apodos que pueden resultar curiosos en cualquier ciudad, pero en Junín sería extraño que no los tuvieran.

Coco nació en el ’24 y hasta el ’87, cuando murió con escasos 63 años, se dedicó todos los días a tratar de arrancar una sonrisa.

Tenía una debilidad especial por los más pequeños. Durante muchos años, cada Día del Niño, había grandes reuniones de chicos en la puerta de su negocio. Con su esposa, Paz Blanca García, trabajaba durante varios días preparando pororó, copos de azúcar y algún regalito para ellos. Los repartía después de organizar algún juego en la calle. También hacía esos festejos en alguna escuelita.

“Hasta Mario Abed, que ahora es intendente, venía a casa a festejar cuando era niño”, recuerda Coquito Echegaray, uno de sus hijos y quien heredó su apodo como corresponde.

Siempre había algún niño dando vueltas en su verdulería y el Coco le encargaba algún mandado. “Andá a comprar fiambre acá enfrente”, le pedía a uno, y le indicaba la casa de la familia Alarcón, en donde no había salame pero sí un difunto.

“Andá a la carpintería de Cabrera y pedí que te presten el serrucho de goma”, le encargaba a otro. “Llevate esa damajuana, andá al almacén y pedí que te la llenen de corriente”, le pedía a uno. “Mañana tráiganse escaleras y vayan a cosechar frutillas a la finca de Felino Marinosi”, le decía a otro grupo. A otros les encargaba: “Traigan viruta de la gomería”.

Después, cuando los niños volvían sin haber cumplido sus mandados, les regalaba unas enormes bolsas de caramelos.

Mientras su esposa atendía la verdulería, él hacía el reparto con una carretela. Había bautizado a su caballo con el nombre de Pocas Plumas.

Pero también se dedicaba a organizar actividades recreativas para los grandes. Todos los años convocaba a una carrera de bicicletas para hombres que se disputaba desde la ciudad hasta el dique de Philipps. Sólo había dos condiciones que cumplir. Las bicicletas debían ser para mujeres y toda la familia debía esperar al competidor en la llegada con una vianda, para realizar un almuerzo comunitario.

Además, junto con algunos amigos organizaba los domingos grandes cazuelas en un galón. Eran almuerzos a la canasta: cada cual ponía su parte.

Alguna vez, junto con Raúl Jaunín como socio, rescató del olvido el cine Cervantes. La sala había estado cerrada varios años y el Coco quiso recuperarla. Logró mantenerla en funcionamiento durante seis años. Pero no tenía espíritu de empresario y no hizo negocio con ella.

Su hijo Alberto (Coquito) ha heredado parte de su carácter, quizás por eso hoy es presidente del Club Alberdi, una entidad donde sólo se realizan actividades sociales y en el que todavía se intenta alimentar la amistad.

Coco Echegaray murió demasiado rápido. Apenas tenía 63 años. Su corazón no quiso más. Lo gastó viviendo.

Remigio Bobadilla


El milico se acercó y sacó el papel que se asomaba debajo de la silla del tordillo que estaba allí, quieto, pastando a la sombra del olivo. Después leyó:

Al señor jefe máximo del más alto tribunal de la provincia

Su Mayoría:

Se han llevado a los chicos. Y dicen que no los van a devolver. Así nomás. Creo que usté sabrá disculpar la molestia, Su Mayoría, pero he andado lidiando con este entuerto por todos lados y perece que me he metido en un brete del que no hay forma de salir. Además, aunque no lo sepa y con el mayor respeto, Su Mayoría se ha llevado su parte del asunto.

En los últimos tiempos mi familia y yo hemos tenido una suerte reculativa.

Y por más que hemos tratado de explicarle cómo son las cosas a los del juzgado de acá, no dejan que los chicos vuelvan con nosotros.

Mire, Su Mayoría. La Carmela y yo nos arrimamos como hace 15 años. Tuvimos tres críos: El Damián, el Jaime y la Lucía. Vivimos en un puesto que queda a unos 50 kilómetros del pueblo, como quien va para el norte, cortando a campo traviesa. Un ranchito modesto, pero bien plantado.

El patrón me paga unos pesos por mes, me da algunos vicios y, además, me deja criar algunos chivos junto con los suyos.

La Carmela y yo hemos tratado de darle a los gurises lo más mejor.

Mas que nada hemos tratado de que sean respetuosos y que sepan que con trabajo, honradez y educación no hay de que tener julepe.

El Damián es el mayorcito. Anda ya por los 13. El Jaime tiene 10 y después está la Lucía que, con la ayuda de Dios, será la última y ya cumplió los 5.

Cuando corresponde, los machitos están en la escuela. Cuando no, ayudan en la casa. El Damián sale conmigo al campo y el Jaime se encarga de ayudarle a la madre: pica leña; se encarga de las gallinas, de un par de chanchos y de esas cosas que le ordena la Carmela. La Lucía parece que nos ha salido buena, porque ya trata de ayudarle a la madre en la cocina y a lavar las pilchas.

Por suerte en casa nunca ha faltado la comida aunque, a decir verdad, hubo veces en que la cosa estuvo medio peluda y se hizo difícil parar la olla. Pero nunca faltó un buen guiso y la leche en la mañana para los pibes.

En la escuela los críos se la han rebuscado bastante bien. El Jaime hubiera terminado en diciembre el cuarto grado y el Damián, que salió más bruto y repitió el séptimo, después acomodó el tranco y agarró canaleta.

Mire Su Mayoría, todo venía bien hasta que llegaron las fiestas pasadas, cuando los muchachitos volvieron a la casa para las vacaciones de verano.

Yo venía complicado con el laburo y una manito del Damián no me venía mal. Hay cosas que, por más que uno quiera, no puede hacer solo. Y lo primero que tenía que hacer era aprovecharlo para arreglar algunos alambrados que estaban volteados.

Todo anduvo bien, Su Mayoría. Cuando trabajábamos cerca de la casa, volvíamos para cenar y dormir. Sinó, hacíamos noche en el reparo de algún chacay.

Habían pasado como diez días y ya casi habíamos terminado con lo más importante. Era viernes y, el domingo a la tarde, el Damián y el Jaime tenían que salir de vuelta para la escuela.

Fue ahí donde el diablo metió la cola.

Estábamos arreglando una de las últimas alambradas. Le reconozco, Su Mayoría, que por ahí yo andaba apurado para terminar. Por ahí eso fue: el apuro. Estábamos cerquita de la aguada. Ya habíamos cambiado los postes, tirado los hilos y puesto las varillas.

Yo me encargaba de poner las primeras grampas mientras el Damián, que ya estaba ducho, le daba rosca a las golondrinas con una francesa vieja que yo tenía especialmente reservada para eso.

No se bien como fue, porque yo estaba a unos 40 metros del Damián. Cuando sentí el chicotazo yo lo miré y él se miraba la mano. Calculo que la francesa se zafó, que había agarrado el alambre muy corto. No sé, Su Mayoría. Lo que si sé es que el alambre se soltó, pegó el latigazo y se llevó el dedo del Damián. El del medio, el cochino que le dicen, el de la mano derecha. Se lo arrancó limpito, desde la primera coyuntura. El chicotazo mandó la punta del alambre, con dedo y todo, a unos 10 metros.

Yo fui corriendo hasta donde estaba el muchachito, quietito, blanco, sin una lágrima. Se miraba el dedo mocho y no decía nada. Yo lo sacudí para que me contestara si estaba bien. El dijo que si con la cabeza y nada más.

El corte era limpito. Como a propósito. Recién empezaba a sangrar. Se nota que, a donde el alambre lo acogotó, le apretó tanto las venas que apenas podían chorrear. Me saqué el pañuelo del cuello y le envolví el muñonsito. Después me fui a buscar el dedo. Lo encontré enseguida. Todavía estaba enroscado en la punta del alambre, metido en el medio de una mata de neneo. Le saqué algunos abrojos que se habían pegados en la carne. Después vacié la tabaquera de cogote de ñandú, lo metí ahí adentro y lo envolví, bien apretadito, como hace uno cuando quiere que el tabaco no se le seque.

Montamos y salimos para las casas. Estábamos como a una hora y media. El Damián venía medio enroscado, pero firme, sin ladearse. Calladito. Blanco.

Yo lo trataba de tranquilizar. Le decía que no se preocupara. Que, a la final, ese dedo del medio no servía para nada. Que se yo.

De lejos vi que, parada al lado del corral, estaba la chata del turco. A esa altura del mes el turco siempre pasaba a dejarnos algunos vicios y a cobrarnos los del mes anterior.

Cuando entramos a la casa le conté a la Carmela y al turco lo que había pasado. Recién después la vi a ella.

Era una mujer rubia, de rulos, calculo que de unos 45 años. Me dijo el nombre, pero no me acuerdo. Dijo que trabajaba para el Gobierno en algo de “no sé que social”. Yo no la había visto nunca. Cada tanto ha venido alguien por estos lados, pero a esta mujer era la primera vez que la veía.

Se ofrecieron a llevar al Damián hasta la salita del pueblo. Yo les dije que bueno y que si podía ir con ellos. Me dijeron que la caja de la chata estaba llena y que adelante entraban nada mas que tres. Me dijeron que, por la hora, me convenía descansar esa noche y que saliera a caballo al amanecer para el pueblo. Que no me preocupara, que ellos se iban a encargar. Les dije que bueno. Subieron al Damián, sentado entre los dos. Yo les di la tabaquera con el dedo y se fueron.

Me levanté como a las 5 y monté a eso de las 6. A las 8, cuando iba por el bajo, vi que por la ruta pasaba, como yendo para las casas, la camioneta de la Policía. Me pareció que iban como cuatro personas, pero por el tierral que levantaba no pude saber quienes eran. Calculé que era el subcomisario, que estaba buscando algún cuatrero.

Eran como las 9 cuando llegué al pueblo y me apeé en la salita. La Etelvina, la enfermera, me frenó en la puerta. Me dijo: “Mire, donBobadilla: el Damián está bien, pero usté no lo puede ver”. “¿Le pudieron pegar el dedo?”, le dije yo. Me dijo que no, pero que no se había infectado y que apenas tenía un poquito de fiebre. “Va a estar bien. No se preocupe. Yo no le puedo decir nada mas, pero le pido que vuelva a su casa y después le van a avisar que tiene que hacer”, me dijo, mientras me devolvía la tabaquera, que estaba toda pegotosa. Yo no quise armar lío. A mi el asunto me pareció medio raro, pero le dije: “Está bien”, y me fui.

Cuando volvía para las casas, me volví a cruzar con la camioneta del subcomisario. Me pareció que venía con más gente, pero pensé que habían agarrado a los cuatreros. Lo único que me llamó la atención es que en la caja no llevaban ni cueros ni carne. Después, primero cuando vi los rastros en la tranquera y, más tarde, cuando le vi la cara a la Carmela, se me representó lo que había pasado. “Se llevaron a los chicos”, me dijo mi patrona. Me lo dijo temblando, con una voz rara, que no le había escuchado nunca. Tenía los ojos rojos y casi no le podía entender lo que me quería decir. Apenas le pude entender que había venido el subcomisario y que “por orden del Juzgado de Familia” se tenían que llevar al Jaime y a la Lucía a la ciudad. Que al Damián también lo iban a llevar, una vez que le sanara el dedo mocho.

No se cuanto tiempo estuvimos sentados al lado de la cocina sin hablar. Cada tanto yo agarraba el fierro, abría la puertita y le echaba algún palito para que no se apagara el fuego. De tanto en tanto la Carmela ensillaba el mate. Nada más que para hacer algo. No se cuanto tiempo pasó. Debe haber sido como al tercer día que juntamos algunas pilchas y salimos para la ciudad. Ya hace tres meses de eso.

Mire, Su Mayoría. En el juzgado siempre nos atendieron bien. De entrada. Nos dieron permiso para ver a los chicos un par de veces por semana. La Carmela se quedó en la ciudad y los ve los miércoles y los sábados. Yo voy una vez cada dos semanas, cuando puedo dejar acomodados los asuntos del campo.

Pero hay varias cosas que todavía no puedo entender. Talvez usté me las pueda explicar.

Me dicen acá que nos sacaron a los chicos porque ”está prohibido el trabajo infantil”. Además dicen que, por lo que le pasó al Damián, los chicos están “en situación de riesgo”. No sé que quieren decir con eso.

Dicen que la señora esa que venía con el turco nos denunció. Dicen que ellos entienden la situación, pero que la jueza de familia es una sola, que está con mucho trabajo, que tiene causas muy graves y que tengamos paciencia.

Antes nos decían que pronto todo se iba a arreglar. Que usté iba a abrir otro juzgado de familia y que nuestra causa iba a ser la primera que se iba a solucionar. Yo les dije que estaba bien. Que bueno. Pero no pasó nada. O pasó lo peor, según se ve.

Dijeron que la cosa era definitiva. Que todos los que estudiaron en caso decidieron que los pibes no tienen que estar acá con nosotros, en medio del campo.

La Carmela dice que por eso no quiere volver. Que si está en la ciudad capaz que se los devuelven.

No sé, Su Mayoría. Parece que con lo nuestro la cosa ya no tiene vuelta. Pero, por si acaso, yo le cuento esto para que usté sepa que acá, los paisanos no somos mala gente. Nada más es que no vivimos igual que allá, en la ciudad.

Además, Su Mayoría, ¿sabe porqué el Damián terminó con el dedo arrancado?. Porque yo quise dejarles a mis hijos lo único que tengo: trabajo, honradez y educación. Porque si uno tiene eso, no hay de que tener julepe, ¿no?.

No se, yo digo. Quizá esté errado.

Con respeto, un servidor

Remigio Bobadilla

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El milico volvió a doblar la carta y la metió al bolsillo. Agarró las riendas del tordillo y lo empezó a llevar al palenque mientras atrás, colgado de una de las ramas del olivo, todavía se bamboleaba el cuerpo de su patrón.